lunes, 9 de marzo de 2009

Que grande ere, Fermín: Problemas con las pensiones.

viernes, 6 de marzo de 2009

Un lamento estéril

Todo parecía volver a una rutina desgastada. El frío acechaba detrás de la puerta, ansioso por enmudecer mis primeros suspiros. El viento se colaba entre el algodón de una camisa deshilachada. Mientras caminaba lamentando cada paso que daba, el sol hacía su particular y aburrida puesta en escena. Intentaba eludir que el invierno me robase mi sonrisa más sincera. La oscuridad, fiel amiga del miedo, ocupaba ansiosa la ciudad de las estrellas. Todo y cuanto podía observar desde mi celda se escapa a mi alcance. Mi libertad la definían cuatro paredes, que formaban una estrecha amistad con barrotes desgastados. No existía día en que no me lamentara de aquel error.

Una equivocación que rompió mi verdadera rutina: mi esposa y mis dos hijas.



Autor: Rafael Ayerbe Algaba (Ciudadano 88)


Correo electrónico: rafalin25(arroba)hotmail.com


La Columna OcioZeta-Sevilla Escribe, "Quejarse por vicio"


Hace ya varias semanas, el que firma asistió junto con varios compañeros de Sevilla Escribe a una charla, enmarcada en la I Feria del Libro del Aljarafe, sobre literatura fantástica. Después de introducir el tema, qué es la literatura fantástica, qué es o no es fantasía, o qué es “simplemente ficción”, se llegó a ese punto que todos los asiduos a Hispacones, Jornadas de Literatura Fantástica de Dos Hermanas y demás eventos similares, conocemos tan bien: la literatura fantástica patria no vende, sólo los anglosajones; los editores tienen la culpa, junto con los malvados libreros que arrinconan las obras, y por no mencionar a los lectores que se toman más en serio cualquier obra del palo firmada con nombre anglosajón. En esta ocasión, todo sea dicho, no se cargaron tanto las tintas en este asunto, y se mencionó más la otra cara de la moneda, la de esos escritores en castellano que sí venden, y vaya si venden, con obras de género fantástico pero sin marchamo de tal, véase Ruiz Zafón, Somoza o Loriga, por mencionar sólo algunos contemporáneos y no entrar ya en Borges, Bioy Casares y otros, y pasando por alto por ejemplo el realismo mágico, tan realista y tan poco mágico que una persona, de tan pura que es, asciende a los cielos como quien no quiere la cosa. Ventas, reconocimiento, para quien no quiera negárselo, y “prestigio” (entrecomillado que sólo el tiempo les podrá quitar, eso sí).


Después de la charla, al aroma del café, el té, el anís y demás, nosotros seguimos con el tema en el marco de una tertulia no cortapisada por temor a la incorrección política (¿o debería decir literaria, o fandomita?), a herir sensibilidades o cualquier otra zarandaja por el estilo. Y la verdad… la verdad es que la conclusión que al menos yo saqué es que los más se quejan por vicio… o por ego. Uno, como aficionado “juntaletras” que muchas veces ocupa su escaso tiempo de ocio a esto de hacerse ilusiones de escritor, comprende que debe ser frustrante dedicarle sangre, sudor y lágrimas a una obra, acabarla por fin, y luego ver cómo se nos pudre en cualquier cajón de la mesita o rincón electrónico de nuestro ordenador. Es duro, sí, igual de duro que la situación del escritor de obras “generalistas” al que le pasa otro tanto, o la del grupo musical que no consigue salir del círculo de la autoedición y los bolos de medio pelo, o la del actor que no tiene la suerte de saltar de las pequeñas representaciones locales a los grandes teatros o el cine. Duro, en definitiva, como la situación de cualquiera que quiere entrar en el mundo de las artes y no sólo no encuentra abierta la puerta grande, sino que incluso a veces la de servicio parece estar cerrada para él.


Así es la vida. Aunque si uno se para a pensarlo, y teniendo en cuenta que hablamos de arte y aficiones, se supone que esto se tendría que hacer por amor al arte, y que lo demás, si tiene que venir, debería venir por sí sólo (bueno, por sí sólo y por unas calidades manifiestas y contrastables, por dedicarle también mucho tiempo y energías a “moverse”, etcétera). Si lo que se quiere ya son ventas, vivir de la afición, entonces estamos hablando de otra cosa, de mercado, y éste tiene sus leyes propias, la mayoría de las cuales gira en torno al binomio oferta-demanda.

En cuanto a la oferta se pueden decir muchas cosas, pero lo principal es que si uno le da una patada a una piedra lo más probable es que de debajo de ella salgan unos cuantos escritores, desde simples “juntaletras” como éste que suscribe, pasando por aficionados con mayor o menor calidad, hasta escritores serios y brillantes. Esto es así, casi toda persona que lee tiene por ahí sus escritos, se atrevan a enseñarlos o no, tengan la osadía de creerlos buenos o no, y si uno se pasea un poco por Internet seguro que encuentra multitud de obras atractivas para su gusto escritas por personas totalmente desconocidas y alejadas del mundo editorial (más aún en el fandom, donde casi cada lector es a su vez escritor). Algunos, los más pesimistas, o realistas, simplemente se contentan con disfrutar de ello, sin hacerse ilusiones; otros, más atrevidos, perseveran en la actividad soñando con entrar algún día en el proceloso mundo de la publicación o, quién sabe, incluso hasta llegar a vivir de ello. De ilusiones también se vive, como diría aquél, y más si la probabilidad de que éstas pasen a realidades no es cero, aunque a veces tienda a ello.

