domingo, 15 de mayo de 2011

Tiempos Oscuros (Libro I, Capítulo VII)

Libro I: Sanction
Capítulo 7
The glamour of violence

El desánimo que se había apoderado de Velien durante los últimos días se había acentuado en las últimas horas. Mientras había podido discutir sus dudas y temores con Marus había sobrellevado su desagradable trabajo como un pesado fardo que cargara permanentemente sobre sus espaldas, era extenuante pero no terminaba de aplastarlo. Ahora, el consuelo de olvidar el dolor agudo que sentía en las manos realizando sus pequeñas tareas diarias junto a Marus había desaparecido. La única ocupación que llenaba sus noches era contemplar las molduras del techo cuando no podía dormir.

—Marus no puede pasarse tantas horas solo y tú debes descansar más –le habían dicho sus superiores—, tu trabajo en el Templo de Duerghast es más importante que atender a nuestro anciano hermano. Naturalmente, puedes visitar a Marus siempre que lo desees.

Velien lo había hecho, pero ya no era lo mismo. El nuevo acólito de Marus era un joven humano, solícito, serio y ambicioso que le miraba impávidamente cuando iba a visitar al anciano clérigo. El humano no intervenía nunca en la conversación, ni siquiera parecía interesarle remotamente pero su muda presencia rompía totalmente la sensación de tranquilidad que le transmitía Marus.

El anciano clérigo había cambiado en esos pocos días; parecía inquieto y nervioso con la aparición de su nuevo acólito, hablaba en susurros y divagaba más de lo normal. Por mucho que le preocupara, Velien no podía quejarse del comportamiento del joven clérigo. El humano desempeñaba sus tareas a la perfección, no dejaba a Marus a solas ni un segundo, atendía solícito todos sus deseos y adivinaba sus necesidades. No se le podía reprochar que no escuchara las interminables divagaciones del anciano. La impaciencia humana, se dijo Velien. Posiblemente Marus, humano también, no se daba cuenta de ello. Los días transcurrían a un ritmo distinto para esa raza inquieta.

Las manos de Velien estaban llenas de pústulas que no terminaban de curar y cualquier humano se hubiera quejado dolorosamente del tiempo que llevaba sufriendo esa tortura pero para Velien ese tiempo aún no existía. La intensidad del dolor persistía diariamente pero aún no había pasado suficiente tiempo para que ese dolor se convirtiera en una constante en su vida, tendría que pasar al menos un año sufriendo la misma tortura para que sintiera que el sufrimiento era prolongado.

Aquel día las llagas no le dolían demasiado, o al menos no más que el día anterior. El auténtico malestar estaba en su alma, la carga que soportaba sobre sus hombros se había multiplicado por mil y ante él se abría de nuevo la maldita celda llena de criaturas pervertidas mágicamente que tenía que destruir.

Los seres eran cada vez más pequeños y más débiles pero su trabajo continuaba siendo igual de duro. Los recién nacidos tenían unas enormes ganas de vivir y una increíble pasión que no estaba debilitada por las interminables noches de la prisión. El elfo suspiró. Velien se preguntaba cada día cuantos quedarían pero le resultaba imposible contarlos. ¿De dónde salían tantas criaturas si cada día conseguía exterminar casi a media docena de ellos? La celda debería empezar a mostrar claros, lugares vacíos donde las criaturas ya se habían convertido en humo pero no era así. Todo el espacio continuaba ocupado y los pequeños continuaban gritando y revolviéndose como el primer día.

El clérigo miró a los pequeños draconianos con ojos cansados. ¿A cuántos podría eliminar esa tarde? El trabajo le requería cada vez más tiempo y cada vez era más agotador. Velien había pasado toda la mañana rezando en el Templo de Luerkhisis, se había postrado a los pies de la Reina Oscura y le había pedido las fuerzas que le faltaban pero la diosa parecía burlarse de él. Takhisis se complacía en su sufrimiento y no le había concedido su gracia. Sus fuerzas estaban al mínimo y los gritos desesperados de las criaturas no contribuían a relajar sus nervios.

