domingo 18 de mayo de 2008

El perdedor

-¿Qué se supone que eres?-preguntó la joven violinista, con una sonrisa traviesa apenas asomando por la comisura de sus labios.


-Soy un orco.-dijo el extraño.-Llevo en este mundo desde mucho antes de que fuese lo que ahora es. Llevo aquí tanto tiempo que he perdido la cuenta de los siglos.

La joven rió, una risa clara y musical que consiguió lo que parecía imposible, arrancar una sonrisa del rostro duro y afilado de aquel extraño individuo. Los dientes del extraño tenían una forma algo espeluznante, demasiado afilados, como si se hubiese tomado el trabajo de sacarles una suave punta uno a uno con una lima. Tenían el tono amarillento propio de la dentadura del un fumador empedernido.

-¿Nomecrees?-dijo él.

Tenía una voz profunda y algo ronca, que a la chica le parecía perfecta para contar historias de terror. Daría miedo si no tuviese estuviese tan cargada de tristeza.

-¿Cómo voy a creerte?-dijo ella.-Me estas diciendo que eres un personaje de fantasía. Y además, no tienes pinta de orco. Se muy bien como son los orcos, créeme.

-No tienes ni idea.-dijo él, poniéndose serio de repente.-Crees que sabes, pero no sabes nada. Tienes la cabeza llena de mentiras, de prejuicios. Pero quizá sea hora de que empieces a creer.

La violinista se estaba empezando a preocupar. No sabía si aquel tipo podría llegar a ser peligroso. En silencio le vio dar un largo trajo a su jarra de cerveza negra. Después el extraño pareció pensativo, como si estuviese a punto de tomar una determinación. Lentamente, la violinista le vio inclinarse hacia ella. Entonces ocurrió. Solo duró un instante. Podría haber sido solo la suave luz del local creando un efecto inquietante, pero la joven supo que no. El extraño le había mostrado su verdadero rostro.

-Y ahora que tengo tu atención,-dijo él.-quizá quieras escuchar mi historia.


¿Cuánto tiempo hacia que llevaba viendo a aquel extraño personaje? La violinista no recordaba cuando fue la primera vez que le descubrió sentado en el rincón más recóndito de la Taberna del Dragón Verde, con las manos entrelazadas como si estuviese dirigiéndole una oración a la jarra de cerveza negra que invariablemente estaba frente a él. Sus cabellos negros y largos caían sobre su rostro y se aliaban con la oscuridad en ocultar su rostro de facciones afiladas. Cuando pudo verlo por primera vez, la violinista pensó que parecía un lobo que hubiese adquirido forma humana. No fue capaz de averiguar que edad tenía por su aspecto. Quizás tuviese veinte años, quizá el doble. No había arrugas en su rostro, pero en su expresión se destacaba el poso de amargura y sueños rotos que casi siempre trae consigo la madurez.

La joven violinista no tardó en darse cuenta de que parecía atraer la atención de aquel extraño cada vez que visitaba aquella simpática taberna de fantasía. Las primeras veces lo hizo acompañando a su banda, amenizando la noche con su música. Era normal en aquellas ocasiones convertirse en el centro de atención de todos los presentes. Pero cuando comenzó a acudir ella sola, solo por pasar la noche en un sitio agradable, seguía sintiendo la mirada de aquel extraño fija en ella desde la oscuridad. Curiosamente, nunca se sintió amenazada. Aquel personaje parecía encajar en el lugar como las criaturas de fantasía de goma y cartón piedra que lo decoraban. Cuando aquella noche, tras volver a tocar con su banda después de muchos meses, el extraño había salido de las sombras y se había ofrecido a invitarla a un trago, no había tenido motivos para decirle que no.



-No puede ser cierto.-dijo la joven.-Esto es absurdo.

-¿Qué es absurdo?-dijo el extraño que decía ser un orco.- ¿Cómo sabes tu que es cierto y que es falso? Necesitas saberlo todo para poder determinar eso. Y no sabes casi nada. No, esos malditos elfos se ocuparon muy bien de borrar nuestro rastro, de que nuestra existencia no fuese más que un sueño, un mito, una leyenda.

-¿También los elfos existen?-preguntó la joven.

Una risa amarga surgió de la garganta del supuesto orco.

-Esos bastardos existieron.-dijo.-Afortunadamente para todos su estirpe se extinguió hace mucho. Si, se dice que eligieron extinguirse, que su tiempo había acabado. Lo cierto es que se habían vuelto tan decadentes y degenerados que la propia Madre Naturaleza se encargó de ellos.

-Pero se dice que ellos libraron al mundo de vosotros.-dijo la violinista.-Bueno, al menos al mundo antiguo, el que vino antes del mundo de los hombres.

-Sí, conozco la historia.-dijo el orco, con una extraña sonrisa.-La conozco mejor que tú. La viví en primera línea. Ellos la llamaban una guerra gloriosa, una lucha necesaria. No era la primera vez que nos enfrentábamos, pero esta vez nos habíamos vueltos demasiado molestos. Nos habíamos adaptado a esa Tierra de Sombras llena de veneno y pestilencia a la que nos habían obligado a exiliarnos tras nuestro primer enfrentamiento. El veneno que comíamos, bebíamos y respirábamos había deformado nuestra apariencia pero había aguzado nuestra inteligencia y nuestro ingenio. Supongo que sabrás que en el principio fuimos la misma especie, los elfos y nosotros. Ellos decían que degeneramos, que nos habíamos convertido en una especie maligna. Nunca contaron porqué nos separamos en dos grupos. Sencillamente, éramos malvados porque éramos horrendos orcos. Como si la bondad o la maldad de un ser dependiese de su raza o de su belleza.

