jueves, 25 de marzo de 2010

La Columna OcioZeta-Sevilla Escribe, "El Hombre y la Letra II"


Aquí estamos con la segunda entrega de nuestro “El Hombre y la Letra”, así que ya saben qué música deben poner, ¿no? Pues al lío.
En nuestra anterior entrega dejamos a nuestro pobre aficionado-cabritilla tratando de zafarse del ditirambo tóxico, intentando no ser víctima del engaño de los concursos de pago y procurando no caer en el pozo del voluntarioso, terribles pruebas que tendrá que superar nuestro amigo si no quiere ser presa de la frustración y el desencanto. ¿Lo conseguirá? Quién sabe, a veces la gacela Thomson salva la vida y el documental termina con música alegre; otras no tanto. Lo único seguro es que, aunque consiga salir airoso de los trances arriba mencionados, el aficionado-cabritilla aún debe permanecer ojo avizor porque, lo sepa él o no, sigue estando rodeado de amenazas, trampas en las que podrá caer si se despista.

Una de esas trampas es el incidente de la historia recurrente. Terrible. No demasiado común, pero fatídico, sin solución… o no. Para el señor King el ejercicio de la lectura es como un fenómeno de telepatía en el que el autor usa el soporte material para pasar una historia de su cabeza a tu cabeza. Tú recibes eso que él pensó, disfrutas de la historia… y el buen señor se lleva sus eurillos, que se los ha ganado. Bien, todo perfecto. Lo malo es que a veces esa conexión parece que se establece por la línea de banda ancha de este país, las cosas no salen como deberían salir, y lo que te debería llegar mientras lees parece que te llega mientras escribes. Un buen día, sin tú poder recordar ningún tuerto que te mirara mal (paradojas del lenguaje, como si te pudiera mirar bien) ni ninguna pedigüeña a la que no le hubieras comprado el romero, resulta que te enteras de que estabas escribiendo algo que ya estaba escrito, más o menos; escrito o filmado o lo que sea. “¡Dios, en qué te he ofendido para que me castigues así!” Gritarás. Sí, eso mismo, porque no me refiero a ese relatillo que te surge una tarde. No, yo estoy hablando de que te pase con lo tuyo de verdad, “lo gordo”, ese documento que duerme en el altar mayor de tu disco duro y que no está hecho de bits, sino de tu sangre, tu sudor, tus lágrimas y tus dioptrías. Imagínatelo, aficionado-cabritilla, porque quién sabe qué salió en la última tirada de dados que hizo Destino por ti. Aparte de eso sólo puedo transmitirles mis más sinceras condolencias a los afectados, y ofrecerles desde aquí todo mi apoyo en estos duros momentos. No sé, por aportar algo: ¿por qué no lo llamas “homenaje”?
El panorama en nuestro recorrido cambia, el bucólico prado de antes es sustituido por otro bucólico prado, que es casi igual, o igual, vaya, que es el mismo pero que tengo una encima que no veo nada. Está el prado y nuestro tierno aficionado-cabritilla en medio, paciendo alegremente: un mordisquito a una flor, ups, qué rico, otro… y cambia la música, se vuelve amenazante. En efecto, hay un nuevo depredador rondando, y se trata ni más ni menos que del comentarista feroz. A ver, que no se me malinterprete: no me refiero a alguien exigente que diga lo que piensa con fundamento y educación. No. Yo me refiero a ese otro que algunas veces, o bastantes veces, o las más de las veces o siempre, que también los hay, le echa al asunto un poco o un mucho más de bilis de la necesaria. ¿Por qué? Quién sabe: estrés, un mal momento, pura y simple mala uva, coitos frustrados o negados… El caso es que le sale así, y a una persona más susceptible o influenciable de la cuenta le puede afectar. ¿Qué hacer en estos casos? No sé, supongo que con ponerle un poco de sentido común a la cosa debería valer, tomárselos tan en serio como se deben tomar y nada más, pero tampoco estoy seguro… O bueno, siempre puedes coger al del ditirambo tóxico y echarlo a pelear con el comentarista feroz… a ver quién gana.
Imagínate un perro gigante que vuela, pero te dicen que es un dragón. ¿Recuerdas la película? ¿Sí? Pues ésta es parecida, se trata de la historia de la novela interminable (a tu salud, compadre). Ah, qué decir. A veces fue un error de juventud, como a la colegiala que le falta la regla un mes. Tú sabes, tuviste tus primeros accesos lectores de la adolescencia (los libros que ya no eran “para niños”), te tocaste, porque es normal que te tocaras, porque tenías la edad, y tocaste el teclado, y eso está ahí desde entonces, y lo quieres, porque es tuyo, y no quieres que se quede ahí, porque sigue siendo tuyo, y sabes que no lo vas a poder arreglar pero insistes como si te fuera la vida en ello, porque ostias, si es que es tuyo, y está ahí, y no es malo, en serio, sólo hay que adecentarlo, aunque parezca que no se puede… Otras veces no fuiste menor de edad cuando cometiste el delito, eres culpable de haber empezado por donde no tocaba, te faltaban ciertos mimbres antes de lanzarte al camino como Marco con su mono, pecaste de suficiencia, o simplemente no sabías qué querías o a dónde te dirigías… ¿Y ahora qué, listo? Pues ahora o te la envainas y aceptas que eso va a tener que dormir el sueño de los justos por una temporada, permitiéndote tomar aire y que no te estanques, o haces caso a Juan Díaz y “sacrificas a tus hijos”, al menos a una parte para salvar al resto, o le echas lo que tú y yo sabemos, de verdad, y la acabas de una vez, aunque sea por las bravas y el resultado no se parezca demasiado a ese ideal que siempre rondó tu cabeza. Otra solución no veo, socio, así que mejor que te decidas pronto, antes de que te agobies demasiado. Además, y ésta es de mi cosecha, no tiene mucho sentido aferrarse a los relatos antiguos, los mejores siempre son los que están por llegar.
En fin, hermanas cabritillas que una vez más acudís a este rincón para saber de los depredadores que os acechan entre tantos eventos y actividades que pueblan vuestro espacio de solaz, hasta aquí llegó la segunda entrega de “El Hombre y la Letra”, que espero pueda salvar a alguna de esos momentos de frustración y desencanto de los que hablé al principio. Por último, me gustaría insistir en que uno, por muy por encima de esto que se piense, siempre está a merced de estos u otros depredadores, que nunca se debe perder la perspectiva y despistarse; vaya, que no me seas tan pagado de ti mismo, porque esos pagos no rentan.


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