sábado, 22 de enero de 2011

Tiempos Oscuros (Libro I, Capítulo V)

Libro I: Sanction
Capítulo 5
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—Está demasiado alto —susurró una voz.

—Claro. ¿Qué esperabas? ¿Para qué crees que traemos la escalera?

—No llegaremos.

—Ya salió el optimista. De verdad, si me traigo a Mhaytee seguro que me ayuda más que tú.

Ulric resopló, habían llegado hasta las puertas del Templo de Duerghast sin llamar la atención a pesar de la enorme escalera que Thera había insistido en arrastrar consigo. Desde las sombras estaban atentos al cambio de guardia. Los soldados patrullaban en las almenas y montaban guardia frente a la dos enormes puertas de hierro forjado. Ulric miró alternativamente las altas paredes de la muralla y la desvencijada escalera que Thera había conseguido.
—Es normal que esté alto, es una muralla. Tienen que impedir que los prisioneros escapen. ¿Qué esperabas? ¿Un primer piso?

Ulric sonrió sarcásticamente al oír las palabras de Thera. Como siempre, las cosas no eran “exactamente” como ella se las había contado.

—El plan es fácil. Apoyamos la escalera en la muralla, subimos hasta arriba y nos colamos —había dicho la enana antes de empezar, cuando Ulric todavía no conocía el edificio donde tenían que introducirse.

—¿Y no sería mejor utilizar una escala? —había preguntado.

—Hay que tener puntería para agarrarla bien arriba. ¿Tú podrías hacerlo? Y de todas formas te quedas colgando en el aire... No, una escalera de madera fuerte y pesada es lo mejor.

Thera no admitió discusiones y cargaron con la escalera por las callejuelas de Sanction hasta el Templo de Duerghast.

El solámnico empezó a juguetear con la lágrima de ámbar que colgaba de su cuello, la hechicera de voz misteriosa había extendido sus largos dedos hacia él y el medallón había aparecido en su garganta por arte de magia. A Thera le había dado el suyo en la mano y ella misma se lo había colocado alrededor del cuello sin ningún temor. La hechicera oscura no podía permanecer mucho tiempo en Sanction sin ser detectada, le había explicado Thera cuando Ladonna desapareció en las sombras, todo su poder le serviría para enfrentarse con sus colegas pero no le permitiría pasar eternamente inadvertida.

—No tenemos que hacer preguntas. Son cosas de magos —le había dicho Thera—. Los magos son seres extraños, nunca piden cosas normales. Y por lo mismo nunca regatean demasiado.

—Pero si hay tantos Túnicas Negras viviendo en la ciudad... ¿No podría pedirle a alguno de ellos que le hiciera el trabajo? —preguntó Ulric—. A un mago le resultaría más sencillo que a nosotros.

—Creo que no se lleva muy bien con ellos, es la impresión que me ha dado. O trama algo que no quiere que descubran.

—¿Hace mucho que conoces a esa hechicera?

Thera alzó los ojos, sorprendida. ¡Vaya con Ulric! ¿Qué amistades suponía el caballero que tenía?

—No —contestó con brusquedad, no tenía nada contra la hechicera pero no le gustaba que la relacionaran con magos—. Esta es la segunda vez que la veo. Y si la ganancia no es realmente buena no volveré a tener tratos con ella. No creas que me gusta trabajar para los magos pero este año ha sido duro y con lo que saquemos de esto podremos subsistir todo el invierno.

Era pesado ir cargando con la escalera por las intrincadas callejuelas de Sanction. Thera caminaba delante y Ulric la seguía sujetando el último peldaño. Ninguna mirada curiosa se cruzó con la de ellos durante el camino. Nadie detuvo sus pasos para preguntar adónde iban. No es que fuera importante, Thera tenía preparado el soborno y la justificación de sus actuaciones para la patrulla con la que se cruzaran pero en su recorrido por las calles no se encontraron con ninguna. Llegaron a las inmediaciones del Templo de Duerghast justo al anochecer. El medallón de la hechicera refulgía con un débil resplandor anaranjado y desprendía un calor tan intenso que traspasaba la cota de mallas de Ulric y se incrustaba en su piel. El solámnico pensaba que, cuando pudiera arrancarlo de su cuello, tendría la marca grabada en el pecho como una maldición.

