martes, 14 de abril de 2009

Villarrasa

Bueno, creo que este es un momento tan bueno como otro cualquiera para hablaros de mi amigo “Manué”. Es un chico de mirada limpia y gran corazón, trabaja como una mula y raras veces protesta; sus manos son grandes y pesadas, sus dedos, como él mismo suele decir, son un muestrario de nabos (por lo gordos y fuertes que son).
Es de un pequeño pueblo de la provincia de Huelva llamado Villarrasa y debe ser el sitio con más fiestas del mundo. Todos los lunes le veo de camino al trabajo y le pregunto:
—¿Qué, Manué? ¿Este “finde” que ha sido?

Y sus respuestas suelen ser: pues este fue el patrón del pueblo (San Vicente Mártir) o la patrona del pueblo (Virgen de los Remedios) o la Cruz de Arriba o la Cruz de Abajo (se llevan a matar) o la romería de San Isidro o Carnavales o la Semana Santa o el Rocío (puesto que les pilla al ladito tienen su Hermandad) o la feria, que por supuesto hay también. Puestos a tener incluso tienen Fiesta de la Juventud, no me extraña la fama que tienen los Andaluces en el Norte de España, si visitan este pueblo donde el que más trabaja es el Concejal de Fiestas nos envidiarán/aborrecerán hasta en sus sueños.
Es impresionante. Cuando se pone a contar las francachelas que se corre o la que le espera para el sábado próximo, sus ojos brillan como dos linternas, sus labios tiemblan de la emoción y todo en él refleja un estado que está más próximo al éxtasis de los religiosos que a la alegría de vivir de los juerguistas. No es nada sorprendente que defienda su tierra a capa y espada, aunque en ocasiones se le vaya la olla. Recuerdo una vez, cuando visitábamos Ámsterdam en el viaje fin de curso...


Todos estábamos asombrados por los canales, había tantas bicicletas por las calles que era imposible no tener cien ojos para evitar chocarte contra ellas. Sin embargo, si algo sorprendía a unos españolitos recién salidos de un internado regentado por el Opus Dei, eso fue el Barrio Rojo. Mujeres exhibiéndose en los escaparates, droga vendiéndose legalmente en las tiendas.

A tantos ojos saliéndose de sus órbitas se oponían los relajados ojos del Manué.

—¡No entiendo que os sorprendáis tanto! Todo lo que veis aquí puedo conseguirlo en Sevilla y la mayoría a mejor precio.

—Lo que nos llama la atención es que no esté prohibido —intentaron explicarle varios.
Pero para él, nuestra sorpresa no tenía razón de ser. Todo cuanto veía allí, en su pueblo lo había mejor.

—¿También hay un Barrio Rojo en Villarrasa? —le preguntó Paco con sorna sabedor de que no lo había, pues él era de La Palma del Condado pueblo vecino con el que tenían gran rivalidad.

—¡Sí! Tengo al menos siete primos llamados Colorado y todos viven juntos en la misma zona todos en el pueblo llaman a ese sitio el Barrio Colorado.


¡Para nada! Intentar explicarle algo que no quiere entender no sirve para nada. Todavía tengo pesadillas cuando recuerdo su explicación del tostón. Al parecer, es típico allí comprar en las panaderías un pan de pueblo para hacer algo que llaman “tostón” y lo piden así al panadero. Pero Manué estuvo dos horas y veintisiete interminables minutos explicándonos cómo se hace, a qué sabe, porqué es tan importante que el pan esté duro. Que una noche de diversión y juerga, cuando llevas un buen montón de cervezas y bastantes whiskys un amigo se lleve el resto de la noche contándote la historia del “tostón” es como dicen por el Sur “¡pá matarlo!”

El misterio que tiene es que cortan grandes panes por la mitad, les hacen unos cortes con la navaja y los tuestan en una candela. Se le restriegan unos ajos, le añaden aceite de oliva y se come con las sardinas que se asan también en la candela. El tostón sirve como plato para el pescado y como guarnición ya que se comen las dos cosas al mismo tiempo.
¡Lo admito! Soy de ciudad y el campo para mí suele venir asociado a imágenes de frío, insectos y soledad. Buena parte de la culpa de esa visión sesgada la tiene ese pueblo y mi amigo Manué. En una ocasión nos convenció para acudir a la fiesta patronal, así podríamos probar el “famoso tostón”. Ese 22 de enero aparece de vez en cuando en mis pesadillas. Cierro los ojos y recuerdo una caravana de nueve turismos que desde Sevilla salía a las ocho de la mañana, hacía frío pero al menos no se esperaba que lloviera. Llegamos temprano al pueblo, al menos eso pensábamos nosotros. Nos bajamos para buscar un bar en el que tomar un café, pero todos estaban cerrados.

—¿Qué pasa aquí? Preguntó Pepe a Manué.

—Es que todos están en el “Huerto de la hambre”.

—¡No me jodas que nos traes a esta mierda de pueblo a pasar hambre! —exclamó Quini.
—No, es que el sitio se llama así, pero de comer os vais a “jartá”.

—¿Porqué tiene ese nombre? Preguntó Lola.

—¡Yo que sé! Se llama así y punto.