Se arrodilló junto a una de ellas. Cada vez le resultaba más fácil su camino a través del Templo de Duerghast. Se iba acostumbrando a aquella sensación extraña que se apoderaba de él cada vez que se adentraba en aquellos oscuros pasillos. Los gritos de los prisioneros en la sala de tortura comenzaban a parecerle una dulce música.

Oigo los susurros de los muertos –pensó—, y me voy acostumbrando al sonido de sus voces. No son tan terribles.

Sin embargo, aquel día la sensación que inquietaba su alma era distinta, algo había cambiado. Velien sentía un soplo de aire fresco que no provenía de aquellas paredes cálidas ni del aliento de aquellos engendros que chillaban a su alrededor. Era como si alguien se hubiera dejado una ventana abierta. Qué absurdo. No había ventanas en aquel sótano oscuro. Y si las hubiera por ellas entraría el calor asfixiante del río de lava que circundaba el Templo.

Las negras paredes de la celda en la que se encontraba estaban recalentadas, seguramente un brazo subterráneo del río de lava conseguía rozarlas y propagar su calor por los bloques de piedra. Los sólidos muros de granito no le dejaban entrar pero el fuego carcomía los cimientos y esparcía su calor por el edificio para recordarles que estaba allí, que los Señores de la Muerte podían invadir aquella construcción humana en cuanto lo desearan. ¿De dónde, pues, provenía aquella corriente de aire?

Estuvo a punto de salir pero desistió de decir nada y se arrodilló en el suelo, intentando concentrarse en su tarea. Los pasos del soldado que lo había acompañado se alejaron por el pasillo. Ya estaba solo. Miró fijamente a los ojos de la criatura que intentaba morder sus manos.

Velien ignoró el ataque del animal y puso sus manos sobre su cabeza, la criatura se debatió rabiosamente al sentir el contacto de sus dedos. El clérigo cerró los ojos. No quería pensar en corrientes de aire ni en ríos de lava. Había oído rumores sobre túneles en el subsuelo, por supuesto, pero los túneles, si existían, corrían por las entrañas de la tierra y por ellos no circulaban las corrientes de aire.

Aspiró deseando que ese frescor extraño invadiera sus pulmones y se encontró lleno de algo que no le resultaba del todo desconocido. Magia.

La relación entre los clérigos de Takhisis y los Túnicas Negras nunca había sido buena pero aún así Velien sabía reconocer la magia cuando actuaba cerca de él. Intentaba evitarla en todo lo posible y nunca se acercaba a un Túnica Negra a no ser que no tuviera más remedio. Él mismo se había sorprendido muchas veces contemplando a los magos oscuros a través de la distancia que la misma Reina de la Oscuridad ponía entre sus servidores. A Velien le fascinaban y al mismo tiempo sentía una extraña repugnancia ante aquellos hombres y mujeres que anteponían la magia a los deseos de su diosa.

En aquel momento volvió a sentir el halo mágico que rodeaba a los hechiceros. La magia se había adueñado de cada poro de aquellas criaturas malditas, de cada grieta de aquellos firmes muros que los custodiaban. La sentía palpitando a su alrededor y sólo su fe en Takhisis podía ayudarlo a soportar el tormento al que estaba siendo sometido. Sus plegarias volaron hasta los oídos de su diosa que sonrió complacida. Él era su mano en el mundo, él extendería su poder y su gloria por todo Krynn. La magia acabaría muriendo, sus fantasmas terminarían supeditados a ella, la más poderosa entre los poderosos dioses. Takhisis extendió sus dedos protectores sobre su sacerdote y la magia que lo oprimía se retiró de su alma aunque permanecía flotando a su alrededor. Las manos de la magia lo rodeaban pero no podían verlo, no podían tocarlo. Velien volvió a abrir los ojos y, dando gracias a su Reina, se concentró de nuevo en su tarea.