-¿Por qué os separasteis?-preguntó la violinista.

No sabía si por el influjo del alcohol o por la sorprendente amargura de la voz de aquel extraño, pero lo cierto es que estaba comenzando a creer sus palabras. Y eso le hacia sentirse totalmente aterrada y al mismo tiempo irresistiblemente fascinada.

-Ellos vendieron su alma a otras criaturas.-dijo el orco, con un gesto de asco.-Los llamaban dioses. No tenían nada de divino, créeme. Eran criaturas mucho mas antiguas que nosotros, mas antiguas incluso que el mundo. Llegaron de otro lugar, quizá de otro mundo, o de otro universo. Eso nunca lo supimos. Esos.....dioses podían conceder dones. Lo llamábamos magia, aunque no había nada sobrenatural en todo aquello. Eran enormes masas brillantes de carne pulsante que flotaban en el firmamento. Cuando hablaban sentías su voz tronando dentro de tu cráneo. Daban miedo. Nosotros éramos especialmente sensibles a su influencia. Nos prometieron el dominio del mundo si les ofrecíamos nuestra lealtad. Querían dominar el mundo a través de nosotros. Los elfos son los que aceptaron, los que se sometieron. Nosotros fuimos los que preferimos seguir siendo libres. Esa fue la primera guerra entre los dos bandos. Los dioses venidos de otro lugar, y sus esclavos, contra los pueblos libres de la tierra. Vosotros también andabais por ahí, pero todavía erais una especie demasiado joven. Pasaron milenios hasta que escuché una palabra pronunciada por un humano. Pero ellos, los dioses, ya os tenían miedo. Se te va a enfriar la cerveza.

La violinista miró su jarra de cerveza como si la acabase de descubrir frente a ella. Dio un tímido sorbo, apartando solo un instante su mirada de los ojos de aquel extraño.

-Ellos ganaron.-dijo el orco.-Supongo que te lo imaginarías. Los dioses evolucionaron después de aquello. Se fueron adaptando. Aprendieron a disfrazarse con la piel de los elfos y de los hombres. Por supuesto, los hombres fueron también sojuzgados. Todos los pueblos que se negaban a seguir su mandato eran masacrados, y tenían que exiliarse a la Tierra de las Sombras. Los mismos dioses habían creado aquella región emponzoñada al llegar a nuestro mundo. Siempre pensé que fue un accidente, que sencillamente habían varado en este islote en medio del universo mientras se dirigían a algún otro lugar.

-¿Había humanos en la Tierra de las Sombras?-preguntó la joven.

-Si.-dijo el orco.-Los elfos se habían vuelto terriblemente elitistas, solo ofrecían alianza a aquellos pueblos humanos con un aspecto parecido al suyo. Ellos eran la especie superior, al menos así lo que creían, así que los humanos que más se pareciesen a ellos tendrían que ser los mejores. Cualquier color de piel diferente era considerado inferior. Se les ofrecía la esclavitud, o el exilio. Los humanos nos fascinaron desde el primer momento. Criaturas inteligentes condenadas a morir, como simples animales, marcadas por su propia mortalidad, y al mismo tiempo llenas de vida. No teníamos magia en el reino de las sombras, pero junto a los humanos conseguimos convertirla poco a poco en un hogar. Sucio y peligroso, pero nuestro hogar. La ciencia y la técnica fueron nuestras armas frente al misticismo y la hechicería de los dioses. Por supuesto, ellos veían nuestros avances como un comportamiento obsceno y degenerado. Y los elfos y humanos que les seguían tan solo asentían con sus cabezas y aceptaban sus palabras como dogmas de fe. Los dioses hacia milenios que no caminaban entre ellos con su auténtico aspecto. Ahora se hacían pasar por hechiceros de aspecto humano. Y la alianza de esclavos formada por los elfos y los hombres tuvo la ironía de llamarse a si misma el pueblo libre. Estaban ciegos, totalmente ciegos.

La violinista desvió un momento la mirada de los hipnóticos ojos de aquel supuesto orco y contempló el contenido de su jarra de cerveza. Aquella era un historia hermosa. Y tenía sentido. La joven dio un largo trago a su jarra, sin detenerse hasta que estuvo vacía. Si tenía que estar borracha para terminar de creer aquella historia, que así fuera. Quería creerla.

-Esa guerra de la que me hablaste,-dijo después de limpiarse los labios de espumo con el dorso de la mano.-esa de la que tanto se habla, ¿cómo fue en realidad?

El orco sonrió, y a la violinista casi le asustó ver un leve atisbo de ternura en su rostro.

-Esa bendita curiosidad.-dijo.-Es lo mejor de tu especie. Sí, has leído sobre esa guerra, ¿no me equivoco, verdad? La has visto representada en ese prodigio humano que llamáis cine. La versión de los vencedores. Totalmente falsa, como siempre.

-Quizá la tuya también lo sea.-dijo la violinista, demasiado ebria ya como para que le importase ser impertinente.

