jueves, 15 de mayo de 2008

El Vacío

Despierta, despierta, abre los ojos,
nada a tu alrededor, la nada te rodea,
sumido en la más absoluta oscuridad,
redimes tus pecados, ¿ante qué?
Oyes una lejana voz, murmura,
vas en su busca pero… no puedes,
te miras y no ves nada, te expandes.
Tu conciencia se diluye en lo universal,
y entonces en el último estertor,
recuerdas y no ves nada, ¿por qué?
Y en el pensamiento infinito te preguntas
¿éste es el fin o es el principio?


Autor: Rafael De Alba Rodríguez (Morti)

Correo electrónico: john_difool(arroba)hotmail.com

miércoles, 14 de mayo de 2008

Desvarío

Vacío, la palabra exacta es vacío.

Ese pulular terminó hace rato,

las migajas ya fueron comidas,

y la dosis de amor recibida.

La única esperanza en negro horizonte

es esperar, esperar y volver a esperar.

Mi vida se consume lentamente,

y ese pellizco que no permite respirar sigue,

los pulmones se abren inútilmente,

el aire que entra vuelve a salir viciado,

la atmósfera opresiva no cesa.

Cada vez soy más pequeño, insignificante,

y en el centro de mi ser sigue ese dolor;

dolor por no tener lo que fue prometido.

Poco a poco me desintegro, me diluyo en ti,

me dejo respirar hasta llegar a todos tus poros,

me uno a tu esencia y entonces comprendo la vida,

y sin pensarlo proclamo la muerte, mi muerte.

Sin miedo a nada declaro mi amor por ti.

Tu alma cegadora se abre hacia mí, me cuelo en ella,

ya no soy un cuerpo ni una mente,

no formo parte de nada, soy un ente agarrado a ti,

una nave sin motor vagando por la inmensidad,

una célula perdida en un mar de moléculas.

Mi esencia se pierde, la roba tu amor;

no soy nadie, sólo un esclavo.

Mis palabras se pierden en la conciencia cósmica,

el vacío vuelve, me abraza, me lleva con él,

me dejo guiar y descubro que dos almas

se pueden amar aun siendo de mundos distintos.



Autor: Rafael de Alba Rodríguez (Morti)

Correo electrónico: john_difool(arroba)hotmail.com

miércoles, 7 de mayo de 2008

Tócame otra vez, Sam

El comienzo. Mohines e indiferencia.


¿Quién es ése? ¿Dónde está mi Juan? No puede ser, ¡No está! Él, solo él me puede tocar, nadie lo hace como él.


El departamento contable de la empresa “SOMOS” había sido reestructurado. Juan y otros cuatro compañeros habían sido destinados a uno nuevo y, para sustituirlos, solo mandaron a un “pimpollo” imberbe. Samuel.

—A partir de hoy ése será tu sitio.

Ernesto, el jefe del departamento le indicaba una mesa junto a la ventana. A Samuel no le desilusionó ver lo anodino de su puesto de trabajo. Una mesa gris, cuatro bandejas clasificadoras, una calculadora y un ordenador negro. La única nota de color existente en la mesa era una florecilla de plástico roja pinchada en un cactus “anti-radiaciones”.


No puede ser. Le ha dicho que ocupe la mesa de Juan. Entonces es verdad que se ha ido. ¡Y se ha olvidado de mí! ¿Cómo ha podido ser? Con lo que me he esforzado para ayudarlo en su trabajo. Y ahora, me abandona, no me lleva con él.


Samuel, como cualquier otro novato en su primer día de trabajo, se dirigió sin rechistar hacia donde le habían señalado. Colgó su abrigo, se sentó ante la mesa asignada y encendió el ordenador. Mientras arrancaba, toqueteó la florecilla del cactus hasta que acabó pinchándose. Luego abrió los cajones y vio los bolígrafos, grapadora, clips y otras cosas que solo sirven para hacer más monótono el trabajo.

Por último, la tocó.


¡Ahhhh! No me toques. ¡Tú no tienes derecho a tocarme!


Un pequeño calambre le había hecho retirar la mano de la calculadora. Pensó que sería la estática y no le prestó más atención.