La demanda es un asunto incluso más peliagudo, variable, influenciable, sujeto a cuestiones espurias, y difícilmente comprensible para alguien que lo único que quiera sea escribir y disfrutar haciéndolo. Eso sí, algo seguro hay, y es que leer es un pasatiempo, hay que hacer que el lector disfrute, y hay que darle lo que quiera en un momento determinado. Si uno escribe una obra de género fantástico en castellano, con marchamo de tal, usando sus clichés y temáticas característicos (fandom, vaya), pues ya sabe cuál es su nicho lector, el de los lectores de fandom en castellano, una minoría fiel, pero minoría al fin y al cabo, con sus editoriales especializadas en el género… y en las pequeñas tiradas. No hay más.


No es cuestión de ser pesimista, pero tampoco iluso o soberbio. Conseguirse un nombre dentro del mundillo del fandom es más fácil que conseguirse un nombre dentro del mundo de la literatura en general, ya que hablamos de un número de lectores y escritores sensiblemente menor. De todas formas sigue siendo una tarea meritoria, porque quizá sea un público más exigente, pero de ahí a pretender que ese reconocimiento signifique algo dentro del mundo de la literatura en general y no una simple satisfacción personal va un abismo.

Y si ya lo que pretendemos es que el público en general se adapte a lo que nos gusta escribir, y en este caso lo que nos gusta escribir es fandom en castellano, entonces sí que estamos ejercitando nuestra fantasía.

La literatura fandom en inglés vende, sea por la idiosincrasia de sus lectores, por la habilidad comercial de sus editores, o por la bondad de sus libreros. Cuando estos manuscritos llegan a manos de nuestros editores patrios, y a través de ellos a los libreros, avaladas por grandes ventas en el extranjero y a veces por la película de turno, es normal que se les preste atención, que se apueste por ellas, porque ahí hay negocio. Si la obra es del mismo género y en castellano pero orientada a un público infantil-juvenil, también, aunque en menor medida. Y si la obra, aun siendo de género fantástico, no tiene marchamo de tal, también vende, y muy bien. El resto de las ventas se lo llevan otros tipos de literatura: la histórica, de mejor o peor calidad pero que según la inocencia del lector le puede hacer pensar que con eso convalida cierta falta de cultura, la policíaca que entretiene muchísimo, la patrocinada por grandes editoriales a través de sus “concursos” literarios y que da al lector el convencimiento de leer algo bueno, y unos cuantos géneros más entre los que también entran la picante biografía del garañón de la folclórica de turno o la manceba del futbolista de moda, el manifiesto del tertuliano de las vísceras, las memorias del adjunto a famosetes, y otra basura por el estilo. Venden porque por ello apuestan las editoriales y los libreros, sí, y apuestan por ello porque es donde ven mercado, y no hay quijotes de la imprenta o la librería dispuestos a perder su dinero, en ningún sitio los hay, porque la pela es la pela, y el yate, la masía, o aunque sea la hipoteca del piso o la letra del coche, no se pagan solos.


Si uno quiere vender tendrá que adaptarse a lo que el público quiere, y si quiere vender escribiendo género fantástico tendrá que hacerlo en el marco de ese fantástico “camuflado” que sí tiene mercado. Y si además se quiere reconocimiento tendrá que conseguirlo batiéndose el cobre con todos los demás escritores, no sólo con los que forman el mundillo del fandom. Otra cosa… otra cosa es quejarse por vicio… o por ego.



XVI concurso de cuentos fantásticos y de terror Idus de Marzo

martes, 3 de marzo de 2009

¿En verdad crees que me es del todo ajeno?

Vaya sobrino, ¡menuda carta!, jajaja. No esperaba tales reproches, ni el ardiente gesto de rebeldía de un cachorro ofendido. Sinceramente te creía más apocado. En cualquier caso has de saber que no estoy enfadado, ni siquiera molesto. Tanto es así que no pude evitar sonreír al leerte. Me agradó la candidez que rezumaba de tu falta de respeto, y comprobar que, además de éste, has perdido el miedo que sentías por tu tío, el raro, el loco, como diría la arpía de tu madre. Eso está bien.

He de confesarte que, pese a tus carencias, eres el único de la familia al que me molestaría en atender. No suelo hacerlo, pero la sinceridad de tus reproches y la energía empleada para dar a valer tu criterio, pese a ser erróneo, unido al interés que el tema suscita, me llevó a enviarte estas letras. Por otro lado, no te mentiré, está el que te expresaste bien y sin faltas ortográficas. Eso dice mucho de ti, y más viniendo de donde vienes. Sinceramente creo que eres el único de la familia que no es idiota, sólo te falta perspectiva.