El supuesto orco asintió levemente con la cabeza.

-Eso es cierto.-dijo.-Pero no me negarás que siempre es conveniente conocer los dos lados de la historia para decidir cual es la verdad.

La violinista asintió con la cabeza.

-Habla, te escucho.-dijo, su voz algo pastosa.

El extraño se acomodó de nuevo en su pequeño banco de madera.

-Estábamos empezando a progresar demasiado.-dijo.-Y los así llamados pueblos libres se preocuparon por nuestro progreso. En aquel tiempo los dioses habían adoptado la apariencia de humanos. Se hacían pasar por magos, por sabios. Ejercían su influencia de una forma más sutil. En realidad estaban aterrados, temerosos de mostrarse con su terrible apariencia por si los humanos o los elfos se volvían contra ellos. La estancia en nuestro mundo les resultaba dañina, las iba minando las fuerzas poco a poco. La magia se acercaba a su fin, decían. Malditos farsantes. Nunca tuvieron nada mágico, nada que la razón y la lógica no pudiese comprender. El punto culminante de nuestro progreso se produjo cuando el primero de los dioses murió. No sabemos porqué había venido a la Tierra de las Sombras a morir. Quizá allí había algo que pudiese salvarle. Lo venenoso para nosotros podría ser curativo para ellos, quién sabe. Su cadáver, que había reventado la carcasa humana que le contenía, fue puesto en disposición de uno de nuestros sabios, la mente más clara y privilegiada que jamás haya pisado la tierra. Solo ha habido un humano que se le acercase en sabiduría y proezas, ese que llamáis Da Vinci. Tú le conoces bajo otro nombre, el nombre que le pusieron nuestros enemigos. Pero nosotros le llamábamos Shoron.

-Shoron.-dijo la violinista, como si paladease aquella curiosa palabra.-Esa sabio... ¿le hizo la autopsia a un dios?

-Más o menos, eso hizo.-dijo el orco.-Nuestra técnica no era como la vuestra, te parecería primitiva en muchos aspectos, pero Shoron contaba con una mente especialmente dotada y todo el tiempo del mundo para meditar sobre sus conclusiones. Logró lo imposible. Descubrió la creciente debilidad de los dioses, y cual era la fuente de su poder. Y sobre aquellos descubrimientos llevó a cabo un experimento temerario y arriesgado. Hace milenios de todo aquello, pero todavía recuerdo la altísima torre que hizo construir, aquel hermoso mecanismo de relojería forjado en bronce brillando bajo el sol rojizo de la Tierra de las Sombras. Allí estaba la supuesta magia de los dioses, reducida a simple técnica por la inventiva de un orco. Pero necesitaba un cuerpo viviente para activarla, y Shoron empleó el suyo propio. No comprendí la alquimia que se llevó acabo en aquella torre, solo sé que un brillo que rivalizaba con el sol surgió de aquel inmenso aparato de bronce un atardecer. Shoron se había convertido en algo parecido a un dios, pero atrapado en los confines de su propia creación. Y los dioses auténticos se aterrorizaron, y enviaron a sus esclavos a exterminar a todo ser viviente de la Tierra de las Sombras.

-Pero teníais el poder de un dios con vosotros.-dijo la violinista.

-Uno contra muchos.-contestó el orco.-Su luz se posaba en nosotros y podía cambiarnos. Su presencia podía sentirse desde la distancia. Comparado con los otros dioses, no era más que un niño. Pero tenía la astucia de un orco. Y además, encontramos un aliado inesperado.

-¿Quién podría ayudaros?-dijo la violinista, aunque creía conocer la respuesta.

-Quien menos esperábamos.-dijo el orco.-Uno de los dioses, que tan solo deseaba regresar a la Tierra de las Sombras para intentar sobrevivir. Se llamaba Charmian, una criatura cansada y amargada. No sé por qué se apiadó de nosotros y nos ofreció su magia para crear un ejército que pudiese enfrentarse a los dioses. Yo me ofrecí voluntario, junto a otros muchos, y acudí a la torre de Charmian para que su magia me cambiase. Aquel anciano humano de largos cabellos blancos se metamorfoseó frente a nosotros en algo que durante milenios solo habíamos visto en nuestras pesadillas. Sus tentáculos nos tocaron, atravesaron nuestra piel, dejaron dentro de nosotros parte de su esencia. Y esa esencia nos cambió. Nos hicimos más grandes, más fuertes. Éramos el Azote de los Dioses, la élite del ejército de la Tierra de las Sombras. Y no tardamos en tener nuestra primera batalla.

Un brillo de tristeza apareció en los ojos del orco. Su jarra de cerveza estaba vacía.

-¿Quieres otra?-le preguntó a la violinista, señalando su jarra.

-Si, por favor.-dijo ella, tras pensarlo por apenas un instante.

En cuando dos nuevas jarras estuvieron frente a ellos en la mesa, el supuesto orco continuó su relato.

-Ninguna guerra es gloriosa.-dijo.-Y los pueblos que luchan, aunque sea movidos por la desesperación, como el mío, siempre pagan un precio muy alto. No hay nada hermoso en una batalla, en destrozar a tu rival, en romper su carne y quebrar sus huesos. No hay nada mas parecido a un infierno que la visión de un campo de batalla una vez la lucha ha acabado y solo queda carroña para los buitres. No me gustaba aquello, pero no tenía alternativa. Estaba defendiendo mi casa, mi gente, la dama a la que le había entregado mi corazón. ¿Que podía hacer sino luchar con todas mis fuerzas?