—Samuel, aquí tienes trabajo —Ernesto plantó encima de la mesa tres archivadores—. Empieza a contabilizarlas.

Nervioso, no fue capaz ni de contestar. Cogió el primer archivador, lo abrió y sacó un taco de facturas. Las ojeó por encima. Unas eran nimias. Otras, en cambio, eran astronómicas. Si se equivocaba con alguna, no tardaría mucho en ser despedido. Así, decidiendo concentrarse lo más posible, abrió el programa de contabilidad y, distraídamente, encendió la calculadora.


¡Me tocaste! Eso no vale, me has cogido desprevenida. ¿Crees que por una caricia “tan delicada” como esa voy a olvidar a Juan? Que sepas que él también me tocaba así.


Samuel, no prestaba atención a los destellos de fría luz azul que desprendía la pantalla de la calculadora.


¡No me roces más! ¿Acaso no ves como me enojo al sentir tus dedos sobre mi cuerpo? ¡Pero mírame cuando te hablo! Eso es, al menos me haces caso.


Samuel miró la pantalla y apuntó los números en una hoja y siguió pulsando las teclas distraídamente.


***


Tras una semana, digamos que de tanteo.


Las primeras facturas que le dieron las había contabilizado hacía ya unos días. Samuel había cogido confianza y ya manejaba con soltura el programa de contabilidad. Esa seguridad la notaba sobre todo la calculadora.


Juan no me tocaba de esta forma. En verdad era más tosco. A lo mejor es que a este chico le gusto. Te llamabas Samuel, ¿no?


Los dedos de Samuel volaban sobre el teclado de la calculadora. Eran pulsaciones sutiles, suaves, rápidas. No miraba el teclado, solo lo sentía. La luz de la pantalla ya no refulgía tan fría.


***


Un mes después de conocerse, ya existe el flirteo.


Samuel hoy has llegado más tarde que de costumbre. ¿Dónde te habías metido? Estoy impaciente porque me toques como sólo tú sabes hacerlo. Además te tengo un regalo de aniversario. Llevamos juntos un mes, ¿te acuerdas como te gritaba con mi pantalla la primera semana? ¡Qué tonta fui! Creía que Juan era mi vida, pero aún no conocía tus dedos. Esos dedos que han conseguido ablandar mis circuitos. Que han hecho aflorar en mí las mejores cuentas, los números más redondos de toda mi electrónica vida.


Samuel en verdad se había retrasado un poco en la entrada. El motivo no era nada importante, solo un café demasiado caliente. Cogió la carpeta con las facturas de la semana y comenzó a contabilizarlas. En cuanto tocó la calculadora se dio cuenta del regalo.

—Joder, que suave estás hoy —dijo nada más pulsar tres o cuatro números.


¡Te has dado cuenta! Juan nunca sintió mi regalo. Y además me lo dices. Eres una joya, Sam. Te puedo llamar Sam, ¿no? Es más íntimo. Qué bonito, ya tenemos tanta complicidad. Tú si quieres puedes llamarme “Vetti”, olvídate del “oli”.

Ahora, ¿por qué no aprovechas mi regalo? Lleva mis circuitos al rojo vivo. Que los electrones refuljan en mi pantalla. Siente mi calor en las yemas de tus dedos, que el placer de rozarnos sea mutuo.


***




Otro mes, y ya van dos. La sangre empieza a bullir.


¡Por el Dios de los electrodomésticos! ¿Dónde has estado toda mi vida? Nadie me ha hecho sentir de esta manera desde que tengo pilas. ¡Dios!, como me recorres con tus dedos, haces que mis tripas giren como las de una batidora.


Samuel, o Sam como le llamaba Vetti, en cierta manera también estaba cogiendo gusto a la calculadora. Cada vez que trabajaba con ella notaba un calor y un cosquilleo en la punta de sus dedos que llegaba hasta su estomago pasando, sin que pudiera comprenderlo, y más aún controlarlo, por su entrepierna.

Una y otra vez, como ejemplo claro de la teoría de Paulov y su condicionamiento, inconscientemente acariciaba los números de la calculadora buscando el estímulo que producía en su cuerpo.


Sam que malo eres. Me tienes todo el día en el cielo. Me flojean todas las teclas, ¿no ves como tiemblan mis números en la pantalla?


