domingo, 14 de noviembre de 2010

Tiempos Oscuros (Libro I, Capítulo III)


Libro I: Sanction
Capítulo 3

Deep night

La noche caía sobre Sanction oscureciendo las nubes que permanentemente la cubrían como un manto de ceniza, pero la bulliciosa ciudad nunca dormía. Las callejas mal iluminadas del puerto y el centro de la ciudad eran recorridas por soldados y mercenarios en estado de embriaguez más o menos visible. Las tabernas estaban a rebosar y los oficiales no intentaban controlar el desahogo de sus soldados en las sofocantes noches de verano. Era un año especial, la ciudad bullía con una población muy superior a la que en circunstancias normales podría contener, una población que recibía su paga sin demoras y que estaba deseando gastarla a pesar del duro entrenamiento a que eran sometidos durante el día. Una población mercenaria ebria de promesas de victoria que deseaba celebrar antes incluso de que se llevaran a cabo.


El general Ariakas no veía con buenos ojos la ruptura de la disciplina entre sus hombres pero poco podía hacer para evitarlo, sólo castigar a los que se presentaban en un estado lamentable por la mañana y de esos hombres era mejor deshacerse cuanto antes. La mayoría de los mercenarios curtidos en batallas sabían cómo evitar esos problemas y pronto enseñaban a los novatos las técnicas más diversas para eliminar la desagradable resaca. El tiempo haría que los entrenamientos fueran más duros y la disciplina más rigurosa, la cohesión total de los soldados se alcanzaría antes del momento justo, cuando fuera realmente necesario, que disfrutaran mientras tanto, mejor las peleas en la calle que en los campos de entrenamiento.


Ariakas dormía el sueño inquieto del que se ve superado por la ineficacia de los hombres que tiene a su alrededor. Le había costado largas horas escribir la carta apremiando a los clérigos de Neraka a terminar la calzada y ofreciendo su ayuda aunque sabía que sería rechazada. La Reina Oscura quería el control total de sus clérigos en Neraka. En Sanction podía disponer lo que fuera, desterrar a los clérigos a las habitaciones más pequeñas, lúgubres y calurosas del templo, utilizarlo como base de operaciones, ignorar aquellas silenciosas figuras vestidas de negro en todo momento. Pero en Neraka no, Neraka era de ellos y allí no podía entrar, no lo dejarían entrar aunque supieran que él solo podría destruir y volver a construir el maldito templo en solo unas horas. Ariakas se revolvió en el lecho y sus sueños se llenaron de clérigos oscuros que le lanzaban adoquines a la cabeza.


Los alrededores del templo de Luerkhisis estaban completamente en silencio a pesar del ruido que invadía otras zonas de la ciudad. El ambiente pesado y enrarecido contrastaba con el del resto de la urbe y los sacerdotes, magos y comandantes del ejército que vivían en sus estancias dormían un sueño desapacible aquella noche; los sueños llenos de victorias sobre los enemigos de Su Oscura Majestad se habían tornado en desagradables pesadillas de las que no podían despertar. La sombra que se detuvo a las puertas del templo sonrió al notar el nerviosismo presente en el edificio. Se deslizó sigilosamente hasta la misma entrada pero no intentó traspasar las puertas, no había sido invitada.


La figura solitaria vestía una túnica más negra que las sombras entre las que intentaba pasar desapercibida y su rostro quedaba oculto por la capucha de terciopelo que cubría su cabeza. Sin embargo, cualquier hechicero que la hubiera visto habría reconocido su figura familiar y el halo de poder que desprendía su cuerpo; pero no había nadie en las calles que llevaban al templo, nadie se cruzó en su camino cuando se dio la vuelta y se alejó de aquellas puertas que no le habían invitado a traspasar.
Erdinmor


