jueves, 17 de febrero de 2011

Cucurbitas


Mi defensa fue tan surrealista que, por supuesto, nadie la creyó. Era el tercer año consecutivo en el que quería una calabaza. Para nadie fui inocente, todos me señalaron con el dedo. “Nos estamos americanizando”, alegaron los presentes.Y yo, bajo ese cielo nublado, paseando meditabundo por el puente, cuando veo a ese señor extraño y gris, asomado a la barandilla, con la calabaza en una bolsa. ¡Él había comprado la última! Fue sólo un disimulado empujón. Ni siquiera un recurso me ayudó. Mi abogado no entendió que, a pesar de todo, yo fuese tan feliz con mi cucurbita.

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