martes, 8 de junio de 2010

Muerte en soledad


Cuando entré por primera vez en la que, a partir de entonces, sería una más de las propiedades de mi familia, mi espíritu no soportó pesares distintos al del cansancio que el largo trayecto cabalgando le había inflingido. Ninguna sombra se abatió sobre mi alma, ningún presentimiento oscuro añadió peso a mis hombros y sin embargo… entre aquellas paredes de piedra enmohecida y cortinajes hechos jirones, la soledad de la noche se multiplicaba como por arte de alguna magia desconocida por los mortales de buenas costumbres.
La primera noche que pasé entre sus muros podría resumirse en una sola palabra: soledad.
Tan tremenda sensación para un hombre, familiar y acostumbrado al calor del hogar, como lo era yo hizo que las horas se arrastraran lentas y espesas, como el lodo que atrapa tus pies en los pantanos y evita tu avance. La soledad se pegó a mi piel, impidió que mis párpados descansaran y aumentó el eco que provocaban los latidos en mi pecho.

En el momento en que Mara, el ama de llaves contratada por mi padre, puso los pies en el suelo de la cocina, mi angustia se tornó palabras y le contaron lo pesaroso de mi noche pasada.
La buena señora, de alma cristiana y corazón piadoso, hizo dos veces la señal de la cruz antes de contarme lo que yo debería haber sabido antes de pernoctar en aquella casa, pero por lo visto, nadie había tenido a bien informarme de lo que hubiese acontecido tantos años antes.
Según la hábil narración de Mara, aquellas paredes estaban impregnadas de los sentimientos del hombre que las construyó.
_ Murió en la más tremenda de las soledades _ volvió a persignarse como si aquel gesto lo explicase todo.
Después de varias invocaciones al Espíritu Santo y llamamientos a algún que otro Santo, con menos abolengo pero con más tradición local de protectorado, conseguí que mi mente asimilara la historia de aquel hombre y de su muerte en soledad.

He de avisar a quien me lea, que la historia llegó a obsesionarme hasta tal punto que esa obsesión fue la que me llevó a un comportamiento que nunca, ni antes ni después, ha vuelto a repetirse en mi persona y en mis buenas costumbres.

El hombre que construyó la casa, se casó en segundas nupcias tras haber enviudado. La esposa era una joven, de buena familia y mejor presencia, nacida en el condado vecino.
Quiso el destino que ella contara 25 años y que el dueño y señor de aquella finca aportar al matrimonio un hijo de 20 años de edad, con mirada más profunda, carácter más dulce y atenciones para con la joven que ensombrecían las de su padre.
Las habladurías narran hasta el momento en el que ambos huyeron del lugar y el drama se cebó por partida doble contra el buen hombre: como padre deshonrado y como esposo despechado.
Cuentan que nunca volvió a vérsele fuera de la alcoba, la misma que yo ocupaba, hasta el día en que la muerte se apiadó de él y vino a buscarlo para acabar con la soledad en la que él mismo había decidido recluirse.

En cuanto la señora Mara me dio las buenas noches y tomó el oscuro camino que llevaba al pueblo, subí el candelabro a la alcoba y pude observar cómo la obsesión por aquel individuo se apoderaba de mi mente y de mi alma. ¿Qué podría empujar a un hombre cabal a dejarse morir en vida? ¿Qué fuerza desconocida lo había impulsado a aquella actitud estática en vez de tomar la decisión de perseguir a los amantes y dar debida cuenta de su venganza?
El cúmulo de preguntas sin respuestas y esa sensación pegada a cada porción de mi piel, hicieron que mi mirada, igual de trastornada que mi mente, comenzara a ver aquella habitación de forma diferente.
Ya no era una alcoba, era el lugar escogido para un encierro. Con la falta de volunta que aquel hombre había impuesto a sus movimientos y a su vida, hubiera sido exactamente igual si las ventanas hubiesen desaparecido de los muros. Si hubieses tapiado la puerta, el desenlace hubiera sido exactamente el mismo porque lo que su pena perseguía era una habitación cerrada… cerrada al mundo exterior y a su dolor interior.
Por un momento llegué a verlo, sentado en la mecedora sobre la que yo había puesto mi capa y mi sombrero. Estático, hierático, sin pestañear ante la entrada del sol entre las cortinas y sin molestarse en prender una mísera vela cuando la noche sumía su encierro en la más negra de las oscuridades. Siempre con la mirada fija en la misma pared.
Y entonces, mi mente perturbada y obsesionada, lo vio claro.
Bajé a la cocina, todo lo deprisa que podía correr sin que el aire movido por mi carrera apagara las velas del candelabro, y rebuscando en los cajones encontré un martillo, de dimensiones más escasas de las necesarias pero que ayudado por mi empeño podría servir.
Como si unas ansias desconocidas se hubieran apoderado de mis movimientos, la fuerza de mi brazo fue deshaciendo el muro que se interponía entre mi persona y mis temores a estar desvariando.
Introduje el candelabro por el hueco practicado y aparecieron ante mí: los dos amantes.
Entre cuatro muros que apenas dejaban espacio para la cama que los albergaba… dos cuerpos abrazados que presentaban en rictus típicos de los muertos ya descarnados, a quien su verdugo había tenido la deferencia de otorgar juntos el momento de su venganza.
Aquellos muros habían sido levantados alrededor de la cama, como si la tumba fuese el único tálamo que les fuera permitido. Una habitación cerrada para dos muertos que explicaba el misterio de la otra habitación, la que un muerto en vida consideraba su cámara cerrada.