***


Tras medio año de relación dedos-teclas, la cosa se pone seria.


Sam, ¿dónde me llevas? ¿Por qué me has metido en una bolsa? Me tienes asustada.


Samuel, con excusas varias, esperó a quedarse solo en la oficina. No mas el último de los compañeros salía por la puerta, cogió la calculadora y, resistiéndose a acariciar de nuevo sus teclas, la guardó en su bandolera y salió corriendo dirección a su casa.


¿Dónde me has traído, Sam? ¿Es tú casa? ¿Qué quieres hacer cariño?


—Mira, este es mi apartamento “Vetti”. ¿Puedo llamarte así verdad? Es que hablar contigo… Dios mío debo de estar loco —susurró moviendo la cabeza, pero rápidamente desechó ese pensamiento—… llamarte calculadora es tan frío...


Claro que sí amor mío. Te lo dije hace mucho tiempo, ¿hasta ahora no te has enterado?


La pantalla emitió un cálido brillo que Samuel entendió como una afirmación. La alegría se reflejó en su rostro.

—Sabía que me entendías. Al principio creí que eran imaginaciones mías, pero luego al ver como brillabas, como tus teclas se amoldaban cariñosamente a mis dedos, supe que estabas viva, que… qué vergüenza —murmuró poniéndose colorado—… pensé que me querías.

Otro brillo, esta vez el azul de la pantalla casi se había convertido en rojo, respondió parpadeante. Samuel sin pensárselo dos veces cogió a Vetti y la llevó hasta su cuarto dejándola suavemente sobre la almohada.


Parezco recién salida de fábrica. Que nervios Sam. Es mi primera vez, quiero decir en privado, sin tener que distraerme con dar un resultado. Hoy los dos llegaremos al cielo. Te lo prometo Sam.


—Te he traído un regalo Vetti —dijo sacando un paquete de pilas—. Son alcalinas, quiero que disfrutes a tope.


Gracias amor mío por el detalle. Lo disfrutaré como nunca, de eso puedes estar seguro.


Samuel le cambió las pilas y besó su pantalla. Vetti, nada más sentir la nueva energía acompañada del beso, refulgió como ningún otro día de su historia contable.

En el dormitorio, iluminado por un rítmico brillo, yacía sobre la cama un hombre desnudo y una calculadora.


Sam, sigue acariciándome. Pulsa mis teclas. Más rápido por favor, pulsa mi más. Otra vez. Sí, así. Más. Más. Espera, por favor espera. Despacio, dale al menos, no corras tanto, menos. Menos. Pulsa mi cero, dame un respiro. Poco a poco ve subiendo. El uno. El dos. El tres... sigue así, uno a uno. Ya llegas a mi nueve. Ahora de dos en dos, de tres en tres. ¡Por favor!, multiplícame por el seis. Divídeme por el nueve. Dale al igual Sam. ¡Por Dios! Estoy a punto. ¡Ahora! ¡Tumba mi ocho y llévame al infinito!

Mis circuitos se han derretido, mi procesador se ha bloqueado. He alcanzado el éxtasis matemático, el infinito ¿lo has sentido? Sí, creo que tu también lo has sentido, ¿verdad? ¿Lo has disfrutado amor mío?

Tócame otra vez, Sam. Hazlo de nuevo, no dejes de hacerlo nunca. Tócame Sam.


Relato ganador del concurso "Amores extraños" de la web Sedice.com


Autor: Francisco Jesus Franco Díaz (francoix)


Correo electrónico: francoix10(arroba)hotmail.com

lunes, 5 de mayo de 2008

Neuromante (William Gibson)

"El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto".

Así comienza la mejor novela de ciencia ficción de las últimas décadas y, con permiso de Asimov, quizás de todos los tiempos. Clásico consagrado e indispensable de un género siempre minoritario y nunca suficientemente reconocido en nuestro país, es por ello por lo que a muchos de ustedes tal vez ni si quiera les suene el título. Háganse no obstante una idea de la magnitud y repercusión de esta obra cuando anoten que el término 'ciberespacio' fue acuñado entre sus líneas por su autor, el norteamericano William Gibson, gurú del movimiento conocido como 'cyberpunk', y verdadero profeta de la revolución digital que vive el mundo del S.XXI.