—Thera. ¿Crees que nos pasará algo si me quito el medallón? —preguntó dejando caer la escalera al suelo.

—Nunca se puede saber lo que pasará cuando tratas con magos —contestó la enana—, pero yo creo que si te lo quitas ella lo sabrá de alguna forma y no creo que le guste.

—Ya, pero ¿crees que nos ocurrirá algo si me lo quito?

—¡Por si acaso no lo hagas, Ulric! —exclamó Thera exasperada—. Recoge de una vez la escalera que nos va a amanecer antes de llegar, venga, detrás de mí y no te pierdas.

Habían caminado en círculos durante lo que a Ulric le parecieron largas horas hasta llegar a su destino. El Templo de Duerghast se levantaba en las afueras de la ciudad, junto a un ardiente río de lava que afortunadamente no había que atravesar para llegar hasta él, como ocurría en los accesos al Templo de Luerkhisis. El río de lava desprendía tanto calor como el talismán mágico que llevaban colgado al cuello y las paredes negras del Templo parecían tragarse los vapores sulfurosos que desprendía el magma rojizo que las rodeaba.

—¿Ahí tenemos que entrar? —había exclamado Ulric al verlo.

Construido completamente con granito negro, la estructura piramidal se levantaba majestuosa contrastando con el resplandor rojo de la lava que lo circundaba; la muralla estaba abierta en su frente por dos pesados portones de hierro fuertemente custodiados y ahora, al anochecer, cerrados herméticamente. Las dos torres que coronaban las esquinas eran tan altas que ni aun teniendo tres escaleras como la que llevaban hubieran podido llegar hasta la cima.

Thera ignoró la pregunta de Ulric y consultó el plano del templo que había conseguido.

—El plan es fácil, subimos por la escalera hasta lo alto de la muralla y desde allí nos colamos a la torre y bajamos por la escalera.

Ulric miró de nuevo la impresionante estructura, buscando la zona más baja de la muralla. Podían apoyar la escalera en los muros pero llegarían como mucho hasta la mitad de la altura. Y eso sin contar con los soldados que permanentemente hacían guardia en las almenas. Thera se había guardado el plano de nuevo y miraba el Templo con los brazos en jarras, iba vestida de hombre con pantalones de cuero y coselete; llevaba sus armas preferidas: la espada corta y el hacha de mano, y un enorme rollo de cuerda enganchado a la espalda.

—Será mejor evitar ese lado —dijo refiriéndose a la puerta principal y se encaminó con pasos decididos hacia la parte posterior del Templo. Allí, las estribaciones naturales de la montaña proporcionaban una altura adicional a la escalera. Se detuvo cerca de una de las esquinas y miró hacia arriba.

—Ya está, apoyamos la escalera ahí, junto al muro, y subimos hasta ese saliente. ¿Lo ves? Es casi un bloque, allí llegamos seguro.

—¿Y de qué nos servirá eso? —preguntó Ulric con escepticismo.

—Subimos la escalera hasta el saliente y desde allí alcanzamos la muralla, seguro. Una vez arriba, evitar la guardia y encontrar el camino será pan comido. Venga, nos colamos por ahí. Es de noche, estamos al lado de un río de lava y la guardia está tranquila porque nadie ha intentado entrar nunca en este templo. Si acaso han podido intentar salir y ahí es donde están concentrados todos los esfuerzos. Además, si seguro que la mayoría de los soldados están jugando a los dados.

Lo que debería estar haciendo yo, pensó Ulric, he ganado suficiente dinero este año, puedo arreglármelas bien. ¿Por qué estoy aquí?

—Vamos, Ulric, muévete.