Sin Pedigrí (J.C. Pérez y M. Belén Márquez)

RESEÑA DE CAROLINA MÁRQUEZ ROJAS


ARGUMENTO

El cadáver de una mujer es descubierto en el cuarto de baño de su domicilio en El Vendrell, una ciudad de la provincia de Tarragona, con una jeringuilla clavada en su brazo.
Al parecer todo indica que la muerte se debe a un accidente por sobredosis o a un suicidio, y el caso es asignado al Grupo Antidroga de la Guardia Civil de Tarragona, bajo el mando del agente J.C.Pérez., apodado "El Indio".
Pero una vez empieza la investigación, nada es lo que parece, y el instinto del agente le lleva a sospechar que, tras la muerte de la mujer se esconde algo mucho más turbio. Comienza así una carrera contrarreloj para "cazar" a un peligroso narcotraficante ...


OPINIÓN

"Era una fría y lluviosa tarde de invierno, de 1984..."

Así empieza la historia basada en hechos reales Sin Pedigrí, una historia que no te dejará indiferente. ¿Naciste en la década de los 60? Si es así, viviste los mejores años de tu juventud con la movida de los 80, pero si bien este relato se centra en esos años, nada tiene que ver con la maravillosa movida.
La novela policíaca es una novela complicada, pues tiene mucho de novela psicológica; cuando un agente de la ley debe perseguir y capturar a un delincuente, del que no conoce su identidad, debe poner en juego sus cinco sentidos y adentrarse en la mente del criminal para adivinar cuál será su próximo movimiento. El policía debe meterse en la piel del personaje, pensar como él, actuar como él, haciendo los amigos que él haría, viviendo el mundo que el delincuente vive, jodiéndose de puro asco por lo que encuentra pero sabiendo lo necesario que resulta para sacar de las calles a la escoria que pulula en ellas y que desgracian otras vidas. Es uno de los trabajos más duros que existen, que curten la piel y el carácter del policía, del agente que se patea las calles para que nuestras vidas, las de las personas corrientes y "legales" sigan viviendo en paz.
Juan, "El Indio", es uno de estos agentes.

Juan es un personaje real; en esta historia todo es verídico pero se han cambiado los nombres de los implicados para no ofender ni abrir viejas heridas, aunque es inevitable para los que viven en los lugares próximos a los hechos el recordar lo sucedido pues tuvo gran trascendencia en la prensa de la época. Juan es un agente del antiguo Grupo Antidroga de la Guardia Civil de Tarragona, actualmente conocido como Grupo de Investigación Fiscal Antidroga (G.I.F.A.), una unidad especial dedicada a perseguir todo tipo de delitos fiscales.

El Indio tiene una vida solitaria, la típica vida del agente entregado a su trabajo. Sus pocos amigos son sus compañeros del grupo antidroga -¿en quién vas a confiar si no es en el que debe cubrirte las espaldas?. Su aspecto físico no es corriente, de ahí su apodo, pero es que él tampoco es un tipo corriente, lo cual se refleja fielmente en el relato. Conozco a Juan y es un hombre con una fuerte personalidad y un carácter que roza la prepotencia, el orgullo, la bordería y la vacilación...pero eso es sólo la primera impresión. Si bien esos son rasgos característicos de su personalidad, cuando lo conoces sabes, intuyes, que es pura fachada. En realidad tiene un gran corazón que mueve a la ternura y que esa fachada no es más que una coraza que le protege de los peligros de su profesión.

