viernes, 3 de septiembre de 2010

Tiempos Oscuros (Libro I, Capítulo I)


Libro I: Sanction

Capítulo I
Hell Was a City



Si te encuentras en la plaza central, justo delante del gran mercado de esclavos, debes atravesarla y continuar un par de calles hacia abajo, recto hacia el sur, hasta la encrucijada, y después giras hacia el oeste. Al fondo verás el edificio de los alcaides, donde se instaló al principio el gobierno de la ciudad cuando empezó a ser un puerto próspero, justo después del Cataclismo y que ahora se encuentra totalmente en ruinas. Hay un pequeño callejón a su derecha, lo llaman el Callejón de los Desaparecidos pero no preguntes por qué. Es mejor no hacer demasiadas preguntas en esta ciudad. Te adentras en él con mucho cuidado, es posiblemente el lugar menos recomendable de una ciudad tan poco recomendable como es Sanction y es mejor que no mires directamente a los ojos si por casualidad te cruzas con alguien, ni te detengas en ningún momento aunque algo llame tu atención. El Callejón de los Desaparecidos termina en una calleja de aspecto igualmente miserable, sigues a la derecha y verás un pequeño pasaje sin salida. Allí encontrarás una pequeña taberna con un letrero descolorido en el que verás un árbol lleno de pequeños círculos rojos. Es la posada El Cerezo. Si escuchas a los ancianos te contarán que antes el árbol era totalmente verde hasta que un día el viejo posadero decidió alegrar el local pintando los marcos de las ventanas de rojo; según ellos las cerezas que adornan el árbol son en realidad salpicaduras de pintura roja que nadie se ha molestado en quitar. Es inútil que preguntes nada al tabernero, cuando Reko llegó a la ciudad el cártel ya estaba pintado y los marcos de las ventanas estaban demasiado sucios para saber cuál había sido su color original.


Reko era un hombre grande y gordo que en su juventud había desempeñado una multitud de oficios sin terminar de adaptarse a ninguno. Había sido carpintero, orfebre, leñador, cocinero y pulidor de mármol, este último oficio le permitió ganar el suficiente dinero para comprar la desvencijada posada y se instaló allí pensando que si no le iban bien las cosas siempre podría empezar de nuevo y dedicarse a otra cosa.

Sorprendentemente, y a pesar de que nunca había llevado un negocio de ese tipo, las cosas le fueron muy bien. Al poco tiempo de instalarse en la ciudad se casó con una viuda que era una cocinera desastrosa pero que sabía cual era la cantidad exacta de agua que se le podía echar a la cerveza sin que los parroquianos lo notaran y enseñó a Reko a ir aumentando la cantidad de agua a medida que la clientela se iba emborrachando.

Todas esas cualidades empresariales de la mujer y la simpatía natural del posadero hicieron que el negocio floreciera espontáneamente como las malas hierbas entre las piedras del empedrado. No era una taberna con buena fama, nunca pretendió serlo, las tabernas con buena fama no ganaban dinero en Sanction. Los marineros y comerciantes que visitaban la ciudad llegaban precisamente atraídos por su mala fama y los mercenarios que acudían a ingresar en el ejército no buscaban sitios lujosos donde gastar su primera paga.

Aquellos días Reko no podía quejarse. La ciudad era un hervidero de gente de baja estofa que habían acudido como moscas a la miel al escuchar los rumores que se habían extendido por toda la región asegurando que la ciudad necesitaría pronto un gran ejército mercenario. Los mercenarios eran lo mejor para el negocio, mucho mejor que los siempre apresurados marineros, alegres jóvenes deseando divertirse y gastarse la paga antes de ganarla, veteranos curtidos en mil batallas para los que los lugares como El Cerezo eran lo más parecido a un hogar. Sí, llegaban buenos tiempos para Reko.

—Los goblins vienen mucho por aquí, no se puede evitar. Pagan cuando se les obliga y no hacen ni más ni menos ruido que los demás. Antes no había goblins en Sanction, ni minotauros, pero desde que empezó todo este jaleo del ejército se ven cada vez más.

Reko conversaba animadamente con un joven encapuchado mientras servía una cerveza tras otra detrás de la barra.