Apoyaron la escalera en la muralla y comenzaron a subir lentamente, era una vieja escalera de madera que crujía a cada paso que daban. Ulric iba el primero y alcanzó rápidamente el saliente. Era una sección del muro que debía haberse desplazado a causa de uno de los temblores de tierra que de vez en cuando sacudían la ciudad. Estaban demasiado cerca del volcán y la furia de los Señores de la Muerte se hacía sentir, no sólo en el calor del río, también en la fuerza del temblor de tierra. Ulric resistió la tentación de mirar el río de fuego que corría bajo sus pies y se concentró en el tramo que aún les quedaba por subir.

Thera se reunió pronto con su compañero y entre los dos alzaron la escalera y la apoyaron lo mejor que pudieron en el saliente. Más ancho de lo que parecía desde abajo, también la piedra era más resbaladiza de lo que parecía desde el suelo. La escalera se veía bastante más inestable pero Ulric se abstuvo de comentar nada y decidió que lo mejor era no pensar en ello y subir lo más rápidamente que pudiera.

Por supuesto la escalera, a pesar de su altura, no alcanzaba las almenas así que subieron hasta el siguiente saliente que encontraron. Cuando Ulric puso sus pies sobre el bloque de granito suspiró de alivio. Aunque el desplazamiento de la piedra era menor que en el bloque anterior, parecía más estable que la desvencijada escalera de Thera. Ulric miró hacia arriba y contempló la distancia que aún le quedaba por subir. Suspiró. Miró hacia abajo para ver cómo iba Thera y la vio agarrándose fuertemente a la escalera, con tanta fuerza que sus nudillos se veían blancos a pesar del resplandor rojizo del fuego. Ulric recordó que la enana tenía un espantoso miedo a la altura; Thera subía lentamente y temblando, sudando a causa del calor sofocante, poniendo toda su fuerza de voluntad y testarudez en el esfuerzo.

Ulric rezó para que no se bloqueara y se quedara paralizada en mitad de la escalera, sin poder bajar ni subir, como ya le había pasado una vez que Ulric recordaba muy bien. Cuando las manos de la enana estuvieron a su alcance Ulric la agarró sin pensarlo y prácticamente la levantó en el aire. Thera aterrizó pesadamente sobre la piedra, formando todo el ruido que era posible formar y haciendo que el bloque de granito temblara ligeramente bajo su peso.

—No te preocupes, Ulric, esto es fuerte. Resistirá.

—Eso espero.

Con gran dificultad, subieron la escalera hasta el estrecho saliente en el que se encontraban; aproximadamente era la mitad de ancho que el anterior y Ulric tuvo que dejar medio cuerpo en el aire para que Thera pudiera apoyar la escalera en el muro. Ulric resopló, por mucho que lo intentaban no había forma de afirmar las patas de la escalera sobre la resbaladiza piedra. La escalera cojeaba y parecía que iba a deslizarse en cuanto pusieran un pie en ella. Miró hacia arriba, la vertical era muy pronunciada y no podía ver si la escalera llegaba hasta lo alto, podían subir para encontrarse que estaban en medio de la nada.

—La estás inclinando demasiado hacia la izquierda.

—¿Estás segura?

—Por supuesto. ¿Te crees que no sé lo que es una línea recta?

—Vamos a matarnos, Thera. ¿No te das cuenta?

—Tú siempre tan pesimista —rezongó Thera dándose por satisfecha—. ¿Estás listo, caballero? Pues vamos allá.
—Tal vez deberíamos atarnos con una cuerda –propuso Ulric señalando la que Thera llevaba a la espalda.

—¿Y si te caes? Me arrastrarías. —repuso la enana preocupada.

Ulric la miró de arriba abajo, preguntándose si estaba hablando en serio.

—A tu paso amanecerá antes de que lleguemos —contestó—. Nos ataremos y cuando yo llegue arriba te izaré.

—Como si fuera un saco de patatas.