Estaba allí. Había conseguido cruzar el puente de granito y llegar hasta las mismas puertas del templo. ¿Alguien había dudado de que lo conseguiría? Nadie hasta el momento había detectado su presencia en la ciudad y no se quedaría el tiempo suficiente para que eso sucediera. Poderosa y temible, ninguno de aquellos orgullosos clérigos ni los oscuros hechiceros que dormían en el templo de Luerkhisis habían esperado su llegada, tampoco ninguno de ellos habría sido capaz de impedirla si lo hubieran sabido. No la querían allí, la Reina Oscura no deseaba su presencia en sus dominios. Dracart no deseaba su presencia. ¿Qué era lo que le estaban ocultando con tanto afán? No eran los ejércitos de Ariakas, estos estaban a la vista, se exhibían tan llamativos que en ningún momento atrajeron su atención. ¿Qué era lo que en realidad se estaba perdiendo? Ladonna conocía muy bien los entresijos de la Orden de la Alta Hechicería a la que pertenecía, sabía que siempre habría alguien a la espalda esperando que cometiera el más mínimo error para ocupar su puesto. El mismo Ariakas podría haberlo intentado si no estuviera más interesado en las tácticas militares y en la creación de ese ejército en el que Ladonna no confiaba demasiado. La hechicera sonrió para sí. Ella no cometía errores. Podían murmurar por lo bajo cuando pasaba delante de ellos. Podían hablar a sus espaldas todo lo que quisieran. Su poder continuaba siendo inmenso, lo sería todavía durante muchos años. La magia de Nuitari estaba con ella, el hijo no le había retirado su favor a pesar de que la madre la evitaba. La magia de Nuitari estaba dentro de ella. Su poder se desplegaba entre aquellos muros.


—No importa. Dormid tranquilos, pensad que estoy lejos, muy lejos, pensad que no sé nada, que no quiero saber nada, que no puedo haceros nada. Dormid felices, satisfechos... soñad.


Ladonna se alejó del Templo de Luerkhisis con pasos tenues y silenciosos. Los guardias apostados en las puertas no la vieron alejarse igual que no habían visto su sombra acercándose a la entrada. Sus ojos parpadearon una pequeña milésima de segundo y, al abrirse, la sombra que envolvía a la hechicera se había fundido con la oscuridad de la noche. El leve escalofrío que sintieron se lo achacaron a una misteriosa brisa nocturna, tan misteriosa que era la primera vez que la sentían en la calurosa y siempre asfixiante Sanction


Sin embargo, la visita de Ladonna al Templo de Luerkhisis no fue tan discreta como ella suponía. Desde una de las ventanas del templo una joven acólita la veía alejarse con un gesto de preocupación en el rostro.


Lyuda no podía dormir. Lo había intentado durante horas. Había intentado sumergirse en ese sueño inquieto y nervioso que se había apoderado de todos los habitantes del templo. La joven cerraba los ojos y al momento los tenía otra vez abiertos y sentía una angustia creciendo en su interior. La sensación aumentaba cada vez que intentaba cerrar los ojos y al final había optado por levantarse pero no se atrevió a encender ninguna luz, todo estaba tan increíblemente silencioso que supo al instante que algo extraño estaba ocurriendo. Pensó en su hermano; podría ir a hablar con él pero era demasiado temprano, posiblemente todavía estaría disfrutando de sus diversiones nocturnas. No, hasta el amanecer no recibiría su mensaje.


Se sentó frente al tocador, en el espejo se reflejó un rostro rojizo a la luz de Lunitari. Sus rizos artificiales estaban apelmazados y sin vida; su piel, sin los polvos blancos que le daban la apariencia del mármol, aparecía con un desfavorecedor tono aceitunado que ni la brillante luz roja de Lunitari conseguía ocultar. Sus ojos oscuros estaban enrojecidos por la falta de sueño y ni perfilándolos con el Khol negro que se hacía traer de la lejana Tarsis conseguiría tener un aspecto decente al día siguiente si no conseguía dormir.


Se volvió hacia la ventana, algo la atraía hacia ella, hasta ese momento había estado concentrada en su imagen en el espejo pero ahora algo la estaba llamando. La pequeña ventana no estaba abierta. Desde que Ariakas tomó posesión de los mejores aposentos del Templo de Luerkhisis los clérigos se habían visto obligados a trasladarse a estancias menos cómodas y más sencillas, pero Lyuda tenía la suerte de contar con un hermano con influencias que la instaló pomposamente en una de las mejores habitaciones del templo. Ariakas no protestó, y ninguno de los clérigos se atrevió a hacerlo, a pesar de que Lyuda aún no lucía en su cuello el medallón que la consagraría como clérigo de Su Oscura Majestad.


Ahora Lyuda disfrutaba de una habitación con ventana sobre el río de lava que circundaba el Templo, un pequeño hueco por el que entraban los rayos de las lunas y el sofocante calor de los Señores de la Muerte cuando estaba abierta.


