lunes, 11 de marzo de 2013

Café con Woody Allen



Hoy he tomado café con Woody Allen y, sin apenas darme cuenta, me ha enseñado a escribir sin pluma. En realidad, es escribir sin pluma, bolígrafo o lápiz... por no hacer falta, no es necesaria ni la lógica.

Esto me lo ha explicado mientras miraba fijamente cómo una mosca devoraba su azucarillo.
_Sólo tienes que mirar a tu alrededor _me ha dicho deshaciendo a la mosca en el café.
Mis ojos le obedecen y buscan, mi cerebro se detiene en la mesa de al lado. Un hombre con un bigotillo ridículo trata de suicidarse metiendo la cabeza en un cuenco repleto de nata montada.
Woody sonríe ante mi cara de asombro y deja de prestarme atención para aplaudir a la señora gorda que baila country sobre la barra.
Mi café se enfr4ía... sabe a insomnio, como todos los cafés del mundo que no se toman con un bombín sobre la cabeza.
Woody empieza a hablarme sobre la lógica del escritor, pero lo hace sin puntos suspensivos, prefiere guardarlos para una buena sopa porque aseguran que saben mejor. Las tildes sí van con el café, por eso las moja una a una, deleitándose con el sabor de cada una de ellas.
Sus gafas se han iluminado de forma repentina. Es una luz absurda para esta época del año, pero a él parece no importarle y decide comprobar qué tal combina el café con el sabor de mis pestañas.
Dice que sabe a lógica, que tengo que deshacerme de ellas (de todas) si quiero llegar a escribir. Decido hacerle caso, después de todo, él sí entiende de este arte.
Me ofrece una botella de absenta en la que ya nadan otras pestañas.
Hago mi ofrenda.
El hombre del tazón de nata hace un alto en su suicidio y me ofrece su bigote. No sé muy bien qué quiere que haga con él, así que lo guardo en el bolsillo de mi pijama... nunca se sabe cuándo una va a necesitar un bigote ajeno.
Woody se ha bebido un trago de la absenta "empestañada" y ahora recita a Shakespeare en burundés, no sé si en Burundi se habla burundés pero es a lo que me suena su voz, sus puntos suspensivos y sus tildes.
La señora gorda ya no está sobre la barra. Ha desaparecido. Mi ilustre acompañante dice que seguramente ha hecho una de esas dietas modernas se adelgazamiento y ahora estará buscándose en algún reflejo de algún espejo de algún suburbio de   Nueva York.
Le confieso al Sr. Allen que nunca he estado en la Gran Manzana.
_Es fácil. Para llegar sólo tienes que ir.
Se termina su café (y el mío) y me hace un croquis para que aprenda a comer manzanas.
_Todo es cuestión de ensayo y perseverancia y comer fruta no iba a ser diferente... a menos que seas un gusano, claro ¿eres un gusano?
Niego con la cabeza y mi mano rebusca en mi bolsillo. Me pongo el bigote sobre el labio para demostrárselo. Una cosa es ir sin pestañas por la vida y otra muy distinta que te confundan con un gusano.
_Si hay gente que cree que existe Dios ¿por qué no voy a creer yo que tú no eres un gusano?
La palabra Dios se le cristaliza en la boca y ha estado a punto de atragantarse un par de veces.
En algún lugar suenan campanas, tocan alguna sinfonía cuyo núme4ro nunca consigo recordar y Woody Allen decide dar por terminada nuestra cita. Se va.
Sube calle arriba  para bajar en la misma dirección por la que llegó. Se aleja silbando "Carros de fuego" y le veo tropezar con su propio silbido.
Mis orejas lloran desconsoladamente, quizás, por el afán de parecerme a algún personaje suyo.
Lo cierto es que me he quedado sola y los consejos recibidos se me caen en una alcantarilla que algún literato desaprensivo ha dejado abierta.
En fin... igual no es tan fácil que te llamen genio.

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