domingo, 7 de junio de 2009

Un paso más

La sociedad en la que vivimos está sometida en estos tiempos a un período de catarsis, en que se pone en duda gran parte de los grandes principios que han servido como motores para evolucionar.


La prepotencia ha sido uno de estos grandes valores, fomentados por el dinero fácil y las ansias de tener (no de ser).


Tal vez no estemos asistiendo a ninguna ruptura brutal ni a un cambio de mentalidad. Nos hace falta perspectiva en el tiempo que, casi con seguridad, no tendremos los que ahora estamos vivos para saber cómo de grave es esta incertidumbre actual, pero sí me gustaría que de aquí sacásemos algunas enseñanzas que, en muy pequeñas dosis, aparecían en distintos puntos del planeta en los últimos años.


Ese aprendizaje vendría caracterizado por la palabra humildad.


¡La humildad es de los tontos!, oí hace muchos años a un profesor de universidad.


No es docilidad de lo que hablo, sino de nobleza, de modestia, de saber hablar colocando un ‘yo creo’ delante, sin sentar cátedra. La humildad a la que me refiero no está reñida con la ambición bien entendida y las ganas de construir proyectos, pero sí choca con la vanidad de quienes se creen en otro escalón por cualidades que, incluso, pueden haber merecido por su esfuerzo.


Llegamos con este discurso al eterno dilema de si el hombre evoluciona en positivo o está condenado a darse cabezazos con sus propias miserias por los siglos de los siglos.


Soy de los que piensa que no, que el ser humano crece hacia lo bueno. Vivimos, aunque duela reconocerlo a la vista de las calamidades, guerras y hambrunas que padecemos, en el mejor de los mundos desde que el hombre es hombre. La Declaración de los Derechos del hombre era impensable en la Edad Media, una seguridad social universal en España no era imaginable hace un siglo, las leyes que reconocen su sitio a los marginales; sabemos que el número de personas con estudios nunca fue tan amplio en el mundo y lo es a cada minuto más.


Todos estos avances son posibles porque el hombre mejora, reconoce sus puntos negros y trata de organizarse para irlos reduciendo a cero. Quedan miles, millones de años para conseguir una sociedad en que el respeto al otro sea la principal Constitución. Una única para el hombre y la mujer, sin países, sin banderas.


Me gustaría soñar que esta crisis es un paso más en ese largo caminar hacia un mundo distinto. Este paso que estamos dando sería básicamente ‘el de la humildad’, tal vez…




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