He leído este compendio de amonestaciones en el que me recriminas que no fui a tu boda, además de a otros eventos familiares “ineludibles”. Creo que la respuesta a por qué no fui es tan obvia que resultaría estúpido contentar. Si no lo sabes, que lo dudo, pregunta a cualquiera de los que fueron y te lo dirá.

Me sorprendió ver cómo al tiempo que realzas en tu carta las virtudes y grandezas del amor, me tachas de: “ser un viejo amargado con tendencias autodestructivas, un misántropo que odia cuanto le rodea, y se alimenta del dolor que inflige”. Me encantó la disección que me hiciste. Quiero pensar que no te importará ser parafraseado por uno de los personajes de mi próxima novela. (Algo parecido iría bien en boca de uno de ellos). La última de esas novelas que, como dice tu padre, “escribo estúpidamente para que nadie las lea”. Como si quedara alguien que mereciera leerlas o yo necesitara ser leído. Del mismo modo, aludes a que desmerezco el amor porque no hube de conocerlo. ¿En verdad crees que porque siempre me visteis solo él no pasó por mi vida? ¿Qué me es del todo ajeno? Pues has de saber que he vivido y sufrido cuantos amores se conocen en mi larga y escabrosa existencia.

He sentido en mis carnes la dulce candidez del amor infantil. Amor sin cimientos que descansó sobre ensoñaciones. Un amor casto, en el que miradas y sonrisas eran el mayor regalo, y el mero hecho de tomar a la elegida de la mano se convertía en meta de nuestra existencia. Una manera de querer torpe e ignorante que, pese a dejar a su paso vivas lágrimas, se recuerda con una sonrisa. Cosas de críos, pensamos, restándole importancia a la primera cicatriz que en el corazón nos queda.

He sentido cómo la concepción del amor cambiaba conmigo. Que al morir la candidez, lo carnal adquiría relevancia hasta confundirse con el primigenio apetito que nos insta a poseer a las que despertaron nuestro interés. Hubo periodos en que más que al amor se rindió culto al sexo, porque se presentó como una forma de amar que se sustentaba por sí sola. En esa época el que más, buscó sin demasiado ahínco la conjunción de ambas vertientes; siendo a partir de ese momento cuando pudimos concebir el sexo sin amor, y difícilmente el amor sin sexo. Es la época en la que el daño se intensifica, y, aunque fugaz, resulta más acusado. Época en que se imponen más cicatrices en función de nuestra valía.

He sentido el reposado amor concedido por los años, en el que se suple emoción por estabilidad, y la pasión por cálida armonía. Todo se torna rutinario, y no solo no importa, sino que parece agradarnos. El sexo decrece, se resiente hasta perecer, y por extraño que parezca nos resignamos a ello cuando descubrimos que resulta más duro mendigarlo, que verse privado de él. Puedo vivir sin eso, pensamos, amparándonos en inquietudes o en cuanto conforma nuestra existencia. Volvemos a los abrazos y miradas que tanto nos deleitaron en la infancia y que ya no terminan de llenarnos. Lo queramos o no llega el día en que este amor que adolece muere sin dar muestras de ello. Del que en la mayoría de los casos, sin saberlo, acunamos su cadáver hasta que nos llega el fin.

He sentido tras este el amor pactado, las caricias hipócritas de cuantas, a cambio de dinero, se dignaron a calentar estos viejos huesos. Me sentí reacio, aunque sólo al principio. Sucio, como un sacerdote que fuera a perder algo irremplazable al entregarme a ellas. A día de hoy estoy contento, porque al menos no albergo dudas, ni hay cabida para esperanzas. Me ofrecen cuanto deseo, y recolecto de ellas apenas lo necesario. Eso es lo que importa. No pienses que sólo es el sexo lo que me motiva, puesto que más allá de él está la necesidad de sentirme querido o de no estar solo. De volver a escuchar dulces palabras. En resumidas cuentas, saciar la dependencia producida por los estigmas que en mi alma dejó el amor. A veces preciso hablar o ser escuchado, y otras simplemente no comer solo o la calidez de una sonrisa. Ríete de este viejo si quieres, pero tú no habrás de ser menos.

¿Cuántas parejas conoces que tras años de convivencia no languidecieron víctimas del tedio? ¿Cuántas que hubieran de llegar a viejos con una sonrisa en los labios?

Espero que hubieras tomado buena cuenta de lo escrito, porque no es sólo mi pasado, sino el futuro más que probable de cuantos enferman de amor.

Vive cuanto te esté permitido la placidez de este sueño, porque ten por seguro que tarde o temprano habrá de acabar.

Ojalá no hubiera conocido el amor.

Ojalá pudiera olvidarlo ahora.





Ganadora del VIII Concurso de cartas de amor y desamor de Gines.



Autor: Ángel Vela (palabras)

Correo electronico: lanaiel(arroba)hotmail.com

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