—Estuve persiguiendo goblins todo este último año —contestó su interlocutor, un joven alto, de rostro curtido por haber pasado muchas horas al sol, cubierto con una vieja capa marrón que le ocultaba parcialmente el rostro—. Trabajé para un señor del norte que quería ver libres sus tierras de esa escoria pero no había forma, matas a un centenar y al instante aparece otro.

—Creo que Sanction es una de las pocas ciudades humanas donde se les permite la entrada —comentó el posadero.

—No sé yo si eso es bueno o malo —contestó el joven dando un largo trago a su cerveza—. En fin, al final el conde no quiso pagarnos, dijo que no habíamos terminado el trabajo. Algunos compañeros decidieron quedarse pero yo me largué, estaba harto. Alguien me dijo que buscaban mercenarios por aquí y, aunque no me apetece mucho enrolarme en un ejército, siempre es mejor que perseguir goblins por las montañas.

Reko asintió con la cabeza.

—Bueno, ahí llega Thera, tal vez tenga un trabajo más interesante para ti —el posadero se volvió para abrir un nuevo barril de cerveza, no podía darle a Thera la cerveza aguada que servía habitualmente, sobre todo si traía con ella lo que le había encargado.

—¿Qué tal, Reko? ¿Y esa cerveza?

—¿Qué haces en Sanction, preciosa? —la saludó Reko guiñándole un ojo—. Empezaba a pensar que nunca volverías.

—No me adelantaste tanto dinero —contestó la joven con sarcasmo—. ¿Tienes un hueco para mí en este antro? ¿O tendré que buscar una posada decente?

Reko puso una espumeante jarra de cerveza delante de la chica, que miraba a su alrededor buscando una mesa en la que sentarse pero todo estaba lleno. Se resignó a quedarse de pie aunque su estatura, a pesar de ser un poco alta para una enana, hacía que se sintiera incómoda en la barra.

—Buscaré algo. Por cierto, este chico te estaba buscando.

Reko salió de detrás del mostrador y buscó a su mujer para que hiciera un hueco para Thera en alguna parte. No era la primera vez que tenían que echar a alguien de una habitación para cedérsela a algún huésped inesperado ni sería la última. Thera proporcionaba a la posada el mejor aguardiente enano que podía beberse en Ansalon y la máxima de la casa era que a los buenos proveedores había que conservarlos. El aguardiente de Thera en manos de su mujer triplicaría el valor que iba a pagar por él y eso ponía al posadero muy contento.

Thera se volvió hacia el joven que la buscaba y bebió un sorbo de la espumeante cerveza antes de dirigirse a él.

—Sir Ulric Uth Winfred. Vaya vaya, pensé que no aparecerías.

—Lo estuve dudando durante mucho tiempo pero al final… tampoco tenía nada mejor que hacer —el joven levantó su cerveza a modo de saludo-. ¿Y tú? ¿Has hecho algo interesante últimamente?

—¿Yo? No, soy una buena chica.

—Tú nunca has sido una buena chica.

Thera sonrió.

—¿Y Sir Ewan? ¿Sabes algo de él?

—Al final lo destinaron a Sancrist, tuvo suerte de que no le degradaran tras el incidente.

—No fue para tanto —protestó Thera—, los caballeros os lo tomáis todo demasiado en serio. Por cierto ¿qué ha sido de tu bigote?

Ulric bajó la mirada hasta su jarra, sus manos la acariciaron como posiblemente hubiera deseado tocarse su desaparecido bigote.

—No… No creas que intento ocultarme como hacen muchos… Yo ya no soy caballero.

—Vaya —Thera arqueó las pobladas cejas en un gesto de sorpresa—. ¿Te degradaron a ti?

Ulric levantó la vista y se volvió hacia la joven enana.

—En realidad no lo sé. Me marché antes del juicio. Me afeité el bigote, dejé la armadura a mis padres y me fui de allí. No quiero saber nada de Solamnia, no quiero volver a poner el pie allí. Desde entonces me he dedicado a cazar goblins mientras me alejaba cada vez más de las tierras que nos maldicen como a la peste.

Thera ignoró la pulla.

—¡Goblins! ¡Qué aburrido! —contestó.

Ulric sonrió.

—La paga no era mala, si la hubiera cobrado. De todas formas esperaba que me propusieras algo más interesante, por eso he venido.