—Yo no lo habría expresado mejor —rezongó Ulric

—Supongo que tienes razón —dijo Thera suavemente, como si todavía lo estuviera pensando, un segundo después comenzó a desenrollar la cuerda que llevaba a la espalda y se la pasó a Ulric—. Ajusta bien el nudo.

—No me des ideas...

La subida fue más complicada esta vez. Ulric iba el primero, subía los escalones muy despacio y a pesar de su lentitud sentía cómo la cuerda se tensaba cada vez que Thera se quedaba atrás. Entonces tenía que detenerse y notar como los pasos nada sutiles de la enana provocaban un balanceo en la escalera poco prometedor. Miró hacia abajo y distinguió el bulto que era su compañera recortado contra el fondo de lava que corría bajo sus pies. Al menos Thera no se había detenido y continuaba avanzando con dificultad.

Un paso más. Uno más. Ya estoy cerca. Levantar la pierna. Otra vez. No mirar abajo. ¡NO MIRAR ABAJO! ¿Qué estás haciendo, enana estúpida? Si es que yo no estoy hecha para las alturas. Si vuelven a ofrecerme un trabajo así lo rechazaré. ¿Por qué se mueve tanto la escalera? ¿Por qué ese inútil se ha parado allí arriba? Vaya, ahora se mueve, vaya torpe que me he buscado como ayudante. Todo por hacerle un favor a Ewan, y no es ni la mirad de guapo que él. Tengo que ir a visitar a Ewan. Además nunca he estado en Sancrist. ¿Qué pasa ahora? ¡Ulric se ha vuelto a parar! ¿Por qué me hace gestos?

—¿Qué dices? —gritó Thera lo más fuerte que pudo.

—¡Que te agarres bien! —respondió Ulric desde lo alto.

—Pero... ¿Qué pasa? ¿Qué estás haciendo?

No la cogió desprevenida porque Thera se había detenido antes de empezar a gritarle y estaba tan fuertemente agarrada a la escalera que nada habría conseguido despegar sus dedos de la vieja madera, pero al sentir que la escalera comenzaba a bambolearse peligrosamente no pudo reprimir un grito de puro terror.

—Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh.

—¡Agárrate a la cuerda! —esta vez la voz de Ulric retumbó en el aire con toda la potencia que pudo emplear. Desgraciadamente, las manos de Thera no respondieron y la escalera y ella comenzaron a doblarse peligrosamente hacia un lado en un ángulo muy poco recomendable.

—¡Thera! ¡Suelta la escalera! ¡Agárrate a la cuerda!

¡La cuerda! La voz de Ulric penetró por fin en su aterrorizado cerebro y, sin pensarlo un segundo, soltó la escalera y se agarró a la cuerda con ambas manos. La escalera cayó pesadamente al suelo y se oyó el sonido de la vieja madera al quebrarse. Thera miró hacia abajo aunque era imposible distinguir los restos de la escalera desde esa altura. No debió hacerlo, de repente sintió cómo todo daba vueltas y más vueltas a su alrededor, o quizás era ella la que daba vueltas allí, colgada en el aire a demasiados metros del suelo. Miró hacia arriba y vio las piernas de Ulric pataleando en el aire, el caballero se sostenía a duras penas, con las manos agarradas al borde de la muralla.

—Ahhhhhhhhhhhhhhhhh.

—¡Maldita sea! ¡Va a despertar a toda la ciudad! ¿Es que los enanos son sordos? —rezongó Ulric mientras intentaba subirse a la muralla arrastrando el peso de una histérica Thera, menos mal que era pequeña.

—¡Eh! ¿Qué está pasando ahí? —una pequeña figura se acercó con precaución hasta el borde de la almena al ver las manos de Ulric luchando por no despegarse de la fría piedra negra. Al distinguir al caballero, el guardia de inmediato soltó la alabarda que llevaba en la mano y lo ayudó a subirse a la muralla.

—¿Qué…?

—Ayúdame a izar a mi amiga —ordenó Ulric con seguridad antes de que el soldado tuviera tiempo de preguntar nada.

