viernes, 14 de agosto de 2009

Eterno romance estival

…y fueron sus acciones las que abiertamente delataron al incorpóreo señor del tiempo, el cual, sin el más leve asomo de duda, se había enamorado egoístamente de la armoniosa calidez que la compañía del Sol le hacía sentir al llegar esta época del año. Y quiso el destino que, tras haber saboreado las dulces mieles de su encanto, quedara vinculado al cálido esplendor de un aura que estaba llamada a crecer, al verse vivamente alentada por la idílica dulzura que le fuera conferida por aquellos seducidos ojos que, como dóciles presas de tan deseable influjo, alimentaron subconscientemente el deseo, hasta que aquel frívolo capricho se convirtió en una ineludible necesidad; y movido por el irrefrenable ímpetu de una pasión más que humana, se entregó a emociones desconocedoras de comedimiento, que en ningún momento dudaron en valerse de cualquier ardid para poder retenerlo a su lado. Nada importaba ya. Era como si los valores tan plenamente establecidos hubieran perdido de pronto su razón de ser, al quedar involuntariamente eclipsados por un irreprimible deseo de conquista. Y cuando aquel encomiable reducto de prejuicios exhaló su más postrero aliento, se convirtió en una de tantas víctimas llamadas a perecer consumidas bajo el influjo de la mayor de las pasiones. Hasta tal punto hubo de hallarse exento de toda atadura moral, que no se privó de utilizar cualquier medio que estuviera a su alcance para postergar la partida. Es por ello que, sin poder advertirse en sus acciones el más leve asomo de mesura, derramó sobre el Sol innumerables lisonjas, eludiendo con dulces mentiras e interminables historias el momento que para la marcha se había fijado; permitiendo con tal negligencia que imperara, durante el transcurso de dicha estación, la deseada luz del día sobre la ignominiosa oscuridad. Y tan conmovido quedó por entonces el joven destino, mudo testigo de aquel primer encuentro, que aún en la actualidad se afana en que perdure la eterna complicidad de aquel singular romance, que estuvo llamado a sucederse desde el principio de los tiempos.





Autor: Ángel Vela (palabras)

Correo electronico: lanaiel(arroba)hotmail.com

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