Por muy poco que le gustara, por mucho sufrimiento que le causara, su deber era acabar con aquellas extrañas criaturas que no eran del agrado de Su Oscura Majestad. Ante él se extendía toda una celda llena de ellas. Gritaban, chillaban y pataleaban. Algunas incluso podían extender sus deformes alas coriáceas y volar, se elevaban todo lo que podían hasta que las cadenas invisibles que los ataban tiraban de ellos. Era el momento de dejar de contemplarlos y ponerse a trabajar.

Su mirada se concentró de nuevo en el pequeño ser que se debatía bajo sus manos, sin pensarlo más presionó sus dedos contra el cerebro de la débil criatura y rezó. Al instante se sintió reconfortado, la fuerza de Takhisis que le había sido negada durante sus rezos matutinos estaba ahora con él, latiendo en su interior. El poder de la Reina Oscura le daría fuerzas para realizar su tarea, su oscuridad le invadiría disipando las fuerzas mágicas que amenazaban con perturbar su deber. Velien cerró de nuevo los ojos para concentrarse aún más en la comunión con su diosa, ya no sentía el frío mágico rozando su nuca, ya no sentía nada.

Fue entonces cuando sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Algo duro y muy, muy frío se apoyaba en su garganta. Oyó pasos apresurados y murmullos. Y una voz estridente gritó en su oído.

—¡Ni te muevas, elfo!

Velien obedeció más por instinto que porque hubiera entendido el significado de las palabras. La concentración que tanto le había costado obtener se rompió y lentamente sintió cómo la mano de la diosa se alejaba de él y se perdía entre las brumas del infinito. Abrió los ojos y se encontró con unos iris de color gris acerado que lo miraban amenazadoramente.
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—Aquí no hay nada.

Thera ya no se molestaba en guardar silencio. Sus botas claveteadas habían resonado con fuerza mientras subían escaleras y volvían a adentrarse en una maraña de pasillos oscuros. Su hacha tintineaba al chocar contra una de las hebillas que la sujetaban a su espalda. Sus bufidos habían sido cada vez más sonoros y, al final, cuando siguiendo las indicaciones de la cabeza del mago maldito que habían encontrado se adentraron en pasillos llenos de celdas de prisioneros torturados, ya eran imprecaciones las que salían de su garganta. Astkainteroth los guió hasta el más oscuro de los pasillos y hasta la más oscura de las celdas y los instó a entrar. El medallón que llevaban al cuello brillaba cada vez con más fuerza pero allí no había nada.

Thera se volvió amenazadora hacia la cabeza que Ulric había depositado cuidadosamente en el suelo antes de empezar a inspeccionar la estancia.

—¿Y bien? –la voz de la enana se elevó más de lo que era conveniente—. Aquí no hay nada. No hace falta que busques, Ulric. Si ni siquiera la puerta estaba cerrada.

La cabeza que anteriormente había sido un poderoso archimago miró a su alrededor con la sorpresa reflejada en sus rasgados ojos.

—¡Debía estar aquí! ¡Os lo juro! Puedo sentir su esencia aún latiendo entre estas paredes y el medallón también la siente –dijo en su lenguaje mudo.

—Estará la esencia pero no creo que la hechicera nos pague por ella –resopló Thera—. Estoy empezando a perder la paciencia, mago.

—¡Tienen que haberlos destruido! ¡Estoy seguro! ¡Esos malditos clérigos los han destruido! ¡No es culpa mía! –volvió a deletrear la cabeza.

—Tampoco es culpa nuestra, Thera –comentó Ulric volviéndose hacia la enana—. Si los clérigos los han destruido no podemos hacer nada. Hemos hecho todo lo posible, hemos llegado hasta aquí. La hechicera no se enfadará.

—¿De veras crees que la bruja no va a enfadarse? Era una Túnica Negra –contestó Thera señalando la cabeza de Astkainteroth—. ¿De verdad lo crees?

—Bueno –Ulric dudó—, no he tratado con muchos magos...