Thera ya se había calmado y había dejado de gritar y patalear. Se agarraba a la cuerda con todas sus fuerzas y, cuando estuvo más cerca, Ulric comprobó que tenía los ojos cerrados.

—Muy bien, soldado —le dijo Ulric al soldado que los había ayudado; evidentemente formaba parte de la guardia del Templo, era un goblin de baja estatura y parecía estar moderadamente borracho aunque todavía le quedaba un rato para terminar el turno.

—Gracias, señor —contestó el goblin, sorprendido, era la primera vez que alguien le felicitaba por realizar bien su trabajo—, pero… ¿Quiénes sois? ¿Cómo habéis llegado hasta aquí? ¿Por qué no habéis entrado por la puerta principal?

Era evidente que el goblin los confundía con los nuevos mercenarios que últimamente llegaban en tropel a la ciudad para alistarse en el ejército. Ulric miró a Thera que había terminado de desatar la cuerda y volvía a enrollarla y atársela a la espalda. La chica formó una palabra muda con sus labios.

—No hay de qué… —contestó el soldado, sorprendido, nunca nadie antes le había dado las gracias por nada—. Pero ¿Quiénes sois? ¿Cómo habéis llegado hasta aquí? ¿Por qué no habéis entrado por la puerta principal.

Ulric agarró al goblin por el brazo y lo obligó a asomarse al vacío. La mirada del goblin se volvió más borrosa de lo que ya estaba al ver la impresionante altura que había bajo sus pies. Ulric señaló un punto en el suelo, junto al río de lava que lamía las paredes del Templo de Duerghast.

—Verás. Hemos subido por una escalera… vaya, no está, ha debido caer al río. Lo que pasó es que la escalera no llegaba hasta arriba y he tenido que dar un salto para llegar porque nuestros cálculos estaban mal. La muralla es más alta de lo que creíamos y…

Thera golpeó al desprevenido soldado en la nuca con el canto de la mano y éste cayó al suelo, inconsciente.

—Problema solucionado. ¿Continuamos? —Thera consultó un momento su mapa antes de indicar una dirección.

—Thera… ¿Te das cuenta de que este hombre no está aquí de guardia solo? Tiene que haber alguien más.

La enana negó con la cabeza.

—No lo creo, con lo que has tardado en subirme ya habría llegado.

—No estoy muy seguro. Y no quiero seguir poniendo pegas pero… ¿Cómo demonios vamos a salir de aquí? La escalera debe estar hecha pedazos en el suelo… o quizás haya caído al río.

—Ya solucionaremos el problema cuando se presente, Ulric. Como decía mi madre: la obra irá pidiendo el material. ¡Mira, allí hay una puerta! ¡Seguro que entra en la pirámide central!

—Tus padres construían fortalezas, no tenían que escapar de ellas —comentó Ulric atravesando la puerta que el soldado debía haber dejado abierta.

—Menos mal —protestó la enana—. Les hubiera dado un ataque al ver esto. ¿Has visto esa escalera? Habría que rehacerla completamente. Y mira esos remates. Esto es granito, una de las piedras más duras y resistentes que existen y ahí está, lleno de grietas. Eso es un defecto de la construcción.

—No creo que a los prisioneros que se pudren en las celdas les importe mucho eso —pensó Ulric pero no lo dijo, se limitó a seguir a Thera en su descenso por la escalera.

Los peldaños se terminaron junto a una destartalada puerta y Thera se detuvo ante ella, examinándola con precaución.

—Vaya, si hemos llegado —dijo Ulric socarronamente.

Thera lo miró un momento sin saber si estaba bromeando o no. ¿Acaso dudaba de que llegarían? Buscó un poco de yesca para encender una vela. Iban a entrar en un pasillo oscuro y ya no los alumbraría el resplandor de las teas que ondeaban en las murallas.

—¿Dónde estamos?

