lunes, 11 de mayo de 2009

Honor y gloria

El Sol rojizo asomaba por el horizonte, estaba amaneciendo pero aún era la hora en la que las sombras juegan a ser monstruos en la imaginación de los niños. Un ruido de caballos galopando resonó en las desiertas calles del minúsculo poblado; algunos vecinos salieron para conocer la identidad de los jinetes, pero en la misma puerta de sus viviendas fueron abatidos. Una treintena de asaltantes empezaron a lanzar las teas ardientes que portaban sobre las chozas y en pocos minutos el color de las llamas se confundía con el amanecer.

Las mujeres, los niños, los ancianos, ningún habitante del lugar sobrevivió al ataque. Sus cuerpos fueron arrojados a las llamas y en pocos minutos un nauseabundo olor a carne quemada se extendió por la zona. El asalto duró menos de treinta minutos, antes de tres horas lo repetirían en el siguiente poblado. Dolor y sufrimiento, honor y gloria, eso es la guerra.


Todo había comenzado hacía unos siete días. El arzobispo Werle reunió a los diez nobles más importantes de la región y les urgió a tomar medidas, les conminó por la salvación de sus almas a terminar con el reinado de terror del llamado Conde Negro. Al día siguiente comenzaron los ataques y con cada uno de ellos, su enemigo se hacía más y más fuerte. Los castillos y ciudadelas fortificadas de los nobles se llenaron de refugiados que con el terror en la mirada huían de los jinetes negros. El miedo se veía en todos los rostros, únicamente el arzobispo mantenía el brillo en sus ojos mientras bajo sus ropas apretaba con desesperación una ajada carta fechada diez años antes.


Poblado de Grutz siete de marzo del año 789 después de la muerte de nuestro señor.


Querido Hans, espero que te encuentres bien. Sabes que no deseo molestarte, pero siempre te he admirado desde que estábamos juntos en el Seminario. Tú siempre parecías saber lo que hacer en todo momento y yo en este momento necesito la guía de tu mente preclara. Te explico:

Hace apenas un año que llegué a este destino, el lugar es pequeño y tiene muy pocos habitantes; sin embargo, algo los une a todos, el terror. Mi feligresía desaparece poco a poco, cada vez vienen menos personas a oír la Santa Misa. De hecho, cada vez hay menos vecinos en el pueblo. Hasta mis oídos llegan rumores de prácticas nigromantes en el Castillo del Conde. He intentado visitarlo, sin embargo el castillo siempre está cerrado. Algunas noches que me he acercado oí gritos que hablaban de un sufrimiento inhumano, mis requerimientos a los guardias para que bajasen el portón no obtuvieron resultados pero comprobé con horror que las figuras que custodian la entrada del lugar son dos guerreros esqueleto. Las acusaciones son pues ciertas, dime amigo que harías en mí lugar.


Firmado Edwin.


La carta se recibió al día siguiente de aparecer el cuerpo de ese pobre desgraciado, crucificado boca a bajo y con todo tipo de símbolos oscuros cubriendo su rostro. Las líneas de la misiva muestran una escritura nerviosa, como si la hubiese escrito un niño o alguien aterrorizado. El arzobispo intenta visualizar el rostro de su antiguo compañero, pero sólo recuerda unos ojos huidizos y una mirada inquieta. El rostro era verdoso, como si la sangre no le llegase bien. Como seminarista era el blanco de numerosas bromas y nunca hubiese supuesto que le admiraba precisamente a él que era quien las organizaba.

Tras cada ataque exitoso, el nigromante va convocando las almas de los difuntos y aumenta su “ejército particular”. En el castillo de Hohnchenshoffen vuelven a reunirse los nobles con el arzobispo, aunque en esta ocasión no se muestran tan confiados como en la primera reunión. Sólo el joven duque Philip se atreve a alzar la voz y acusar a sus compañeros de cobardía.

-Yo con mi guardia personal marcharé al encuentro de los jinetes negros y os demostraré que son tan mortales como los jabalíes de mi bosque de Hohn.

El resto le miraron con preocupación, su juventud le hacía ser muy impulsivo y el dinero que tenía le convertía en uno de los más poderosos caballeros, todas las mujeres le veían como a un muy buen partido. Los hombres como un rival difícil de batir. Sólo el arzobispo le apoyó en su idea, aunque sólo lo hizo con palabras.