—Yo tampoco. ¿Y sabes por qué? –Thera comenzó a levantar peligrosamente la voz—. Porque SIEMPRE se enfadan. Y las cosas nunca salen como ellos quieren a pesar de que sigues sus instrucciones al pie de la letra. Si trabajo para un mago siempre le cobro el doble. Por muy fácil que parezca el trabajo. Ellos siempre terminan complicándolo todo. Nunca trabajes para magos, Ulric. Evítalos todo lo posible. Son más traicioneros que los enanos gully y más fastidiosos que un centenar de kenders.

—¿No podríamos llevarle algo? –sugirió Ulric mirando a su alrededor—. Alguna prueba de que hemos estado aquí y de que esto es lo que hemos encontrado.

—¿Y qué podríamos llevarle? Aquí no hay nada.

Thera clavó su enfurecida mirada en Astkainteroth pero el mago no se encogió ante ella. De todas formas el hechicero no tenía la culpa. El medallón de ámbar de la hechicera brillaba como no lo había hecho desde que entraron en el Templo, aquella celda lóbrega y maloliente era su destino.

—¿Alguna sugerencia, cabeza hueca?

Astkainteroth no contestó, parecía estar pensando. ¿Podría pensar por su cuenta? ¿Recordaba lo que había sido antes de quedar reducido a ser una cabeza muda? ¿Permanecían en su interior los conocimientos que había adquirido cuando aún poseía un cuerpo y una voz que podían realizar hechizos?

—Le llevaremos la cabeza del brujo –concluyó Thera—, así sabrá que nos hemos recorrido este maldito templo de punta a punta.

La amenaza hizo más efecto que la mirada enfurecida de la enana. Astkainteroth se puso más blanco de lo que ya estaba, sus pupilas se dilataron del terror. Su boca se entreabrió en un grito mudo.

—¡NO!

—Acepto sugerencias, brujo.

—El medallón brilla, por lo tanto tiene que haber algo cerca de aquí que contenga parte de la esencia, sigamos buscando.

Thera se quedó pensando un momento. Se oían pasos avanzando por el corredor, pasos fuertes que llevaban consigo el tintineo de la espada al chocar contra las piernas de un soldado y pasos débiles que arrastraban el susurro de una túnica al rozar el suelo. Ulric cerró la puerta de golpe y se asomó sigilosamente al ventanuco de la puerta.

—Es un clérigo –susurró Ulric—. Lo acompaña un soldado.

El sonido de los pasos era cada vez más fuerte, el clérigo se acercaba, ya podían oír su respiración acompasada, el murmullo de una plegaria rondando en sus labios. Se decía que los clérigos oscuros caminaban a su antojo por el Templo de Luerkhisis pero no esperaban que también lo hicieran entre los muros de la prisión. El guardia que lo acompañaba vigilaba las sombras detrás de él. Thera contuvo la respiración.

Los pasos continuaron durante unos interminables minutos hasta que se detuvieron junto a una de las celdas.

—Han entrado en la celda de la izquierda –anunció Ulric levantándose de nuevo—. El clérigo no tenía echada la capucha, era un elfo.

—Descríbelo –ordenó Thera.

—Joven, aparenta unos veinte años humanos, pelo rubio y parecía estar pensando en algo.

—¿Qué quieres decir?

Ulric dudó un momento antes de contestar.

—Pues... que no parecía notar nada de lo que sucedía a su alrededor.

—Vamos, quieres decir que estaba en las nubes.

Ulric no replicó.

—¿Y el soldado?

Los pasos enérgicos del soldado se acercaron de nuevo y pasaron de largo.

—Se marcha –informó Ulric—. El clérigo se ha quedado en la celda.

Thera concentró de nuevo su atención en Astkainteroth.

—¿Podríamos hacerlo?

—¿Hacer el qué? –preguntó Ulric.

—Hacer pasar otra cosa por el objeto que tenemos que encontrar y que ha sido destruido.