El relato comienza en la población de El Vendrell (Tarragona) con el supuesto suicidio por sobredosis de una joven de buena familia de la ciudad. El olfato de El Indio detecta inmediatamente que tras ese aparente suicidio se esconde algo mucho más importante y comienza a investigar con los escasos medios científicos de la época. No estamos ante un capítulo de C.S.I., con modernos laboratorios, pruebas a la última sobre ADN, balística, huellas dactilares, etc., las modernas máquinas que hacen actualmente todo el trabajo de investigación no existían en los 80. Era el instinto del policía lo que llevaba a la verdad; era el investigador quien descubría, con dificultades que ahora no existen, la verdad sobre los hechos, por su tesón, tozudez e insistencia, porque sólo el verdadero sabueso con olfato podía "conocer" que realmente esa verdad se hallaba oculta y sabía dónde encontrarla.

La labor de investigación llevada a cabo es sobresaliente. Nada como las conversaciones de la autora con el protagonista para conocer de primera mano la auténtica historia y los acontecimientos reales. Juan acaba "confesando" ante Belén Márquez los pormenores de su existencia como agente de la ley. Se atreve incluso, aunque con cierto rubor, a contar sus encuentros sexuales con la prostituta que es su confidente, con Rosa, la pija rubia inaccesible que entorpece su vida y otras cosas. Porque Juan es duro pero también sensible y busca querer y a alguien que le quiera por lo que es él como persona.

Juan cuenta con un equipo de compañeros magnífico, sin el cual sabe que sus logros no serían tales; son esos compañeros el contrapunto del personaje, los que aportan una nota de humor en la historia, necesario repiro para un relato emocionante. Pero lo más relajante en la novela son las referencias a la música country. Juan es un enamorado de esta música, siempre lleva en el desvencijado 127, el coche policial, una cassette con las canciones de Johnny Cash, o de la Creedence Clearwater Revival; él pasa de la música de la movida. Los lugares que frecuenta son lugares que hoy en día existen en realidad: el Tennesse de Comarruga (Tarragona) es un lugar de referencia para los amantes de la música country, y su propietario, Mario, sigue regentando el local a día de hoy.

Una estupenda historia real para recordar. Un reconocimiento a la labor policial de la época. Un paso hacia el pasado y una alabanza hacia la música country. Un homenaje hacia un policía esforzado en descubrir la verdad. Todo esto es Sin pedigrí. No os la perdáis.
Y recordad que éste, no es un buen año para las rosas...*

*para entender esta expresión se debe llegar al final de la novela.

Letras Capitales

Estimado/a amigo/a:

El Centro Andaluz de las Letras tiene el placer de invitarle a la próxima sesión del programa "Letras Capitales", que contará con la presencia de María Dueñas, autora de "El tiempo entre costuras", que será presentada por la autora y periodista Eva Díaz Pérez.

El acto tendrá lugar en Sevilla el día 8 de junio a las 20:00 horas en la Biblioteca Pública Provincial Infanta Elena (Avda. de María Luisa, 8).


Enviamos invitación adjunta.

Cordialmente,

Centro Andaluz de las Letras
Consejería de Cultura. Junta de Andalucía
C/ Álamos, 24 29012
Málaga
Tlfno. 951 30 81 83
Fax. 951 30 81 84

Microrrelatos


sábado, 5 de junio de 2010

Velatorio


Sevilla, barrio de la Macarena, en un cuarto de una pequeña casa de un corral de vecinos. Una fila de mujeres enlutadas y compungidas va presentando sus respetos a Juanito, el hijo de la difunta viuda, que ha estado viviendo con ella desde su nacimiento hasta sus casi cuarenta años. El pobre parece absorto por la terrible pérdida que lo ha dejado solo en el mundo, y no reacciona ante las palabras y los gestos de los que se acercan a él…

–¡Ay, Juanito, que pena más grande! –exclama una mujer al tiempo que hunde la cabeza del recién huérfano en la mullida voluptuosidad de su pecho.

“Y que lo digas, Clara. No hay pena más grande que la del que nace hijo de una bruja posesiva, tacaña, envidiosa, cotilla, maliciosa, manipuladora, resentida, amargada y todo lo peor que te puedas imaginar.”

–¡Ay, Juanito, qué buen hijo has sido! ¡Eso es cariño, estar con una persona hasta el final! –dice la mujer que toma el puesto de Clara en la ronda de achuchones.

“Sí, hasta el final. Pero supongo que la cosa no habría sido así, y yo tendría ahora una vida normal, si no fuera por el arsenal de artimañas sucias del que hizo gala mi madre para frustrar todas mis relaciones.”

–¡Ay, Juanito, que muerte más repentina e inesperada! –solloza una tercera vecina achuchadora.

“Tampoco tanto, Pilar, que llevaba ya casi dos meses planeando la muerte accidental cuando se me ocurrió la idea del enchufe en mal estado.”



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