-¿Hay mujeres orco?-preguntó la violinista, sorprendida.

-Claro que las hay.-dijo el extraño.-Y son hermosas, terriblemente hermosas. Mucho más que esas altivas elfas de corazón de hielo. Y la más hermosa de todas era sin duda mi dama. Los elfos siempre olvidan hablar de ellas. Y de los niños, y de los ancianos. Pero existen. Son reales. Y ellos los persiguieron, los torturaron, los mataron.

La violinista vació media jarra de cerveza de un solo trago. Se sentía mal consigo misma, como si estuviese sucia por debajo de la piel. Había leído historias de gloriosas guerras en mundos de fantasía desde que era solo una niña. Nunca se le había ocurrido pensar en que sentían los seres del otro lado, esas criaturas que siempre eran descritas como seres horrendos y sanguinarios. Nunca se le pasó por la cabeza que un niño es un niño, sea de la especie que sea, y que no hay crimen mas horrible que destruir la inocencia y la vida de los niños.

-Te estoy cambiando.-dijo el orco, como si pudiese leer los pensamientos de la violinista.-Sabes que lo que te digo es cierto, ¿verdad? Las cosas nunca son tan bonitas y tan sencillas como en esos libros que seguramente habrás leído. ¿Cometimos atrocidades? Por supuesto. ¿Qué ejército no las comete? Forzados a luchar, a matar, a jugarse la vida cada día, lo peor de nosotros salió a la superficie. No creas esos cuentos de ejércitos valerosos y honorables. No hay honor en el corazón de un soldado cuando está embriagado por el aroma de la sangre.

-¿Y como acabó la guerra?-preguntó la violinista.

-Querrás decir que como la perdimos.-dijo el orco, con tristeza.-Lo teníamos todo de nuestro lado. Los dioses se habían refugiado en una de las ciudades de los humanos, un recinto amurallado al pié de una enorme cadena montañosa. No puedes ni imaginarte que hermosas eran aquellas tierras, como florecía en ellas toda clase de vida. Shoron había usado su poder para resucitar a siete antiguos héroes de nuestro pueblo, que se convirtieron en nuestros líderes. No eran fantasmas, ni seres vivos, era una especie de criaturas intermedias formadas de huesos, tiras de carne putrefacta y algo parecido a la neblina. Iban cubiertos por capas negras, pero yo pude ver a uno de ellos en una ocasión. No les gustaba haber sido devueltos a la vida, pero luchaban para defender a su pueblo, como un sacrificio más allá de la muerte. Shoron también había invocado a los antiguos dragones, criaturas nobles y maravillosas que habían sido diezmadas por los humanos y los elfos por orden de los dioses. Al atardecer, atacamos. Una marea de humanos se derramó sobre nosotros desde las murallas de la ciudad. Yo entré en la refriega y pronto mi espada cortó carne y la sangre salpicó mi rostro cegándome momentáneamente. No sé como no caí atravesado por acero humano en aquel mismo instante. Tuve mucha suerte, la verdad. Escuché gemidos a mi alrededor, gritos de dolor de mis compañeros. Cuando recuperé la vista el cielo se había ennegrecido, plagado de miles de flechas élficas. Pero, cubiertos con nuestros escudos, seguimos marchando. Sobre nosotros, en el cielo, se libraba la auténtica batalla. Dragones montados por los héroes resucitados luchaban cuerpo a cuerpo contra los dioses, que se habían desprendido de sus envoltorios mortales y mostraban de nuevo su auténtico aspecto. No recuerdo cuantos días duró aquella batalla. Recorrimos medio mundo, de lucha en lucha, dejando a nuestro paso cientos de cadáveres de ambos bandos. La torre de Charmian fue destruida por los elfos, y el único aliado con quien contábamos entre los dioses fue exterminado por los suyos. Desprovisto de su poder, su cuerpo cayó al suelo convertido en una enorme masa de carne putrefacta y sanguinolenta. Aquella era la primera vez que veíamos morir a un dios. Pero no sería la última. Cuando nos obligaron a refugiarnos de nuevo en la Tierra de las Sombras, solo uno de los dioses sobrevivía. Se llamaba Chandarf, el más cruel y manipulador de todos. Lo que quedaban de nuestro ejército se preparó para el final. Aquella era una batalla que no podíamos vencer. Pero al menos ganaríamos tiempo para los nuestros, tiempo para que buscasen refugio, para que se preparasen ante el desastre que se avecinaba. Tan solo uno de los dragones vivía aún, y sobre él cabalgaba el último de nuestros héroes ancestrales. El resto habían sido devueltos a la muerte por la magia de los dioses, lo que quedaba de sus cuerpos convertidos en ceniza. Y allí, frente a las puertas de las Tierras de las Sombras, cargamos contra nuestro enemigo. Casi no pude ver nada de la lucha de colosos que se produjo sobre nuestras cabezas. Mi mundo se había vuelto rojo, el rojo de la sangre y de la desesperación. Estaba como poseído, cortando y clavando mi espada en todo lo que se moviese a mi alrededor. Un destello nos cegó a todos un instante, y sobre nosotros comenzó a nevar. Pero no era nieve lo que nos cubría, sino cenizas, los restos del último dragón y del muerto viviente que lo cabalgaba. Me contaron que el último de los dioses se lanzó entonces contra la torre de Shoron, y que de aquel enorme ingenio parecido a un ojo mecánico surgió un rayo de luz que incendió el repugnante cuerpo flotante. Pero, antes de morir, Chandarf consiguió llegar hasta la torre para que Shoron se le uniese en la muerte. Aquel fue el fin de la batalla.