Llevamos los coches por unos caminos de tierra de repente empezamos a ver coches aparcados a ambos lados. Aparcamos y empezamos a andar tiritando de frío en medio de la niebla que nos rodeaba, cuando por fin llegamos, estaban todos alrededor de los fuegos y el olor de las sardinas se percibía en el ambiente. Tuvimos que buscar madera para encender nuestra propia hoguera y bastaba con que dos de nosotros orináramos juntos para que la humareda de vapor pareciera provocada por una hoguera. Beber, bebimos cuanto quisimos; comer no tanto y desde luego el frío que pasé ese día todavía lo recuerdan mis huesos.

La mayoría aprendimos la lección y tardamos en volver a ese pueblo, pero el ser humano es el único animal que tropieza dos o más veces en la misma piedra. Eso quiere decir que volví a visitar Villarrasa y de ese viaje nunca podré olvidarme.


Nos volvió a invitar en Mayo, el tiempo era bueno, el frío ya se había retirado y nada hacía prever que hubiera tormenta... Aunque lo que es yo, me calé como nunca. Como la mayoría de los “tresorejas” (una especie de mote familiar que tienen en el pueblo), mi amigo Manué es de la Cruz de arriba. En esa ocasión estábamos en pleno brote de peste equina así que los caballos no podían circular y montaron unos tractores para tirar de los carros. La gente se montaba y recorría el pueblo cantando y riendo; mucha cerveza, mucha comida (por si acaso nos llevamos bocatas) y un tiempo fabuloso. El sol derramaba sus rayos y todos nos quedamos en camiseta, entonces el c*br*t* del Manué nos animó a cantar.

—¡Me gusta la Cruzcampo... pero de botellín!

Los vecinos echaban agua sobre los que pasábamos para refrescarnos del bochorno. Sin embargo, a medida que seguíamos cantando el estribillo el cielo parecía abrirse sobre nosotros y el agua empezaba a caer con tanta abundancia y, por qué no decirlo, con tanta mala ostia que algunas de las chicas resbalaban y se caían. Aquello parecía un concurso de camisetas mojadas y varias de ellas se volvieron hacia Manué para recriminarle lo brutos que eran en su pueblo. Él, por su parte, se revolcaba de risa con lágrimas en la cara.
Agua, agua y más agua. Se nos olvidó el calor, se nos pasó la moña de la cerveza y hasta dejamos de cantar. ¡Oh, sorpresa! Del mismo modo que la tormenta de furiosos cubos se abatió sobre nosotros, se terminó y el sol volvió a brillar de nuevo empezando a secar nuestros empapados cuerpos.


¡El muy ***ón! Por supuesto que no nos avisó que la Cruz de Abajo es conocida como la Cruz del Campo y por tanto nuestra cancioncita estaba tocándoles los c*j*n*s a medio pueblo. Ese día no era agua lo que caía sobre nosotros, era la rabia de quienes veían como se burlaban de sus creencias. Ese día sobreviví a una tormenta, una en la que el líquido escondía la fe religiosa, ese día decidí que como en la ciudad, en ningún pueblo...



4 comentarios:

Anónimo dijo...

No se quien eres, bicheando por internet he llegado hasta aqui. Soy un sevillano criado entre sevilla y villarrasa puesto que tengo mucha familia en ese bendito pueblo. Me ha llamado mucho la atención todo lo que cuentas en tu relato. Son muchos detalles los que se te quedaron en la mente. Que bueno. Yo también me llamo Manué y me he visto reflejado a veces con el Manué que tu has contado. Mis amigos de Sevilla me dicen los mismo sobre Villarrasa, que si es el pueblo con más fiestas del mundo, que nunca puedo hacer planes con ellos porque ya tengo otro lio en Villarrasa... y es que al final vais a tener razón... jeje!! Me gustaria saber de que Manuel hablas. De Sevilla que sea de Villarrasa pensaba que solo estaba yo fijate que equivocado... Bueno te mando un saludo y decirte que mucho de lo te decía tu amigo Manuel es verdad, buen pueblo, pequeño pero resultón y por supuesto fiestero, claro que si!!

Canijo dijo...

Simpático y muy entrañable el texto, Sharly.
Por otro lado, disiento contigo en algo importante: para vivir el día a día, para el curro, las compras y demás, soy un urbanita empedernido, pero este tipo de escapadas como las que aquí narras me parecen impagables; una de las mejores curas que existen para los males de la modernidad que nos estresan y amargan la existencia a los que vivimos en ciudades de cierto tamaño...

Sharly dijo...

Gracias Canijo y gracias tambien a tí Anónimo. Celebro que os gustara y lamento no haberos podido contestar antes, pero es que estaba fuera.
Ningún pueblo de esta tierra es malo, porque está lleno de buena gente. Y por supuesto Canijo, las escapadas son lo mejor, pero tú ya sabes las que me gustan a mí. ;)

Anónimo dijo...

Vd. por lo que veo, debe andar demasiado aburrido para escribir estas cosas, no??

Menos mal que la vergüenza y la educación no es cosa de haber nacido en un pueblo o en una ciudad.

Le felicito, es usted muy bueno fantaseando, o a lo mejor peca de tan ingenuo que se cree lo primero que le cuentan.

Siga así, la literatura universal puede perder un genio con Vd.

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