viernes, 30 de abril de 2010

Dualidad

Querida Annie,

en estos últimos momentos de mi existencia, despojada ya mi alma de toda esperanza, anhelo o ilusión, y al punto preparada para comparecer ante Dios todopoderoso en espera de juicio, escribo esta carta no como despedida, aunque sé que tu merecida salvación y mi inevitable condena serán impedimento para que la eternidad nos vuelva a juntar, sino como aclaratorio de esta drástica decisión a la que me veo empujado por las circunstancias.

Es algo que creo imprescindible para evitar que en algún momento puedas concebir la idea de que reniego de vosotros al hacer lo que hago, y que sepas lo duramente que he tenido que luchar contra el cariño que os tengo antes de hacerme con la voluntad necesaria para dar este paso. No, Annie, no es por ti que repudio la vida, ni por nuestros hijos, ni por nada que tú conozcas o hayas conocido por mi actitud hacia vosotros, y gracias sean dadas a los cielos por ello.

Existe una aterradora dualidad en mí, amor mío; soy dos hombres en lugar del único esposo que tú conoces, correcto padre de familia, reputado cirujano y, si no persona virtuosa, al menos digno caballero inglés. No sé de dónde ha podido salir esta bestia que habita en mí, aunque supongo que ese lugar donde crecen las más oscuras pesadillas de los hombres debe ser su patria. Lo que si sé con certeza es que a veces, de manera especialmente frecuente en los últimos tiempos, toma pleno control de mis actos esa otra voluntad y se sirve de mí para pasear por el mundo su maldad y su vileza, como una señal alta y clara de hasta dónde pueden llegar las perversiones de una mente enferma y guiada por sus propios demonios.

No voy a entrar en detalles aquí, querida Annie, y aunque te suene totalmente irracional y no te atrevas a dar crédito a mis palabras, me confieso ante ti como el autor de las seis mutilaciones y evisceraciones que en los últimos tiempos han sembrado el terror en nuestra bendita ciudad, si no en todo el glorioso imperio. ¡Oh, cuánto me gustaría poder compartir contigo la incredulidad que seguro se ha aposentado en tu mente al leer estas líneas! Pero no puedo, pues un cúmulo de casualidades, coincidencias, y la más terrible y angustiosa evidencia que te puedas imaginar, no dan resquicio a la duda razonable ni por ende a la esperanza.

Así pues las cosas, con el corazón encogido por tener que alejarme de vosotros de esta manera, pero amparado en la certeza de que matándome a mí mismo morirá él, y quizá su muerte sirva para salvar lo único que aún se puede salvar, nuestro apellido, me recreo en el brillo promisorio del escalpelo y me entrego a su frío seductor, su suave dentellada, la liberación. Sea por ti, nuestros hijos y nuestro nombre.

Sin más que contar se despide de ti tu arrepentido esposo;

Doctor Foster Mardick.

Londres, 13 de diciembre de 1888.



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