-¿Cómo lograste escapar?-dijo la violinista, apenas un hilo de voz pastosa surgiendo de entre sus labios.

-Nos reagrupamos y huimos.-dijo el orco.-El enemigo estaba demasiado ocupado celebrando lo que consideraban una victoria. Habían vencido, es cierto, y las puertas de la Tierra de las Sombras estaban abiertas para ellos. Pero ya no habría ningún dios que pudiese escapar de su decadencia en ella. Habían vencido para nada. Aunque supongo que es inevitable. En las guerras nadie gana nada. Los que sobrevivimos estuvimos varios siglos huyendo de la persecución de los humanos, hostigados por los elfos. Los supuestos pueblos libres colonizaron nuestra tierra y se apoderaron de nuestros conocimientos y nuestra sabiduría. Lo que vosotros llamáis tecnología es una llama cuya chispa fue el ingenio de los orcos. Nosotros tuvimos que convertirnos en esos bárbaros atrasados que los humanos creían que éramos. Nómadas, parias en nuestra propia tierra, refugiándonos en cuevas o en cabañas improvisadas. Un día nos llegó la noticia de que los elfos estaban desapareciendo. No pudimos evitar alegrarnos. Quizá fue un efecto secundario de su pacto con los dioses. Sin la ponzoña élfica, los humanos nos acabaron olvidando. Con el tiempo nos convertimos en leyendas, en personajes de cuento. Una nueva sabiduría se fue extendiendo entre los que sobrevivimos, el último regalo de Shoron, la habilidad para cambiar nuestro aspecto, para hacernos pasar por humanos. Y llegó vuestra era, pero nosotros permanecimos aquí. Y quizá aquí sigamos cuando el último de vosotros haya desaparecido.

Entre la violinista y el extraño se hizo un silencio incómodo, cargado de preguntas que no debían ser formuladas. Por un momento, los dos se concentraron en sus jarras de cerveza.

-¿Por qué me cuentas esto?-preguntó entonces la violinista.

-Porque me recuerdas a ella.-dijo el orco.-A mi dama. Porque necesitaba que supieses la verdad. Lo cierto es que no sé muy bien porqué lo he hecho. Quizá sea simplemente porque estoy demasiado bebido esta noche.

-¿No está contigo?-preguntó la joven, sorprendida.

-No.-dijo el orco.-Nunca la encontré. Prefiero pensar que sigue viva, en algún lugar. Cuando te vi por primera vez pensé que quizá fueses ella bajo forma humana.

-No lo soy.-dijo la joven, sintiéndose adormecida.-Lo siento.

Cerró los ojos y se los masajeo con los dedos, sin poder aliviar ese incómodo dolor que sentía justo detrás de ellos, en el centro mismo de su cráneo. Cuando los abrió, el extraño había desaparecido.

No volvió a verlo nunca más. Nunca pudo decirle que su extraña confesión le había ayudado a encontrar el origen de esa amargura que la devoraba por dentro desde que podía recordar. Tampoco pudo decirle que sus palabras habían destruido todo aquello en lo que siempre había creído, todo aquello por lo que siempre había vivido.

Nunca supo si aquel orco sabía que le había contado su historia a antigua Reina de los Elfos, la última superviviente de su especie.


Relato ganador del Certamen de Relatos del Dragón Verde de 2006

Autor: Juan Díaz

Correo electrónico:
jack_scarecrow(arroba)hotmail.com

jueves 15 de mayo de 2008

El Vacío

Despierta, despierta, abre los ojos,
nada a tu alrededor, la nada te rodea,
sumido en la más absoluta oscuridad,
redimes tus pecados, ¿ante qué?
Oyes una lejana voz, murmura,
vas en su busca pero… no puedes,
te miras y no ves nada, te expandes.
Tu conciencia se diluye en lo universal,
y entonces en el último estertor,
recuerdas y no ves nada, ¿por qué?
Y en el pensamiento infinito te preguntas
¿éste es el fin o es el principio?


Autor: Rafael De Alba Rodríguez (Morti)

Correo electrónico: john_difool(arroba)hotmail.com

miércoles 14 de mayo de 2008

Desvarío

Vacío, la palabra exacta es vacío.

Ese pulular terminó hace rato,

las migajas ya fueron comidas,

y la dosis de amor recibida.

La única esperanza en negro horizonte

es esperar, esperar y volver a esperar.

Mi vida se consume lentamente,

y ese pellizco que no permite respirar sigue,

los pulmones se abren inútilmente,

el aire que entra vuelve a salir viciado,

la atmósfera opresiva no cesa.

Cada vez soy más pequeño, insignificante,

y en el centro de mi ser sigue ese dolor;

dolor por no tener lo que fue prometido.