Se acercó despacio hacia la ventana, sentía como un escalofrío que procedía del mismo cristal, un escalofrío que no tenía nada que ver con el calor que permanentemente hacía en la ciudad. El sudor que pegaba su suave túnica a su piel se enfriaba pero Lyuda ya no se daba cuenta, estaba concentrada. Era una llamada, un susurro que venía de aquella pared sin grietas, de aquella madera sin fisuras, apartó un poco la cortina que la protegía de miradas indiscretas, sólo un poco, lo suficiente para poder abrir la ventana y dejar que el calor que subía del río de lava golpeara su rostro. Lyuda lo hizo todo mecánicamente, sin tener miedo, sin preguntarse quién o qué la estaba llamando, de dónde procedía aquella atracción que la impulsaba a asomarse a la ventana, a mirar el campamento militar que se extendía bajo sus pies, a vislumbrar una oscura figura encapuchada que desaparecía tras atravesar el puente de granito que llevaba a la ciudad.


—Un mago –pensó en voz alta—, es un mago. ¿Por qué sale así en mitad de la noche? Creía que los magos podían teletransportarse a cualquier lugar sin necesidad de caminar ni de salir sigilosamente por la noche. Es una mujer. ¿Quién podrá ser? Ah, hermano. ¿Por qué no estás en casa esta noche?


Natte, el hermano mayor de Lyuda, no vivía en el templo, tenía una espléndida casa en la ciudad donde su hermana podría haberle mandado un mensaje apremiante. Natte no era sacerdote de Takhisis ni quería serlo, le había dicho a su hermana miles de veces que ser clérigo tiene más limitaciones que ventajas y que él prefería volar a su aire. De momento no le iba nada mal, había conseguido riqueza y poder en sus tratos con los oficiales del ejército de la oscuridad, tenía una posición envidiable en la ciudad y el respeto y el temor de todo el mundo. No tenía necesidad de arrastrarse a los pies de Takhisis, no necesitaba servir a nadie si por sí mismo era capaz de conseguir todo lo que quería. Todo eso estaba muy bien, pensaba Lyuda, pero ella deseaba servir a la Reina de la Oscuridad por encima de todo, desde la primera vez que vio a uno de aquellos hombres de túnicas oscuras supo que quería ser uno de ellos y cuando supo que se habían instalado en Sanction los buscó y los persiguió hasta conseguir adentrarse entre sus filas como acólita. Pero a pesar de su dedicación la diosa aún no se había decidido a otorgarle su favor, no escuchaba sus promesas y sus ruegos, no veía la fe que la consumía, el deseo que anidaba en su alma. Tal vez esta iba a ser su gran oportunidad. La prueba que la diosa necesitaba para que le otorgara por fin sus dones.


Lyuda no se detuvo a pensarlo dos veces. Lo sabía. No había sido una afortunada casualidad lo que la había mantenido desvelada toda la noche, pensó, no era su imaginación la que la había llamado hasta la ventana ni la que le provocaba escalofríos. Alguien quería que contemplara la oscura figura de la hechicera alejándose del templo. Esta era su oportunidad, tenía una tarea. Alguien la había escogido.
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Mientras Lyuda contemplaba por la ventana cómo la desconocida hechicera Túnica Negra se alejaba del Templo de Luerkhisis y dejaba a sus moradores durmiendo un sueño mágico en otra parte de la ciudad, entre las ruinas de una vieja chabola abandonada del centro de la ciudad, se movían dos nerviosas figuras. Habían conseguido acomodarse en una habitación que aún tenía paredes aunque las ventanas habían desaparecido, el tejado estaba medio hundido y una de los muros era en realidad una pila de escombros. La mayoría de las casas eran así en el barrio de las chabolas y Ulric se había sorprendido cuando comprobó que la mayoría de ellas estaban habitadas a pesar de su miserable estado. Su mirada había recorrido desconfiadamente cada una de las grietas de las paredes, si aquella casa en la que intentaban acomodarse estaba abandonada su estado debía ser aún más lamentable de lo que parecía a primera vista.
3dmundo


Thera no se había preocupado en ningún momento porque la casa pudiera caérsele encima y había rescatado un taburete con dos patas de entre los escombros ante las airadas protestas de Ulric, que prefería que no removiera nada. La enana no le hizo caso y apoyó el taburete sobre una pila de ladrillos, se sentó en él en cuclillas y esperó haciendo cálculos mentales sin prestar atención al nerviosismo que dominaba a su compañero.