Thera dio un largo trago a su cerveza antes de responder. Sabía desde hacía tiempo que Ulric había abandonado la Caballería Solamnica aunque Ewan no había sido muy explícito al contarle los motivos en su última carta, cuando le pidió que ayudara a aquel amigo suyo al que posiblemente imaginaba perdido sin el apoyo de la Orden detrás de él. Thera conocía a Ulric de haberlo tratado superficialmente la última vez que estuvo en Solanthus, cuando lo del incidente, y no era capaz de negarse a nada que le pidiera Ewan, ya fuera a través de su elegante letra y sus hermosas palabras o con una mirada de sus brillantes ojos azules. Las súplicas de Ewan habían llevado al impetuoso Ulric hasta aquella posada y hasta Thera, que se sentía obligada a hacerse cargo de él.

Ahora que tenía al supuesto desertor delante, Thera se resistió a preguntarle nada. Conocía el talante reservado de los solámnicos y lo suspicaces que se ponían siempre con los asuntos del honor y pensó que era mejor no preguntar demasiado. Desde que lo conoció supo que Ulric no había nacido para ser un sufrido caballero y la dirección que había tomado su vida no le sorprendía demasiado. Le hubiera sorprendido (y gratamente) si se hubiera tratado del honorable Ewan pero no del rebelde e indisciplinado Ulric, el Ulric que había protestado hasta la saciedad del horrible trato que el pueblo de Solamnia daba a los únicos que se preocupaban por ellos, el Ulric que había dicho que no había honor en ayudar a los que te desprecian. Los dos jóvenes habían sido amigos desde niños y a la vez eran las dos personas más distintas entre sí que Thera conocía. La vida de Ewan estaba supeditada a la Orden Solamnica a la que pertenecía a pesar de las malas condiciones en las que se encontraba. Ulric nunca había aceptado el rechazo que su condición de caballero producía entre la población de Solamnia y al final la presión social había podido más que los ideales que le habían inculcado desde pequeño. Sin embargo, había sido Ewan el único que había mantenido contacto con Ulric durante el último año, el único que se había preocupado de escribir a sus amigos pidiendo que lo ayudaran sin que se notara demasiado para no ofender su orgullo. El único que sabía donde había guardado su armadura solámnica.

Bueno, allí estaba, el solámnico había conseguido llegar a la ciudad sin demasiadas complicaciones y, si alguien le hubiera preguntado, Ulric habría jurado tajantemente que no deseaba ser ayudado por ninguna enana y mucho menos por Thera, pero Ewan se las había arreglado de forma que pareciera que era ella la que necesitaba ayuda. No importaba demasiado. Ulric no debía estar demasiado enfadado con ella si había acudido a la cita y sólo había soltado un par de alusiones sobre el incidente. De todas formas sería mejor no remover el pasado y concentrarse sólo en el futuro.

—Yo sigo con el contrabando, por supuesto —contestó Thera, comenzando una conversación superficial—, con los impuestos y el control del ejército en la ciudad es el negocio más rentable en estos momentos. ¿Te interesa?

Ulric contestó evasivamente.

—No creo que sea más difícil que cazar goblins.

—No, si sabes moverte. Aparte tengo algún que otro proyecto en marcha —añadió con aire misterioso.

—¿De qué tipo?

—Algo poco honorable, me temo.

Ulric sonrió. No esperaba lo contrario.

—Eso no es un problema —contestó—. El honor y yo nunca nos hemos llevado demasiado bien aunque siempre haya gritado con orgullo: ¡Soy un Caballero de Solamnia!

—En este lugar tal vez no deberías decir eso demasiado alto.

—Ni en la mayor parte de Ansalon. Si fuera prudente no debería ni susurrarlo, pero si fuera prudente no estaría aquí, hablando contigo —Ulric se puso serio de nuevo—. ¿Puedo saber para quién trabajamos?

Thera dudó un segundo.

—Humm. Es mejor que no. De momento, hasta que resuelva algunos pequeños detalles.

—¿Qué detalles?

—Pues… cosas sin importancia como que me paguen al menos la mitad por adelantado. No se puede trabajar por amor al arte y hay gente que tiene muy mala memoria para las deudas. Vaya, ahí está Reko, espero que me haya hecho un hueco en alguna habitación, estoy agotada.

Ulric no contestó. Reko volvía a estar detrás del mostrador sirviendo cerveza y charlando con sus parroquianos habituales. Thera le hizo un gesto y se acercó a él. Ulric vio como le daba una pequeña llave y le señalaba un lugar escaleras arriba. La enana ya debía tener habitación.