Poco a poco me desintegro, me diluyo en ti,

me dejo respirar hasta llegar a todos tus poros,

me uno a tu esencia y entonces comprendo la vida,

y sin pensarlo proclamo la muerte, mi muerte.

Sin miedo a nada declaro mi amor por ti.

Tu alma cegadora se abre hacia mí, me cuelo en ella,

ya no soy un cuerpo ni una mente,

no formo parte de nada, soy un ente agarrado a ti,

una nave sin motor vagando por la inmensidad,

una célula perdida en un mar de moléculas.

Mi esencia se pierde, la roba tu amor;

no soy nadie, sólo un esclavo.

Mis palabras se pierden en la conciencia cósmica,

el vacío vuelve, me abraza, me lleva con él,

me dejo guiar y descubro que dos almas

se pueden amar aun siendo de mundos distintos.



Autor: Rafael de Alba Rodríguez (Morti)

Correo electrónico: john_difool(arroba)hotmail.com

lunes 12 de mayo de 2008

Diógenes

−¡Vamos, yo es que me enciendo cada vez que veo algo así! −se decía Diógenes a sí mismo−. ¡Pero si es que está nueva! −Y efectivamente así era: aquella pequeña nevera de playa apenas si tenía alguna rozadura o mancha. Y en su interior no faltaban las bandejas para compartimentar; plastificadas, como si jamás se hubiesen llegado a utilizar−. Que no, que esta gente tiene que pasar una época de necesidades para darse cuenta de lo que tienen. −El anciano cargó el hallazgo en el atestado carro que empujaba y continuó su renqueante y sofocada marcha. La nevera compartió viaje con un cuadro auténtico y hasta bonito que apenas si tenía algún desconchado en su vistoso marco, un ventilador que Diógenes estaba seguro funcionaría una vez lo probara, dos hermosos macetones de terracota−… Cualquier día hasta personas van a tirar a la basura; a los viejos sobre todo. ¡Ahí, a la basura, que ya no sirves para nada! −gesticulaba llamativamente.

Diógenes embocaba ya su calle, contento con el botín de aquel día. Ajeno a las indiscretas miradas de siempre, se sonreía pensando en aquella claridad suya que le permitía ver más allá que los demás.

−Sí, sí, a seguir haciendo ricos a los chatarreros −decía a todos y a ninguno en particular, regalando alguna que otra risa desdentada.

Ya más cerca de su vivienda, el anciano comenzó a extrañarse de la inusual actividad que observaba: un coche de los municipales, un camión de los servicios de limpieza, una ambulancia… Ofuscado por un mal presentimiento, no fue consciente de que el presidente de la comunidad de propietarios, en charla con un agente, lo identificaba señalándolo con el dedo. Él estaba en otra cosa, reconociendo el elegante espejo que un operario del servicio de limpieza arrojaba al camión de desperdicios, la mesita con ruedas con la que unos chiquillos trasteaban unos metros más allá…

−¡Pero oigan, qué están haciendo! −se apresuró con el carrito.

−¿Diógenes Marces? −le salió al paso el agente.

−Yo mismo. ¿Qué está pasando aquí? −contestó visiblemente agitado−. ¡Oigan, tengan cuidado con eso! −se dirigió a los de más allá.

−Hemos venido aquí por un aviso que nos han dado sus vecinos, preocupados por su salud.

−¿Por mi salud? ¿De qué me está hablando? −Diógenes no salía de su asombro−. ¡Oiga, que eso que están tirando al camión de la basura son mis pertenencias! ¡Haga el favor de decirle a esos señores que paren!

−¿Es éste el enfermo? −irrumpió en la conversación un indiscreto sanitario.

−¿Qué enfermo?

−Sí −confirmó el presidente, que también se había acercado al corro.
−Pero Alberto, ¿qué me estás haciendo? −le increpó el anciano con los ojos desorbitados−. ¿Esto es cosa tuya?

−Mira, Diógenes, no puedes seguir así. Estás solo, tienes la casa que parece un basurero…

−Alberto, ya me obligaste a deshacerme de los animales, y yo no molesto a nadie ni hago nada malo. ¡Qué más quieres, por Dios!

−Señor Merces, no se sulfure −insistió el enfermero−. Sólo venimos a ver si se encuentra usted bien.

−¿Cómo?

−¿Vive usted solo? ¿No tiene a nadie que le cuide?

−No, yo…

−No, su esposa falleció hará como cuatro años, y sus hijos nunca se acercan por aquí −aclaró el presidente. Por detrás, un par de operarios se habían hecho con el carrito de Diógenes.

−¡Pero qué están haciendo! −trató de impedir aquello, pero entre el agente y el enfermero lo retuvieron.

−¿Señor Merces, usted cuida de su higiene? −preguntó el joven policía ante los efluvios que se desprendían del cuerpo del anciano.

−Lo que puedo hijo, lo que puedo −contestó Diógenes con las primeras lágrimas asomándosele a los ojos−. ¿También se me va a faltar al respeto?

−No, no lo ha dicho con esa intención, señor Merces −intervino el enfermero−. Vamos, venga conmigo.

−Acompáñele, señor Merces.

−¿Y qué va a pasar con mis cosas? −con esfuerzo se dejaba llevar el anciano.

−De eso se ocuparán los del servicio de limpieza.