—¿Qué es eso? —Ulric volvió a levantar la cabeza. El techo se movía de nuevo y una fina lluvia de polvo comenzó a caer sobre sus cabezas.


—Posiblemente un gato, o una rata —Thera no levantó la vista, el patrón al que esperaban llegaría sin hacer ruido, y no precisamente por el tejado.


Ulric suspiró y se sentó de nuevo entre los escombros, no le gustaba aquel sitio, no le gustaba aquella ciudad tan sofocante, hubiera preferido una cita en medio de un campamento goblin que allí, en aquella casa donde no podía moverse por temor a que el suelo cediera (¡y sabría Paladine qué habría debajo!), pero él no conocía al misterioso patrono que los había contratado ni sabía por qué demonios los había citado precisamente allí.


Thera suspiró y se levantó del taburete.


—Ya es casi la hora.


¿Cómo demonios lo sabía? El nerviosismo de Ulric aumentaba cada vez más. Lunitari estaba ya en lo alto del cielo y pasarse la noche sin dormir lo ponía aún más irritable. Se asomó al hueco de la ventana y contempló la calle solitaria, entre la basura y los escombros que los rodeaban no se veía ningún movimiento. Era demasiado tarde hasta para las ratas, pensó con frustración. De pronto atisbó un temblor entre los escombros por el rabillo del ojo. Sí, algo se había movido, esperó unos segundos y el movimiento se repitió. Algo se acercaba arrastrándose por el suelo y provocaba pequeñas ondas entre los desperdicios que inundaban la calle, el avance se detenía, cambiaba de dirección, volvía a avanzar pero siempre acercándose. Era demasiado grande para ser una rata. Ulric desenvainó su espada y se preparó para atacar.


De repente, una cabeza peluda surgió de entre los escombros y miró al solámnico fijamente con los ojos muy abiertos. ¡Un enano gully! Ulric dudó. ¿Sería ese el misterioso patrón que los había contratado? Era absurdo, completamente absurdo pero...


—Thera —llamó—. Hay un enano gully ahí afuera.


La enana se acercó despreocupadamente a la ventana.


—¿Sólo uno? Hay más de un centenar por esta zona, son como cucarachas, tuve que desalojar a un clan entero de esta casa antes de ocuparla. Tírale una piedra y saldrá corriendo. ¿Qué haces con la espada? ¡Sólo es un enano gully!


Thera no esperó a que Ulric envainara la espada, se agachó y cogió la piedra más grande que encontró en el suelo, se empinó para que su brazo quedara totalmente fuera del hueco de la ventana, localizó la enmarañada cabeza del enano y arrojó la piedra con toda su fuerza. Sus ojos se habían clavado en la despejada frente del enano pero la piedra le dio en el hombro con tal fuerza que lo tiró hacia atrás.


La puntería de Thera dejaba mucho que desear por lo que el tiro pareció bueno, normalmente no le daba nunca a nada.


—¡Largo de aquí! –gritó—. ¡O volveré a daros una paliza!


La cabeza del enano desapareció y otras cabezas aparecieron, Thera volvió a tirar otra piedra pero esta vez no le dio a nadie.


—¡Tengo un poderoso guerrero a mi lado que acabará con todos vosotros, pandilla de gusanos roñosos! –gritó señalando a Ulric que levantó amenazadoramente su espada. Al verle, los enanos desaparecieron entre las montañas de basura y desperdicios que había por todas partes.


—Toda la ciudad está infestada de esos malditos gullys. Se esconden entre los escombros y los desperdicios y actúan como si no los viéramos. Están por todas partes, no me extrañaría que hubiera hasta dentro de los volcanes. En esta zona de la ciudad pueden pasear abiertamente, aquí sólo hay granujas y asesinos aunque desde que comenzaron a llegar mercenarios para alistarse en el ejército la zona se ha animado considerablemente.


—Se han ido.


—Eso parece. Hay que tener cuidado con esa escoria, si les das la oportunidad te engañarán y acabarán contigo antes de que te des cuenta, los gullys son los seres más rastreros que existen, la vergüenza de la raza enana. No hay nada peor que un enano gully, nada. Bueno sí —rectificó—, tal vez un kender.


Thera se alejó de la ventana sin cristales y volvió a acercarse al taburete, se lo pensó mejor y se sentó en el suelo, apoyó la espalda entre los cascotes, levantó las rodillas y apoyó las manos en ellas, seria y pensativa, como si diera por hecho que algo iba mal.