—Diviértete —le dijo Thera cuando pasó de nuevo por su lado—. Nos veremos mañana.

—Que descanses —contestó Ulric sonriendo de nuevo, recordó aquella vez que alguien se había atrevido a no pagar sus deudas con Thera. Como Ewan solía decir, sólo hay algo peor que contratarla como guía y es jugar a las cartas con ella. El caballero la siguió con la mirada mientras desaparecía escaleras arriba, bostezando.

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Velien estaba solo en aquel estrecho pasillo, solo entre aquellas húmedas paredes enmohecidas donde sólo se escuchaban sus pasos silentes, aquel túnel llevaba directamente a los sótanos del templo. Ymerithal se había marchado apresuradamente después de acompañarlo hasta la entrada del templo, se excusó diciendo que tenía demasiadas obligaciones que cumplir y no podía ayudarle en su difícil tarea pero también se sentiría aliviado de no tener que permanecer allí demasiado tiempo. O al menos eso imaginó Velien porque con el oscuro clérigo uno nunca sabía a qué atenerse. Ymerithal era elfo, como él, uno de los pocos elfos oscuros consagrados al servicio de Su Oscura Majestad. Posiblemente el único que era capaz de comprender la náusea que le provocaba el olor que impregnaba aquel lugar.

El templo de Duerghast había estado dedicado al culto a un falso dios que había proliferado en Sanction después del Cataclismo, ahora los siervos de Takhisis se habían adueñado de él y lo utilizaban como la prisión que los Señores de los Dragones necesitaban y no tenían tiempo de construir. Velien dejó atrás el primer nivel y se adentró en los pasillos que recorrían el sótano del templo, allí donde ya se oían los lamentos de los prisioneros que estaban siendo torturados.

Se detuvo ante una puerta, los soldados que la custodiaban eran humanos y lo miraban con desconfianza, todo el mundo lo miraba con desconfianza desde que salió de los bosques de Qualinesti. No podía culparlos, él era un elfo, un hijo de la luz que caminaba entre sombras. ¿Quién no iba a desconfiar de él?

Aspiró hondo y saludó a los soldados con una inclinación de cabeza antes de entrar. El capitán de la guardia, un fornido humano de escasos cabellos grises acudió al momento y, respondiendo al saludo del elfo, acompañó a Velien a través de la intrincada red de pasillos hasta su destino.

—¿Os gustaría visitar nuestra sala de tortura? —le preguntó el capitán con sarcasmo-— Nos queda de camino.

—Como quieras —contestó Velien manteniendo su semblante impasible, no era la primera vez que entraba en una sala de tortura, no era la primera vez que se obligaba a fijar la mirada en los despojos humanos que se encontraban atados a los innumerables aparatos dispersos por la sala. Velien no podía evitar que su corazón se encogiera y sus manos temblaran al contemplar el espectáculo que se desarrollaba a su alrededor. Su rostro, sin embargo, se mantuvo impasible durante todo el tiempo que permaneció en aquella horrible sala.

—Muy interesante, capitán Picard, pero mi tarea me está esperando. ¿Podemos continuar? —sin esperar la respuesta se volvió y salió de nuevo a los angostos pasillos. Su tarea. Había hablado de ella con gran seguridad y no quería que el estúpido humano que lo guiaba por los recovecos del templo lo viera dudar. No debía haber sido su tarea. Velien era demasiado joven para realizarla, demasiado inexperto. Se preguntaba por qué lo habían escogido a él, a él entre todos los clérigos de Takhisis que vivían en Sanction. Llevaba pocos meses en la ciudad, hacía apenas un año que había recibido el gran honor de llevar en su cuello la efigie de Su Oscura Majestad. El dragón de cinco cabezas que relampagueaba con un poder que nunca había soñado que pudiera estar a su alcance. Un poder que le había sido otorgado y que aún no había aprendido a utilizar.