-Los monjes no somos hombres de acción, pero mis oraciones te acompañaran allí donde te encamines.

En ese momento, el arzobispo alzó su mano derecha y bendijo al duque. El silencio se rompió con la llegada de un nuevo grupo de refugiados, venían de un minúsculo poblado de guardas en el bosque de Hohn.

-Esta es la gota que colma el vaso gritó el duque. ¡A mí mi guardia! ¡Partimos!

El sonido de los cascos aumentó de velocidad y en pocos minutos un fuerte contingente militar abandonó el Castillo.

El duque marchaba frente a su hueste directamente hacia el bosque donde gustaba de pasar días enteros de montería.

-¡Ojalá estuviera aquí mi fiel Franz! Conoce cada rama, cada minúscula vereda de este lugar.

La llegada al bosque estuvo preñada de cientos de malos augurios, un búho ululó mientras se acercaban, un gato negro los esperaba sobre una rama a la entrada del pueblo y un cuervo les miraba con descaro.

Todas las casas habían desaparecido, gritaron y buscaron supervivientes pero no hallaron ninguno. En ese momento oyeron un silbido, algo parecido a una flauta y se encaminaron hacia allá. Cuando alcanzaron a comprender el origen del sonido era demasiado tarde para ellos. El viento aullaba sin piedad entre las costillas de los “no muertos”, una masa de unos cuatrocientos esqueletos cayó sobre ellos desde todas las direcciones y el valor huyó de las filas de los hombres. No había posibilidad de escapar, a medida que caían, su espíritu era reclamado por el nigromante y comenzaban a luchar contra sus excompañeros.

El duque se encontró sólo, todos sus guardias habían caído y él luchaba desesperadamente por contener a siete enemigos cuando apareció una chica entre las sombras.

-¡Ven conmigo! -gritó ella.

Con un movimiento rápido arrojó un líquido sobre uno de los esqueletos y al momento un oso gigantesco se abalanzó contra el ser y lo destrozó. Ella seguía arrojando líquido contra los esqueletos y el oso continuaba con su labor de destrucción. El suelo se iba llenando de trozos de huesos y cuando arrojó líquido al último que se veía empezó a correr como el viento. El duque viéndose sólo dudó hasta que ella gritó.

-¡Corre, cuando acabe con él vendrá a por nosotros!

-¿Quién eres? Preguntó Philip cuando por fin la alcanzó.

-¿No me recuerdas? Soy Ingrid la hija de Franz el guardabosques.

Al duque le costaba reconocer que no tenía buena memoria con las caras así que para salir del paso respondió:

- Sí, por supuesto que te recuerdo.

A su mente llegaban vagas imágenes de una niña que siempre jugaba en el jardín hasta que un buen día dejó de verla. Franz le confesó que empezaba a observar cómo los otros hombres empezaban a mirar a su hija como mujer y no le permitía salir sola de la casa.

-¿Dónde está tu padre? -preguntó el duque.

-¡Murió! -exclamó ella entre sollozos-. Luchaba con su hacha contra tres enemigos cuando vió que un cuarto se acercaba con una tea encendida hacia la casa. Corrió para impedir que quemasen la casa y sus agresores aprovecharon que bajó su guardia para matarle. Lo último que gritó fue: “Escapa, huye a la gruta.” Y eso es lo que hice, desde siempre en este lugar cuando las guerras o los impuestos excesivos machacan en exceso a los vecinos, éstos huyen y se refugian en la cueva que hay sobre la osera de una gran osa gris. Nada ni nadie, se atrevería a acercarse a un lugar donde una gigantesca osa sobreprotectora cuida de sus hijos. Conmovido el duque se acercó para darle un abrazo de consuelo, pero la chica escapó tan rápido que sólo pudo abrazar el aire. Recordando que su “fiel” Franz la había prevenido contra los hombres, supuso que ella le tenía más miedo como hombre que como señor de cuantos hombres y bestias residen en sus dominios.

-¿Qué usaste para que el oso nos ayudara? -preguntó Philip.

-Orina de osa en celo.

-¿Qué? -el duque estaba realmente atónito, su cerebro se retorcía intentando encontrar una solución cuando Ingrid vino en su ayuda.

-Para los osos machos, el olor que las osas dejan en su orina es irresistible. Tirarán la puerta mas fuerte, destruirán lo que se interponga entre ellos y ese aroma despreciable para nosotros aunque maravilloso para ellos.