Los ojos de Ulric se abrieron de par en par, las aletas de su nariz se ensancharon y sus bigotes se habrían erizado si los hubiera tenido. Le hubiera gustado gritar: ¡Estas chiflada! ¡Estás haciendo planes para engañar a una de las hechiceras más poderosas de Krynn! ¡Y estás haciendo tratos con una cabeza viviente! Pero no pudo hacerlo, las palabras se negaron a salir de su garganta. Ulric no pudo evitarlo. Sentía el terror más intenso que había sentido en toda su vida.

—No será difícil –estaba diciendo la cabeza que un día fue Astkainteroth—. Ladonna no sabe realmente qué es lo que está buscando, toda la información que ella ha obtenido la ha imbuido en esos medallones que cuelgan de vuestros cuellos y que mira a dónde os han conducido. Para cuando se diera cuenta del engaño ya estaríais muy lejos de aquí.

—Por supuesto –rezongó Ulric—. Algo nos habrá matado antes.

—Cállate Ulric. Pero ella tendrá alguna idea del aspecto de esa cosa, aunque realmente no la haya visto nunca.

—Una idea... Es posible. No importa, lo disfrazaremos. Os enseñaré un hechizo que transformará cualquier cosa que tenga un mínimo de esencia en el objeto que estáis buscando. No habrá ningún problema.

A Thera no parecía gustarle mucho la propuesta del mago pero no tenía muchas más opciones. Astkainteroth continuó hablando.

—El medallón nos dirá cual es el objeto más adecuado. Ladonna no sospechará nada, el hechizo podrá engañarla completamente. Vosotros no sois magos y ella no sabe que os estoy ayudando por lo tanto no os creerá capaces de ningún engaño.

—Es cierto. Vamos.

A Ulric le hubiera gustado decirle que precisamente ellos no eran magos y que no serían capaces de realizar ningún hechizo por muchas indicaciones que les diera la cabeza de Astkainteroth. Le hubiera gustado decirle que, a pesar de todo, siempre cabía la posibilidad de que la hechicera descubriera el engaño. Que la guardia del templo todavía podía atraparles y que aún no habían encontrado la manera de escapar del templo. También podría haberle dicho que a lo mejor no sería aconsejable fiarse de la primera cabeza viviente que encontraban. ¿Quién había sido ese Astkainteroth? ¿Por qué iba a ayudarles? ¿Qué pensaba sacar de todo aquello?

La cabeza de Astkainteroth le miraba burlonamente desde su base, como si estuviera leyendo sus pensamientos. ¿Habría todavía poder en aquel despojo elfo? ¿Había sido su poder lo que los atrajo hasta aquella especie de tumba donde había estado recluido? Venciendo su repugnancia tomó la cabeza del mago de nuevo en las manos y siguió a Thera que ya estaba de nuevo en el pasillo.

—¿Qué pasa?

Thera se había detenido en la puerta de la celda de la izquierda.

—Schisssssssst. Es el elfo –susurró Thera.

—¿Qué está haciendo?

—Parece que está rezando. Mira tú, yo no llego.

Ulric se asomó al ventanuco y espió el interior de la celda, vio al clérigo elfo arrodillado en el suelo delante de algo que cubría con sus manos. Había cerrado los ojos y su apariencia era de gran concentración. Una extraña sombra empezaba a cernirse sobre él.

—¡Sale humo de sus manos!

Thera dio un respingo, asombrada. Ulric estaba horrorizado. Astkainteroth fue el único que intuyó lo que el clérigo estaba haciendo.

—¡Detenedlo! ¡Tenéis que detenedlo! –quiso gritar el mago pero sus compañeros no le miraban y no leyeron las palabras en sus labios. Astkainteroth mordió con fuerza la mano de Ulric que lo sujetaba, el joven se sacudió involuntariamente y la cabeza del hechicero cayó pesadamente al suelo. El mago intentó tomar impulso para rodar hasta la puerta de la celda pero su pronunciada nariz le impedía dar la vuelta completa. Ulric intentó recuperar la cabeza.

—¡Queréis estaros quietos! –Thera los regañó a ambos en un sonoro susurro—. Esto nos va a venir muy bien. Creo que ya tenemos la forma de salir de aquí.

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