lunes, 28 de marzo de 2011

La Columna OcioZeta-Sevilla Escribe, "Indicaciones de la Ciencia Ficción"




Cuando leí Crash, del maestro Ballard, quedé prendado no sólo de la novela en sí, sino también del prólogo con que el autor la iniciaba (según la nota a pie de página, publicado por primera vez en la edición francesa, Calmann-Lévy, 1974). Se trataba de un alegato en favor de la Ciencia Ficción (quizá del fantástico en general) que lo señalaba como el género con mayor capacidad de señalar y advertir sobre los problemas de nuestra sociedad presente y futura, incluso de mostrarnos interpretaciones más clarificadoras del pasado, por aquello de aprender de los errores. Con esa idea me quedé, y fue a raíz de un vacuo y por momentos agrio debate con una de esas personas que creen que la Ciencia Ficción son sólo marcianitos verdes con antenas y naves espaciales, que me surgió la idea de escribir esto.

Sólo eso, “cosas de niños chicos” (las palabra “infantil” no forma parte del vocabulario habitual de algunos de estos sujetos, y la palabra “pueril” es “una de esas cosas raras que dicen esos tipos raros que leen libros”; por aclarar un poco el panorama). Bien, no creo que el que no sepa disfrutar de la lectura vaya jamás a leer esto, ni que los lectores de mente cerrada que creen en el cuento de los marcianitos verdes con antenas como campo cerrado de la Ciencia Ficción vayan a dar su brazo a torcer (aunque luego lean Ciencia Ficción “sustraída”, esos libros que por haber trascendido el género le son robados a éste “por no mancharlos”, como por ejemplo 1984). Me dirijo a esos otros que sí aceptan la Ciencia Ficción como parte de sus lecturas, pero tomándola como literatura puramente de evasión, sin más calado ni pretensiones.

Creo que no es así, creo que, como dijo Ballard, la Ciencia Ficción sí que tiene mucho que decir en un plano más profundo, que puede funcionar como instrumento para mostrar nuevos matices de problemas actuales o futuros a los que nuestra sociedad, cada vez más compleja, se enfrenta o se tendrá que enfrentar en algún momento.

No digo que otros géneros más anclados en la realidad no puedan realizar una función parecida, pero hay algo muy importante a la hora de hacer que una persona se replantee sus ideas acerca de un problema concreto, sobre todo uno de esos problemas con bandos enfrentados: vestir la piel del otro. Esto mismo lo puede hacer también esa otra literatura de la que hablo, hay multitud de libros que plantean visiones sinceras desde el punto de vista de uno de esos bandos enfrentados, pero no es fácil que el mensaje pueda llegar de verdad debido a los prejuicios, algo… ¿insoslayable?

Ése es el quid de la cuestión, salvar los prejuicios. En este caso concreto la Ciencia Ficción (el Fantástico en general) posee un arma efectiva contra eso de los prejuicios, una forma de evitarlos para que el lector se pueda olvidar de ellos, para que consiga vestir la piel del otro y le siente bien: esa suspensión de incredulidad más acusada, esa ruptura con la realidad cotidiana que forzosamente deja atrás los prejuicios al desligarlos de los rasgos distintivos en los que se basa. Las “razones” del lector pierden pie, muchos de esos conceptos machacados en su mente por años de educación e inmersión en su sociedad se anulan. Al aceptar esa suspensión de incredulidad su realidad es la realidad planteada por el autor, y ésta puede no ser más que un reflejo de esa otra enfrentada a la propia del lector; se le hace vestir la piel del otro, aunque sea inconscientemente.

Esto no quiere decir que ese mensaje que el autor transmita tenga por qué ser válido, no todo el mundo acierta con lo que cree, con lo que espera, no todos tienen en todo momento la preparación suficiente como para hablar de lo que se les pasa por la cabeza, no todo el mundo sabe. De hecho, es posible que ni siquiera se trate de un mensaje intencionado: uno simplemente escribe una historia que le apetece, sin más pretensiones. Pero, ay amigo, uno escribe de lo que ve, de lo que siente, de lo que tiene dentro. Luego saldrá una historia de Ciencia Ficción, o de Fantasía, o de Terror, pero bajo ella siempre habrá otra cosa, algo que le es propio al autor y que puede ser una llamada de atención sobre un problema de la realidad que le rodea.

No creo que esto pueda ser mesurable ni a corto ni a largo plazo, al menos en términos absolutos, pero sí que a veces echo en falta una valoración de esta virtud en alguna obra concreta. No sé, supongo que a veces sí que se valora, pero sin señalarlo específicamente. Pero tampoco estaría mal que, al igual que se habla de los valores literarios, la audacia de planteamientos, la verosimilitud científica, también se hablara de los valores pedagógicos, terapéuticos si me apuran, de muchas obras de Ciencia Ficción.

Es más, creo que se debería valorar eso del género en sí frente a otros géneros. Estamos hablando de que poseemos un instrumento capaz de transmitir de manera más profunda, en un formato más asimilable, mensajes que quizá puedan servirnos para salvar problemas personales o generales que verdaderamente nos puedan afectar en nuestro presente o nuestro porvenir. ¿De verdad eso no es una gran virtud? Pues entonces no me explico por qué en el ámbito del castellano parece que no queramos usar ese instrumento con la relativa naturalidad con la que se usa en el mundo anglosajón, por qué se ningunea el género, por qué no tenemos una tradición tan amplia como la de los vecinos. Quizá tenga que ver con la idiosincrasia de nuestra cultura hispana, pero no sé, yo me siento muy de donde soy y no tengo esos prejuicios… Quizá sea porque leo Ciencia Ficción.

Ya, ya lo sé, se me ve el plumero. Pero qué quieren que les diga, me encanta la Ciencia Ficción, y a Dios pongo por testigo de que nunca dejaré pasar una oportunidad de defender y alabar lo que me gusta, sobre todo cuando me toquen los innombrables diciendo que la Ciencia Ficción son sólo marcianitos verdes con antenas y naves espaciales, cosas de niños chicos.


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