-¿Podrías conseguir más orina de esa? -preguntó el noble.

-Sin problemas, la osa que vive aquí debajo, acaba de destetar a sus crías y no para de orinar. El problema es que en el momento que un oso esté con ella, su orina dejará de tener estas propiedades.

-En ese caso debemos empezar a recoger cuanto líquido podamos desde ya.

-¿Pero porqué es tan importante? -preguntó ella.

La cara de Philip se cubrió con una media sonrisa mientras disfrutaba ya de la futura victoria.

-Porque el vizconde Hurle tiene media docena de osos en su zoo privado, podríamos usarlos para atacar las tropas del Conde Negro.

Durante tres días, estuvieron siguiendo a la hembra y recogiendo la tierra donde orinaba. Ya casi no sabían dónde guardar más cuando apareció el macho más grande que jamás se hubiese visto por estas tierras; los animales se aparearon y cuando terminaron la osa empezó a olfatear.

-Creo que nos ha descubierto -dijo Ingrid.

-No es posible, llevamos tres días tras ella. Si no nos descubrió antes no lo hará ahora.

Decidida a llevar la contraria al joven, la osa empezó a subir directamente hacia su posición.

-Separémonos -dijo Ingrid.

Tras la separación la osa siguió a la chica y Philip no volvió a verla, estuvo tres días buscándola incesantemente. Finalmente, decidió volver para contarle al arzobispo su plan.


Castillo del vizconde Hurle, salón principal.


La cena había sido copiosa, la aparición del joven Conde cuando todos lo daban por desaparecido había devuelto la fe a todos. La historia y la idea de usar a los osos como fuerza de ataque había sorprendido y gustado por igual a todos. Philip lamentaba la perdida de Ingrid, pero también se había sentido muy estúpido cuando se enteró que uno de los osos del vizconde era una hembra y por tanto no habría sido necesario correr los riesgos que corrió para obtener la orina. A veces se lamentaba de no haberlo pensado, si lo hubiese hecho tal vez Ingrid seguiría con él. Últimamente no puede evitar pensar en la muchacha y comprende la preocupación de su padre, ciertamente esa chica era muy hermosa. “Ojalá no le haya pasado nada -pensó para sí.”


En esta ocasión el arzobispo Werle sí ha aceptado acompañarles. Todos los nobles irán, y con ellos los osos y sus cuidadores, un escogido grupo de soldados da a los jinetes la apariencia de una escolta. La guerra es un juego táctico, el Conde Negro había abierto el juego y hecho los primeros movimientos; pero ahora, iban a mover ficha ellos.

Durante todo el día han estado buscando enemigos sin fortuna, finalmente un grupo de unos treinta esqueletos pesadamente armados aparecen cerrándoles el camino. Seis arqueros escogidos pusieron un trapo húmedo alrededor de sus flechas y lanzaron …

El primer esqueleto que recibió la flecha miró el proyectil y el trapo que portaba sin comprender, cuando alzó la vista vió a un oso que se abalanzaba sobre él. Puso sus zarpas sobre él y lo tiró al suelo, las costillas explotaron y con un par de zarpazos le arrancó el cráneo y el brazo derecho; escenas similares se veían en los otros que recibieron las flechas. Otros seis impactos y otros seis montones de huesos desperdigados, los esqueletos no parecían tener miedo ni sufrir, esperaban bloqueando el camino hasta que les tocaba morir.


Durante seis días han ido reduciendo las tropas del Conde Negro, cada vez están más cerca de su castillo, cada vez están más cerca de la victoria. Las almenas superiores son visibles cuando suben a los oteros del camino, la técnica funciona, ellos les están viendo y no pueden evitar que sigan aproximándose. Una corriente de alegría recorre el grupo, únicamente a veces Philip recuerda los cabellos de Ingrid y una nota de tristeza se cruza en su rostro.


Están frente a la puerta. El foso de agua que debía rodear el castillo está seco, deben sentirse tan seguros que hace años que no se llena. Las almenas se ven desiertas, todos contienen la respiración pensando en el próximo movimiento. Finalmente, el arzobispo propone que esperen al amanecer para iniciar el ataque. La noche es el tiempo de la oscuridad, ahora que la victoria está tan próxima por qué arriesgarse y atacar cuando más conviene a su rival.

