martes, 29 de septiembre de 2009

El dedo gordo del pie

Viajando en avión me gusta experimentar una sensación que se podría llamar zen. Cierro los ojos, me repanchingo bien en el asiento y apoyo uno de mis pies suavemente contra la pata metálica del asiento delantero. Trato de dormir, de buscar un punto entre el sueño y la realidad, concentrando toda mi sensibilidad en ese dedo gordo de mi pie en contacto con el metal del asiento y, a través de éste, con el armazón completo del avión. Con toda mi atención concentrada en ese contacto, comienzo a distinguir cada pequeño movimiento del aparato. Una pequeña bajada, una oscilación, un ronroneo del motor… Empiezo a sentir entonces la velocidad, a ser consciente de los novecientos kilómetros por hora en medio de una atmósfera a esas alturas helada, agresiva, ventosa, inhumana. Comprendo entonces toda mi fragilidad como ser humano. Conectado a través de mi pie voy entrando en territorios a los que no se accede si uno no quiere. Entiendo entonces al que busca la cima del Everest, al hombre que se adentra miles de metros bajo el nivel del mar, a quien se lanza a través de un rápido de aguas bravas, al que camina kilómetros por el desierto, por las llanuras de los polos. Desde mi cobarde posición de quien sólo se quiere asomar a la fuerza incontrolable de la inmensa naturaleza a través de un dedo gordo en la base del asiento de un avión de línea regular…

1 comentarios:

Nogales dijo...

Ey Salva, me gustó tu relato.
Aunque cuando viajo en avión prefiero no pensar en lo frágil que somos, que me acojono.

Hasta pronto Salvador.

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