Ulric no envainó la espada, se quedó junto a la ventana, vigilando las sombras de la noche y dejando que los enanos gully vieran el reflejo de Lunitari en el acero de su espada.


No tuvieron que esperar mucho tiempo, cuando el silencio volvió a adueñarse de la calle Ulric oyó un susurro, tuvo que oírlo dos veces para darse cuenta de que era algo real y no imaginado; prestó atención, parecía provenir de un rincón de la estancia. Era como el susurro de una tela pesada moviéndose ligeramente. Le hizo un gesto a Thera que inmediatamente levantó la cabeza y miró hacia las sombras que cubrían la pequeña habitación. En el rincón más oscuro se había materializado una figura que los observaba desde las profundidades de una capucha negra.


El desconocido no dijo ninguna palabra de saludo, se limitó a contemplarlos en silencio, como si los estuviera evaluando. Lo único que Ulric podía ver de la figura enlutada eran sus manos, largas, finas, con larguísimas uñas coronando sus dedos. Manos de mujer, pensó. Thera ignoró el escrutinio al que estaba siendo sometida, se levantó y se acercó a la mujer con seguridad.


—Magos –rezongó por lo bajo mientras se acercaba a la hechicera que no se había movido del rincón.


—Puedes envainar tu espada, caballero. Nada te atacará mientras yo esté cerca –la desconocida tenía una voz firme pero a la vez suave. Ulric sintió como un sudor frío le recorría la espalda, no le gustaban los magos. Supuso que por eso Thera había estado tan reservada respecto al trabajo que iban a realizar.


—Gracias señora, pero prefiero seguir como estoy.


La hechicera los miró desde el fondo de su capucha más negra que la noche y pareció sentirse satisfecha con el escrutinio. Sin decir nada, sus delicadas manos se introdujeron en los bolsillos secretos de su túnica y salieron sosteniendo cada una de ellas un medallón, extendió uno de ellos hacia la enana y dejó que Thera lo cogiera sin tocarle los dedos.


Con más curiosidad que temor, la enana examinó con ojos expertos la joya que tenía en la mano.


Era un sencillo medallón con engarce de oro y una piedra de ámbar en el centro. Ni el más torpe de los joyeros le daría nada por él.


—¿Para qué sirve?


—Te protegerá. Anulará los hechizos de protección que pueda tener el templo y alejará de ti los espectros que moran en él. Cuando encuentres lo que buscas, el medallón comenzará a brillar.


La hechicera extendió su mano hacia Ulric pero el solámnico continuó en la misma posición defensiva que había adoptado. Ladonna se encogió de hombros y pronunció una palabra mágica. Al instante el medallón desapareció de su mano y se materializó en el cuello de Ulric.


—Recordad, no debéis quitároslo mientras permanezcáis en el templo, y tal vez sería más prudente que lo llevarais en las inmediaciones.


—Tranquila –Thera resistió el impulso de añadir “bruja” a su comentario—. Somos profesionales. Todo saldrá según lo previsto, señora. Os lo aseguro.


Ladonna pareció satisfecha con la respuesta de la enana. Su capucha se volvió hacia Ulric, el solámnico notaba el calor del medallón sobre su piel, estaba tan caliente que le quemaba pero a pesar de eso continuó sin hacer ningún movimiento y aguantó la mirada de la hechicera lo más estoicamente que pudo. Ladonna volvió a meter las manos en su túnica y esta vez sacó una pequeña bolsa de cuero que dejó caer en las manos de Thera.


—La mitad por adelantado, como acordamos.


La enana sonrió. Una cuarta parte habría sido suficiente para contratarla, incluso a veces había trabajado por menos pero siempre hay que pedir más de lo que se pretende conseguir y la hechicera, sorprendentemente, no había regateado. Ahora sólo había que esperar a que las monedas no se desintegraran cuando terminara el trabajo.


—Es un placer hacer negocios con vos, mi señora.


—No lo será si no conseguís el objetivo.


La hechicera dio por terminada la reunión y su figura volvió a fundirse en las sombras, el suave susurro de su túnica de terciopelo desapareció, la opresión del ambiente volvió a ser la normal. Se había ido.


Ulric envainó la espada y tocó el medallón mágico, ya no quemaba pero estaba caliente al tacto, se volvió hacia su compañera que contaba despacio las monedas de la bolsa.


—Thera ¿en qué me has metido?

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