Ya se retiraban cuando apareció Ingrid y antes de que nadie pudiese impedírselo empezó a escalar la empinada pared. Poco a poco, con movimientos seguros alcanzó el borde de la muralla y desapareció entre las sombras. Aún estaban reponiéndose de la sorpresa cuando el rastrillo comenzó a subir, una imagen débil apareció en el contraluz y la voz de Ingrid se escuchó alta y clara.

-Deprisa, acabemos con esto de una vez.

Como si el grupo fuese un único ser todos se lanzaron hacia la entrada y en pocos minutos entraban en la plaza principal del Castillo. El aspecto era aterrador, no menos de treinta hombres estaban crucificados bajo el balcón principal de la torre del homenaje. Sus rostros estaban llenos de palabras en una lengua desconocida, el olor de la muerte estaba presente en todo el lugar. Muchos de los soldados, a pesar de ser hombres valientes y acostumbrados a la guerra, no pudieron evitar vomitar. Se escuchaban maldiciones e imprecaciones contra el Conde Negro por todas las gargantas, inesperadamente los seis osos se lanzaron a toda velocidad hacia la entrada y salieron fuera. En ese momento el rastrillo cayó y todos quedaron encerrados sin la ayuda de los plantígrados. Philip miró hacia Ingrid y le preguntó:

-¿Qué ha ocurrido?

Su sorpresa fue total cuando vió como la chica se desvanecía ante sus ojos para desaparecer.

-Vosotros dos, subid el rastrillo -gritó el arzobispo.

Pero antes de llegar al mecanismo, empezaron a aparecen esqueletos por todos los sitios imaginables del Castillo. Sobre el balcón de la torre del homenaje aparecieron tres figuras, una de ellas era muy alta y emanaba autoridad, la más cercana se cubría con un gastado hábito mientras que la más pequeña se situaba tras ellas.

Los hombres se batían con vigor pero uno tras otro iban cayendo y con cada baja el enemigo ganaba efectivos. Philip comprendió que no podían enfrentarse a tantos y ordenó a los supervivientes que corriesen a refugiarse en la capilla. “Allí al menos tendremos a Dios de nuestra parte -pensó para sí.”

Cuando entraron atrancaron las puertas y esperaron en vano un ataque, un silencio casi opresivo llenaba el Castillo. Dos días esperaron hasta que hambrientos y soñolientos la desesperación hizo mella en sus soldados y salieron con la loca de idea de escapar. Todos fallecieron, sólo el arzobispo y el duque Philip continuaban con vida. Las tres figuras que esperaban en la torre bajaron para ver de cerca su botín. Cuando llegaron frente a los prisioneros, el arzobispo Werle alzó su rostro hacia uno de los recién llegados y exclamó:

-¡Edwin! Cómo es posible que un hombre de Dios como tú esté aquí.

-Yo no estoy aquí. Estoy muerto ¿recuerdas? Es mi alma la que alienta este caparazón óseo. La misma alma que humillaste durante años en el Seminario, la misma que te odia y después de morir aceptó la propuesta del Necroseñor de enviarte una carta para atraerte.

Por su parte el duque Philip miraba insistentemente al último esqueleto, tenía algo familiar. Dudó un poco antes de atreverse a preguntar.

-¿Ingrid?

-Así es.

-Pero ¿cómo es posible? Después de cuanto compartimos en la cueva.

-En la cueva no compartimos nada -gritó la chica- yo ya había muerto, únicamente estuviste con una imagen que transmitió el Señor de las Artes Oscuras.

-Pero yo creía que me querías.

-Y tenías razón, te quería. Pero en la última cacería cuando tus hombres estaban aburridos tras cazar tres jabalíes, les diste permiso para “salir a por otra caza”. Cuatro de tus hombres me capturaron y forzaron sin que tú hicieses nada por impedirlo, destruiste mi vida Philip ahora a cambio de mi ayuda tu alma me pertenece.

Ambos prisioneros fueron salvajemente tratados y poco después fallecieron, la memoria de estos hechos nunca se apagó en la memoria del pueblo alemán. Alrededor del Castillo fue creciendo un tupido bosque y cada vez menos personas se acercaron. En nuestros días ese territorio se llama “La Selva Negra”.


FIN


1 comentarios:

Carla dijo...

M encanto leer lo que escribiste.
muy buen post!

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