−Diógenes, no podían seguir así las cosas, que ya se han visto hasta ratas por aquí.

−¿Ratas? ¿Qué ratas?

−Señor Merces, esto es un asunto de salud pública, haga el favor de acompañar al enfermero.

−Pero si yo lo único que hago es recoger cosas que aún sirven para dárselas a otros que las necesiten. Díselo tú, Alberto −suplicaba entre lágrimas al presidente−. Pregunten por ahí, que yo lo único que hago es tratar de ayudar a la gente −alzaba la voz el anciano, ya camino de la ambulancia.

−Nosotros lo hacemos por su bien. Y por el bien de los niños, claro, que con tanta basura… a saber −se justificaba el presidente.

−Claro −lo secundaba el policía−. Esto pasa mucho: se quedan solos, se dejan, se dedican a acumular basura… Si yo le contara lo que he tenido que ver por ahí…

Autor: Manuel Mije (canijo)

Correo Electronico: perring255(arroba)hotmail.com

miércoles 7 de mayo de 2008

Tócame otra vez, Sam

El comienzo. Mohines e indiferencia.


¿Quién es ése? ¿Dónde está mi Juan? No puede ser, ¡No está! Él, solo él me puede tocar, nadie lo hace como él.


El departamento contable de la empresa “SOMOS” había sido reestructurado. Juan y otros cuatro compañeros habían sido destinados a uno nuevo y, para sustituirlos, solo mandaron a un “pimpollo” imberbe. Samuel.

—A partir de hoy ése será tu sitio.

Ernesto, el jefe del departamento le indicaba una mesa junto a la ventana. A Samuel no le desilusionó ver lo anodino de su puesto de trabajo. Una mesa gris, cuatro bandejas clasificadoras, una calculadora y un ordenador negro. La única nota de color existente en la mesa era una florecilla de plástico roja pinchada en un cactus “anti-radiaciones”.


No puede ser. Le ha dicho que ocupe la mesa de Juan. Entonces es verdad que se ha ido. ¡Y se ha olvidado de mí! ¿Cómo ha podido ser? Con lo que me he esforzado para ayudarlo en su trabajo. Y ahora, me abandona, no me lleva con él.


Samuel, como cualquier otro novato en su primer día de trabajo, se dirigió sin rechistar hacia donde le habían señalado. Colgó su abrigo, se sentó ante la mesa asignada y encendió el ordenador. Mientras arrancaba, toqueteó la florecilla del cactus hasta que acabó pinchándose. Luego abrió los cajones y vio los bolígrafos, grapadora, clips y otras cosas que solo sirven para hacer más monótono el trabajo.

Por último, la tocó.


¡Ahhhh! No me toques. ¡Tú no tienes derecho a tocarme!


Un pequeño calambre le había hecho retirar la mano de la calculadora. Pensó que sería la estática y no le prestó más atención.

—Samuel, aquí tienes trabajo —Ernesto plantó encima de la mesa tres archivadores—. Empieza a contabilizarlas.

Nervioso, no fue capaz ni de contestar. Cogió el primer archivador, lo abrió y sacó un taco de facturas. Las ojeó por encima. Unas eran nimias. Otras, en cambio, eran astronómicas. Si se equivocaba con alguna, no tardaría mucho en ser despedido. Así, decidiendo concentrarse lo más posible, abrió el programa de contabilidad y, distraídamente, encendió la calculadora.


¡Me tocaste! Eso no vale, me has cogido desprevenida. ¿Crees que por una caricia “tan delicada” como esa voy a olvidar a Juan? Que sepas que él también me tocaba así.


Samuel, no prestaba atención a los destellos de fría luz azul que desprendía la pantalla de la calculadora.


¡No me roces más! ¿Acaso no ves como me enojo al sentir tus dedos sobre mi cuerpo? ¡Pero mírame cuando te hablo! Eso es, al menos me haces caso.


Samuel miró la pantalla y apuntó los números en una hoja y siguió pulsando las teclas distraídamente.


***


Tras una semana, digamos que de tanteo.


Las primeras facturas que le dieron las había contabilizado hacía ya unos días. Samuel había cogido confianza y ya manejaba con soltura el programa de contabilidad. Esa seguridad la notaba sobre todo la calculadora.


Juan no me tocaba de esta forma. En verdad era más tosco. A lo mejor es que a este chico le gusto. Te llamabas Samuel, ¿no?


Los dedos de Samuel volaban sobre el teclado de la calculadora. Eran pulsaciones sutiles, suaves, rápidas. No miraba el teclado, solo lo sentía. La luz de la pantalla ya no refulgía tan fría.


***


Un mes después de conocerse, ya existe el flirteo.


Samuel hoy has llegado más tarde que de costumbre. ¿Dónde te habías metido? Estoy impaciente porque me toques como sólo tú sabes hacerlo. Además te tengo un regalo de aniversario. Llevamos juntos un mes, ¿te acuerdas como te gritaba con mi pantalla la primera semana? ¡Qué tonta fui! Creía que Juan era mi vida, pero aún no conocía tus dedos. Esos dedos que han conseguido ablandar mis circuitos. Que han hecho aflorar en mí las mejores cuentas, los números más redondos de toda mi electrónica vida.