Escrita en 1983 y publicada en castellano en 1989, 'Neuromante' narra las peripecias de Henry Dorsett Case, una suerte de pirata informático caído en desgracia y rescatado de los bajos fondos por un misterioso agente, representante de oscuros intereses empresariales. La misión que le será encomendada: el asalto de la fortaleza digital en la que una todopoderosa corporación industrial esconde sus secretos más profundos. Para completar su misión, Case contará con la ayuda de un extraño equipo compuesto por una asesina a sueldo (Molly, la 'ciberninja' cuya figura se ha convertido ya en un personaje arquetípico, repetido e imitado si disimulo en el cine fantástico de los noventa y hasta la actualidad), un exmilitar, una especie de mago ilusionista, y el fantasma de un 'vaquero' -pirata- informático como él, conservado en forma de memoria digital.

Neuromante sorprende, más aún hoy con la perspectiva de dos décadas, por lo profético de su contenido, ya que Gibson maneja, con una naturalidad asombrosa, conceptos hoy tan cotidianos como la navegación por Internet, la realidad virtual y el 'ciberespacio', así como elementos de la tecnología informática actual. Su gran mérito, con todo, reside en el hecho de centrar el peso de la historia en la encrucijada de motivaciones y sentimientos profundamente humanos que experimentan los protagonistas, envueltos por un futuro imaginativo y fantástico pero cercano y perfectamente reconocible (los personajes visten jeans y comen pizza, nada de píldoras energéticas, rayos láser ni hombrecillos verdes).

Sobresalientes también el lirismo de su prosa (a la primera línea del libro, y que también lo es de este artículo, me remito como ejemplo), su estética barroca -excesiva en ocasiones, concedo-, y la envolvente atmósfera de decadencia suburbana, factores todos que en conjunto ofrecen como resultado una novela de un extraordinario e insospechado romanticismo (y es que, como no podía ser menos, en el fondo y según se mire, no es más que una historia de amor). De los poquísimos 'peros', señalar que se trata de un libro innegablemente denso, de lectura espesa, quizás no del todo recomendable para los no iniciados en el género, entre cuyas páginas corre uno el riesgo de perderse en la maraña de filigranas que envuelve la historia. Para los amantes de la Ciencia Ficción, y en cualquier caso, de la buena literatura, indispensable.

Autor: Ernesto Fernandez (Weis)

Correo electronico: ernst1976(arroba)hotmail.com

jueves, 1 de mayo de 2008

El futuro ya no es lo que era

Sevilla. año 2007

El despertador suena con un suave zumbido que se detiene automáticamente en cuanto el sistema domótico reconoce que me he despertado. Los electrodos fijados alrededor de mi cabeza, se repliegan automáticamente dentro de su caja metálica antes de que pueda enredarme con los cables. Hace ya tres semanas que uso este sistema de estimulación de sueños lúcidos, y la experiencia está resultando bastante interesante.

-Buenos días.-me dice la voz sintetizada de Bautista, a través del sistema de comunicación de la casa.-Hoy es Viernes 30 de Abril. El tiempo se presenta nuboso con posibilidad de lluvias. Para hoy está programada la primera prueba de su reactor taquiónico. ¿Desea algo especial con su desayuno?

-Algo contundente.-respondo, con la lengua todavía medio pegada al paladar.-Necesito estar bien de energías.

Salgo del dormitorio y me meto en la ducha, donde el sistema de chorros de masaje me alivia bastante esa molesta rigidez de la cintura. Me pongo frente a la luna del armario y el asesor de moda proyecta varias combinaciones posibles frente a mi imagen. Sin hacerle mucho caso elijo la primera que me ofrece y el armario se abre para suministrarme una camisa de seda sintética negra y un traje de chaqueta del mismo material.

Cuando termino de vestirme salgo al vestíbulo. Bautista ha salido de su nicho y me está esperando allí, con mi desayuno. La carcasa de plástico de mi robot mayordomo está empezando a gastarse un poco, y además está algo pasada de moda. Tal vez esta semana, si estoy de humor, le compre una actualización completa. Sé que solo es un montón de metal y plástico, pero le tengo algo de cariño a este robot. Quizá sea por esa graciosa cara de despistado que traía de serie.