—Dentro de la pirámide que es el cuerpo central del edificio. Tenemos que bajar a los niveles inferiores, lo más complicado será cuando atravesemos las dependencias de los guardias —Thera guardó de nuevo en su bolsillo el plano que acababa de consultar.

—¿Cómo lo haremos?

—Ya veremos. De momento lo mejor será bajar.

Comenzaron a descender sigilosamente por la escalera, de pronto oyeron voces que venían del piso de arriba y Thera apagó la vela.

—Me dieron un golpe, señor —dijo la voz que reconocieron como la del soldado que los había ayudado a entrar—. No sé a dónde fueron, señor.

—Vosotros dos —dijo otra voz con más autoridad—, id a inspecciónar la escalera. Los demás, seguidme. Registraremos las almenas y las torres de vigilancia.

El sonido se dividió en dos, pasos apresurados que se alejaban, pasos apresurados que se acercaban. Los soldados comenzaron a bajar la escalera con precaución.

—Sólo son dos, uno para ti y otro para mí —murmuró Thera.

—¿Ese es el plan?

Thera tomó posición en la escalera, se fundió con las sombras y se quedó tan inmóvil que el primer soldado pasó junto a ella sin notar su presencia. Dejó pasar al primero pero se enfrentaría al segundo. El soldado no tuvo tiempo de reaccionar cuando vio un hacha de mano salir de la nada e ir directo hacia su cabeza. El hombre tuvo la suficiente rapidez de reflejos para parar el golpe con su espada.

Thera aprovechó el momento para descargar un golpe en el hombro del guardia con su espada corta produciendo un corte que hizo que el soldado retrocediera hasta tropezar con un escalón. El ataque por sorpresa había pillado al hombre tan desprevenido que cuando la parte roma del hacha de Thera golpeó su cabeza ni siquiera lo vio. El soldado cayó al suelo pesadamente y rodó por las escaleras hasta el descansillo donde Ulric había atacado al otro soldado. El solámnico no había tenido grandes problemas al enfrentarse a su oponente, rápidamente lo había desarmado y cuando Thera se unió a él dejaron a ambos atados a la barandilla de la escalera.

Continuaron descendiendo a oscuras lo más rápidamente que podían hasta que llegaron a una serie de pequeñas habitaciones que debían ser los dormitorios de los guardias del Templo. El goblin que los había ayudado a subir la muralla estaba allí, frotándose la dolorida nuca y quejándose de su mala suerte. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar Thera le dio otro golpe y el goblin cayó al suelo, inconsciente de nuevo.

—Muy bien ¿Qué hacemos ahora, Thera?

La enana se asomó al hueco de la escalera, se oía ruido también en los peldaños inferiores, posiblemente los estaban buscando por todo el Templo.

—Bajaremos con la cuerda —dijo comenzando a desenrollarla y, atándola fuertemente a la barandilla, se la enrolló después en la cintura y se encaramó todo lo que pudo sobre el hueco de la escalera—. Venga, ayúdame Ulric. Primero me bajas a mí y luego bajas tú.

Ulric no discutió las dificultades que veía en el improvisado plan, era mejor no perder ni un minuto. Pronto los soldados se darían cuenta de que sus compañeros no habían ido a informar y los buscarían hasta descubrir qué estaba pasando y sería mejor que estuvieran lo más lejos posible de allí para cuando eso ocurriera.

El caballero cogió la cuerda y con cuidado descolgó a Thera por el hueco de la escalera lo más deprisa y silenciosamente que pudo. Ante su sorpresa, la enana esta vez no gritó ni pareció marearse y llegó al suelo sin problemas. Después Ulric descendió por la cuerda y en unos minutos estaba junto a ella.

Thera le dio un empujón sin preocuparse de descolgar la cuerda y se agazaparon en las sombras, los soldados pasaron junto a ellos sin verlos y subieron a toda prisa las escaleras.

—Muy bien —desde el rincón, Ulric podía ver cómo los soldados se alejaban escaleras arriba, no tardarían en encontrar a sus compañeros atados en el descansillo—. ¿Qué hacemos ahora?

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