Samuel en verdad se había retrasado un poco en la entrada. El motivo no era nada importante, solo un café demasiado caliente. Cogió la carpeta con las facturas de la semana y comenzó a contabilizarlas. En cuanto tocó la calculadora se dio cuenta del regalo.

—Joder, que suave estás hoy —dijo nada más pulsar tres o cuatro números.


¡Te has dado cuenta! Juan nunca sintió mi regalo. Y además me lo dices. Eres una joya, Sam. Te puedo llamar Sam, ¿no? Es más íntimo. Qué bonito, ya tenemos tanta complicidad. Tú si quieres puedes llamarme “Vetti”, olvídate del “oli”.

Ahora, ¿por qué no aprovechas mi regalo? Lleva mis circuitos al rojo vivo. Que los electrones refuljan en mi pantalla. Siente mi calor en las yemas de tus dedos, que el placer de rozarnos sea mutuo.


***




Otro mes, y ya van dos. La sangre empieza a bullir.


¡Por el Dios de los electrodomésticos! ¿Dónde has estado toda mi vida? Nadie me ha hecho sentir de esta manera desde que tengo pilas. ¡Dios!, como me recorres con tus dedos, haces que mis tripas giren como las de una batidora.


Samuel, o Sam como le llamaba Vetti, en cierta manera también estaba cogiendo gusto a la calculadora. Cada vez que trabajaba con ella notaba un calor y un cosquilleo en la punta de sus dedos que llegaba hasta su estomago pasando, sin que pudiera comprenderlo, y más aún controlarlo, por su entrepierna.

Una y otra vez, como ejemplo claro de la teoría de Paulov y su condicionamiento, inconscientemente acariciaba los números de la calculadora buscando el estímulo que producía en su cuerpo.


Sam que malo eres. Me tienes todo el día en el cielo. Me flojean todas las teclas, ¿no ves como tiemblan mis números en la pantalla?


***


Tras medio año de relación dedos-teclas, la cosa se pone seria.


Sam, ¿dónde me llevas? ¿Por qué me has metido en una bolsa? Me tienes asustada.


Samuel, con excusas varias, esperó a quedarse solo en la oficina. No mas el último de los compañeros salía por la puerta, cogió la calculadora y, resistiéndose a acariciar de nuevo sus teclas, la guardó en su bandolera y salió corriendo dirección a su casa.


¿Dónde me has traído, Sam? ¿Es tú casa? ¿Qué quieres hacer cariño?


—Mira, este es mi apartamento “Vetti”. ¿Puedo llamarte así verdad? Es que hablar contigo… Dios mío debo de estar loco —susurró moviendo la cabeza, pero rápidamente desechó ese pensamiento—… llamarte calculadora es tan frío...


Claro que sí amor mío. Te lo dije hace mucho tiempo, ¿hasta ahora no te has enterado?


La pantalla emitió un cálido brillo que Samuel entendió como una afirmación. La alegría se reflejó en su rostro.

—Sabía que me entendías. Al principio creí que eran imaginaciones mías, pero luego al ver como brillabas, como tus teclas se amoldaban cariñosamente a mis dedos, supe que estabas viva, que… qué vergüenza —murmuró poniéndose colorado—… pensé que me querías.

Otro brillo, esta vez el azul de la pantalla casi se había convertido en rojo, respondió parpadeante. Samuel sin pensárselo dos veces cogió a Vetti y la llevó hasta su cuarto dejándola suavemente sobre la almohada.


Parezco recién salida de fábrica. Que nervios Sam. Es mi primera vez, quiero decir en privado, sin tener que distraerme con dar un resultado. Hoy los dos llegaremos al cielo. Te lo prometo Sam.


—Te he traído un regalo Vetti —dijo sacando un paquete de pilas—. Son alcalinas, quiero que disfrutes a tope.


Gracias amor mío por el detalle. Lo disfrutaré como nunca, de eso puedes estar seguro.


Samuel le cambió las pilas y besó su pantalla. Vetti, nada más sentir la nueva energía acompañada del beso, refulgió como ningún otro día de su historia contable.

En el dormitorio, iluminado por un rítmico brillo, yacía sobre la cama un hombre desnudo y una calculadora.


Sam, sigue acariciándome. Pulsa mis teclas. Más rápido por favor, pulsa mi más. Otra vez. Sí, así. Más. Más. Espera, por favor espera. Despacio, dale al menos, no corras tanto, menos. Menos. Pulsa mi cero, dame un respiro. Poco a poco ve subiendo. El uno. El dos. El tres... sigue así, uno a uno. Ya llegas a mi nueve. Ahora de dos en dos, de tres en tres. ¡Por favor!, multiplícame por el seis. Divídeme por el nueve. Dale al igual Sam. ¡Por Dios! Estoy a punto. ¡Ahora! ¡Tumba mi ocho y llévame al infinito!

Mis circuitos se han derretido, mi procesador se ha bloqueado. He alcanzado el éxtasis matemático, el infinito ¿lo has sentido? Sí, creo que tu también lo has sentido, ¿verdad? ¿Lo has disfrutado amor mío?

Tócame otra vez, Sam. Hazlo de nuevo, no dejes de hacerlo nunca. Tócame Sam.


Relato ganador del concurso "Amores extraños" de la web Sedice.com


Autor: Francisco Jesus Franco Díaz (francoix)


Correo electrónico: francoix10(arroba)hotmail.com