-Que tenga un buen día, señor.-me dice Bautista, dándome la cajita del desayuno.-Le he incluido un café cargado.

-Excelente, Bautista.-le digo.-Estás en todo, como siempre.

-Le aconsejo que se lleve un paraguas, señor.-me recuerda mi robot, antes de que pueda salir por la puerta.

Le sonrío a mi robot y cojo mi nuevo paraguas con secado automático. Ya era hora de estrenarlo.

En la calle tan solo está chispeando. El autobús escolar está recogiendo a los hijos de mis vecinos. Les saludo silenciosamente con la mano y los críos me contestan. Su madre me grita un "Buenos Días". Es curioso que seamos tan amables sin saber tan siquiera como nos llamamos. Seguro que ninguno de ellos puede imaginarse siquiera que me dispongo a realizar un experimento que pueda cambiar sus vidas y las del resto del mundo.

Abro con el mando a distancia las puertas de mi automóvil y escucho el sonido del proyector antigravitatorio. La estructura de porcelana industrial y fibras sintéticas comienza a elevarse suavemente del suelo. Entro y me acomodo en el mullido sillón de cuero.

-Buenos días.-me dice la voz metálica de mi coche.- ¿Modo de conducción?

-Automático.-le contesto.-Al laboratorio.

Me pregunto porqué no les ponen voces sintetizadas a los coches. Suenan como los robots de las películas antiguas. Nada que ver con la bonita voz de mayordomo inglés de vieja teleserie británica de Bautista.

El zumbido del proyector se hace mas intenso y mi automóvil se eleva hasta alcanzar una altura de veinte metros. Normalmente me gusta conducirlo manualmente por los trayectos permitidos, pero hoy tengo la cabeza demasiado ocupada con otras cosas como para centrarla en la conducción. La eficiente inteligencia artificial del vehículo sigue las señales holográficas de tráfico y se sale de la urbanización camino del parte tecnológico, junto al río. Me hundo más aún en el sillón y abro la cajita de mi desayuno. El bueno de Bautista me ha metido dos píldoras: un energo-extra y un complemento de cafeína doble. Me las meto en la boca y las trago bebiéndome de un tirón el cuarto de litro de agua de la pequeña botella de plástico.

-Noticias.-le digo al ordenador de a bordo.

La pantalla del salpicadero se enciende y se conecta con el servicio de televisión a la carta para ofrecerme el último telediario. La noticia del día es la final del campeonato de ajedrez. Como de costumbre, la final será entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Los americanos podrán al fin probar su nuevo supercomputador DB 3000 contra el gigantesco Grigori de los soviéticos. Mis esperanzas estaban puestas en la victoria del computador occidental, aunque, como a la mayoría de los españoles, los soviéticos me caigan algo simpáticos. La noticia del casting para elegir a un nuevo actor que interprete a John Rambo es interrumpida por un aviso de llama entrante.

-Aceptar.-digo de mala gana, imaginando de quién se trata.

La pantalla me muestra la imagen de un anciano asiático cuyos largos cabellos blancos parecen flotar a su alrededor.

-Buenos días, doctor Takagi.-le digo en inglés.- ¿Qué tal por las colonias?

Takagi es uno de los privilegiados que han emigrado a Amstrong, la primera ciudad de las colonias de la Luna. Sin duda la baja gravedad será un gran alivio a sus años.

-No se ande con rodeos,-me dice el anciano, lo suficientemente viejo como para permitirse ser un auténtico maleducado.-Desista de lo que se dispone a hacer. Es una locura. Las consecuencias son inimaginables.

Suspiro y hago un gesto de impaciencia. Sé bien lo mucho que la expresividad latina fastidia a los japoneses.

-Ya hemos hablado esto cientos de veces.-le contesto.-Ha intentado bloquear mis investigaciones por todos los medios posibles, pero ningún tribunal científico ha dado crédito a sus argumentos. Su teoría acerca del coeficiente de plausibilidad universal es solo un disparate. Ha sido usted un gran físico, pero su tiempo ha pasado. ¿Por qué no lo acepta?

