jueves, 23 de abril de 2009

La Columna OcioZeta-Sevilla Escribe, "Escuelas de escritores"



No sé si el oficio de escribir puede definirse como tal, imagino que sí. Desde el momento en que no se tenga claro que es un oficio se establece la duda acerca de su aprendizaje.


Si trasladamos la pregunta al campo de lo pictórico o lo escultórico, podemos distinguir entre el artesano y el artista. Nadie duda de la posibilidad de enseñar artesanía, de definir los pasos en una hoja, con detalles específicos y puntos clave en cada paso del proceso para manufacturar un jarrón, un mosaico o un azulejo, pero ¿enseñar a un artista a pintar un cuadro?


Si lo enfocamos en el campo de la música, ¿alguien duda que para componer una obra sinfónica para orquesta se necesita saber escribir una partitura?


Desde mi posición de ingeniero industrial, no tengo dudas de que las bases de mi actual oficio no hubieran sido posibles de no haber aprobado los seis cursos universitarios por los que tuve que peregrinar. Pondré en cuestión tal materia, la densidad de algunas asignaturas o la idoneidad de otras, pero doy mi acuerdo genérico a un sistema creado durante decenios por mentes expertas y experimentadas.


Admitiendo que mi oficio es la ingeniería, mi amor por la literatura me hace dedicar muchísimo tiempo de mi existencia al placer de escribir.


¿Puedo aprender a escribir?


Hace algo más de un par de años me inscribí en una escuela de escritores recién establecida en Sevilla.


Antes de hacerlo quise entrevistarme con la dirección de la escuela, me entregaron el programa lectivo, el listado de profesores y sus currículums.


Las clases eran heterogéneas, en cuanto a edades del alumnado, profesiones y objetivos de los alumnos, niveles culturales, pretensiones, calidad literaria de nuestros escritos, capacidades de integración.


Desde el mismo centro del aula surgían voces desconfiadas en las pausas entre clase y clase, en los pasillos. Se hacían preguntas impertinentes que casi siempre encontraban una respuesta justa en profesores que se encontraban con el hándicap de la maldición de los artistas.


¿Cómo me vas a enseñar a crear?, ¿qué reglas me vas a transmitir en un mundo de libertad total?, si Saramago escribe sin puntos, si Elfriede Jelinek sin mayúsculas, si Miguel Hernández no tenía estudios, si…


Yo, en cambio, encontraba rico el debate en sí. Plantear ese tipo de preguntas y obtener respuestas en el profesor, más o menos enriquecedoras o plausibles, ya era aprender de la literatura.


¿Qué quiere reforzar un autor cuando escribe en presente?, ¿cómo afecta a la credibilidad de una obra que el narrador omnisciente emita juicios subjetivos?, ¿cómo potenciar una historia fantástica?, ¿qué técnicas han utilizado los grandes clásicos para frenar el ritmo de una obra dislocada?, ¿cuál es la clave de la riqueza narrativa de García Márquez?, ¿por qué es tan subyugadora la literatura americana del siglo XX?, ¿qué debo hacer para escribir una historia consistente de vampiros?, ¿y de denuncia social?, ¿cómo y cuándo se describen mayoritariamente a los personajes?, ¿cuál es el secreto de Ruiz Zafón?, ¿qué hace que de una novela mediocre se obtenga una gran película?


Haciéndonos estas preguntas y aplicándolas a nuestros relatos, comparando las descripciones de nuestros personajes con las que hacen grandes autores, escuchando de los profesores, eruditos, humildes o intrusivos, consejos sobre novelas imprescindibles del género que tú quieres atacar, teniendo que levantarte y escribir sobre una pizarra la estructura de tu novela futura a tus compañeros, preguntando y respondiendo a interrogantes directos sobre la trama de una historia, sobre el sentido de lo que quieres transmitir, sobre el porqué y el cómo, buscando respuestas para poner en pie tus ganas de escribir e intentar entender esas mismas ganas en el otro, en el cercano y en el que murió hace varios siglos, entiendo que se aprende a escribir.


La clave es la humildad. Escuchar. Saber que hay quien te puede orientar, quien tiene respuestas por haber leído más que tú, por haber analizado estructuras, autores, conflictos y técnicas literarias. Estar dispuesto a responder con algo más elaborado que un ‘porque sí’ cuando se nos interroga acerca de las razones de tu obra o tus personajes.


Teniendo sensibilidad, facilidad para expresarse e imaginación, las mejores escuelas para escribir son dos: vivir y leer. Vivir a fondo y leer mucho.


Las escuelas de escritores añaden algo importante, aceleran las respuestas a preguntas que siempre nos hicimos sobre el arte del escribir.


2 comentarios:

Canijo dijo...

Vaya, muy interesante, Salva. Esto es lo que yo siempre me pregunté acerca de las escuelas y talleres de escritura, qué es exactamente lo que te van a enseñar en, como dices, un mundo de libertad total. Por mi parte siempre he sido, o he intentado ser, bastante independiente en lo que he hecho, autodidacta cuando podía, así que no me terminaba de cuadrar.
Ahora, entre lo que alguna vez me has dicho en persona y esta explicación más extensa sí que empiezo a ver el posible interés de estos centros, la verdad.
Aparte, viendo los resultados en lo que son tus obras y tu forma de escribir en general, suponiendo que al menos una parte es cosa de ellos, más todavía.

En fin, habrá que pensárselo...

Ángel Vela (palabras) dijo...

Interesante columna, aunque se me hizo muy cortita, ejeje.

Yo, como Canijo, he sido poco de pensar en talleres de escritura, aunque supongo que será como todo, habrá profesores con lo que se pueda apreder bastante o que saquen a la luz manias o fallos comunes y otros que no sepán hacerlo también (al igual que con la musica, pienso que tanto manual y norma coarta la creatividad o según que procesos creativos).

Por otro lado no conozco a nadie que de clases en condiciones,y si a profesores a los que deberían de darle clases, eejeeje.


Un abrazo. Nos leemos

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