-Porque sé que tengo razón, maldita sea.-me dice él.-Pretende sacar energía del mismo flujo temporal. Va a abrir una brecha en el espacio-tiempo, a alterar el orden natural de las cosas. Ya le dije que el coeficiente de plausibilidad del universo es altamente inestable. La realidad en que vivimos es como es por un porcentaje casi despreciable. Un acto como el que se dispone a hacer hará que el universo mismo reaccione como defensa alterando el coeficiente de plausibilidad hacia un valor más alto...

-Lo he tenido en cuenta.-le digo, interrumpiendo la perorata.-Le llamaré para contarle como me ha ido.

Corto la comunicación justo cuando mi automóvil se posa sobre una plaza de garaje del parque tecnológico, junto al edificio de la multinacional japonesa que financia mis investigaciones. Tardo quince minutos en pasar los controles de seguridad vocal, retinal y de huella dactilar y llegar al área de I-D.

-Buenos días.-le digo a García, mi ayudante, nada más entrar en el laboratorio.- ¿Está todo listo?

-Todo listo.-me dice el joven, recién salido de la facultad.-El computador ha realizado las últimas simulaciones y ha concluido que todo es seguro.

El reactor está allí mismo, tras una mampara de cristal sintético de seguridad, vigilado por los ojos electrónicos de Silvia, el ordenador central del área de I+D.

-No tenemos porqué esperar más, entonces.-le digo.-Silvia, ¿estás preparada?

-Todo a punto, doctor.-me responde la suave voz femenina del ordenador.

Mi ayudante se sienta frente a la pantalla de monitorización. Yo me acerco más a la mampara. Quiero verlo de cerca.

-Actívalo.-le digo.-Veamos que ocurre.

Escucho una nota grave cuando se activa el reactor. Los indicadores de energía comienzan a dar pitidos en un emocionante crescendo.

-Está funcionando.-digo.

Entonces algo sale del reactor. Un aura luminosa de un brillo cegador que me obliga a cubrirme los ojos y que crece hasta tragarme. La luz es tan intensa que atraviesa mis manos y mis párpados hasta hacer arder mis retinas de dolor. Siento como si todo mi cuerpo se sacudiese violentamente sin moverse del sitio durante un instante que se me hace eterno.

La luz ha desaparecido, pero sigo deslumbrado.

-¿Estás bien?-me dice la voz de mi ayudante.

Es curioso, no suele tutearme. Deberá estar asustado, el pobre chico.

-Vamos tío, dime algo.-me insiste.-Me estás asustando.

-No es nada.-le contesto, sorprendido ante su forma de hablar.

Al fin puedo ver. Miro a mi alrededor, pero no veo mi laboratorio. Estoy en una oficina de aspecto triste. A mi ayudante le ha salido de pronto un pendiente en una ceja.

-¿Qué ocurre aquí?-le pregunto.

-Nada tío.-me dice él.-Mejor que nos pongamos a trabajar que si no el jefe nos mata.

Me acerco a una pequeña ventana y levanto la persiana. Debe de ser antiquísima, porque tengo que hacerlo tirando de una cuerda. La ciudad que veo al otro lado del río me recuerda la Sevilla de mi niñez. Y los coches que hay aparcados frente al edificio son muy antiguos, como los que tenia mi abuelo, de esos de gasolina. Al otro lado de la acera ha aparecido de repente un restaurante tradicional, de esos que sirven comida natural. Empiezo a comprender poco a poco lo que ha ocurrido.

-Tío, tú haz lo que quieras, pero el jefe nos va a dar la brasa con el informe en cuanto le dé la gana de llegar a su despacho.-me dice García.-Auque total, para la mierda de nos pagan. Seguro que ni siquiera te da para pagar ese cuchitril en el que vives.

Me siento frente a un ordenador tan anticuado que hay que usar el teclado para manejarlo. Entierro la cabeza entre mis manos y trato de consolarme pensando que le he devuelto el equilibrio al universo.

Al fin y al cabo, este mundo parece mucho más plausible.

Dedicado a todos los divulgadores y periodistas científicos que en los años 80 nos hicieron creer en un futuro que nunca llegó.



Autor: Juan Diaz

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