Velien no se consideraba a sí mismo un clérigo, a pesar del símbolo que lo identificaba aún no lo era. Sólo era un acólito, un pobre aprendiz dedicado a satisfacer las órdenes de sus mayores, los sabios clérigos que llevaban muchos años dedicados al servicio de la diosa y que la conocían mucho más íntimamente de lo que Velien se atrevía a imaginar. El anciano Marus, su maestro, no dejaba de recordárselo ni un solo día. En realidad a Velien no le importaba, le gustaban las sencillas tareas que realizaba, le gustaba la sencilla calma de Marus ante todo lo que sucedía a su alrededor, fuera bueno o malo. El anciano se enfadaba a veces ante los errores que su aprendiz cometía pero cada vez eran menos, conforme su fe hacia la diosa verdadera se hacía más fuerte. Llegaría un día en el que él sería maestro pero Velien no tenía prisa, aún no era consciente del tiempo que había pasado desde que recibiera los dones de la Reina de la Oscuridad.

Su trabajo con Marus era cómodo y agradable, a Velien le gustaba sentarse a su lado y leerle cuando la vista del anciano se sentía demasiado fatigada pero no sus ansias de conocimiento. Le gustaban sus extrañas discusiones teológicas y los pequeños ritos que realizaban en privado porque la delicada salud del clérigo no le permitía salir de su habitación para participar en la liturgia general. A Velien le gustaba ayudarle a ocultar su torpeza creciente cuando los visitaban otros clérigos más jóvenes pero no tan poderosos como el anciano. El elfo se consideraba afortunado de tener un maestro como Marus, en Marus no existía la mezquindad que veía en otros sacerdotes, había un poder inmenso en su persona, un poder que llegaba de las profundidades del Abismo y que el sacerdote agradecía a la Reina de la Oscuridad.

No estoy enfermo, Velien —le dijo la primera vez que se vieron, cuando Velien propuso elevar una plegaria a Su Oscura Majestad para aliviar los dolores del anciano clérigo.

Mi señor, yo creo...

Soy viejo, muy viejo,—interrumpió Marus sus protestas—. La vejez no es una enfermedad por lo tanto no puedes curarme de ella.

—Pero la Reina Oscura podría ayudaros.

Sí, claro que sí. La Reina te susurra hermosas promesas al oído pero no hay que oírlas todas, joven elfo. Acepta siempre lo que es parte de la vida, deja las promesas solamente para atajar los males que no proceden de la naturaleza. Eres un elfo, deberías entender eso.

Marus no le dijo que otros clérigos oscuros rezaban también para que Takhisis no escuchara sus plegarias, que sus enemigos eran muchos y Su Oscura Majestad una diosa voluble. No le contó que su apariencia de debilidad era uno de los muchos escudos que utilizaba para parar los ataques que sus hermanos de fe dirigían a su persona. Marus sabía que ese joven elfo exprimiría todo lo que pudiera sacar de él y luego se sumaría al número de sus enemigos, como había sucedido con el resto de sus acólitos desde que empezara a difundir los deseos de la diosa.

Sin embargo, el anciano clérigo no podía estar seguro. Velien era distinto a todos los jóvenes a los que había enseñado antes y no podía decir si la diferencia se debía a su procedencia elfa. No era falta de fe, en ese elfo de cabellos dorados y brillantes ojos verdes había una fe y una confianza en Takhisis que no veía en muchos de sus otros hermanos; para Velien, la Reina Oscura era su guía y no su pasaporte hacia el poder. El elfo era una rareza en aquella ciudad ansiosa y el anciano clérigo no podía menos que sentirse afortunado de que lo hubieran destinado a su servicio personal. El elfo ya tenía el favor de la diosa, la misión de Marus era convertirlo en un perfecto clérigo de Takhisis.

Cuando alguien le comentó el problema, Marus pensó inmediatamente en Velien para solucionarlo, sabía que no era la persona más indicada para realizar el trabajo y que tendría que prescindir de él durante gran parte del día pero la dureza de la tarea lo fortalecería más que presenciar la tortura de mil prisioneros. Marus no le explicó nada de eso a Velien, sólo le dio la orden y las instrucciones y lo dejó marchar sin darle detalles de lo que le aguardaba.

Velien contuvo el aliento. Habían llegado hasta la zona de alta seguridad, el capitán Picard introdujo la llave en la cerradura y entraron en un pequeño pasillo al que se abrían una docena de celdas, se detuvieron delante de una de ellas. El capitán Picard no hizo intención de abrirla, le dio a Velien la llave y lo dejó solo.

—Estaré arriba si me necesitáis, señor —dijo el capitán de la guardia mientras se retiraba, Velien le hizo un gesto con la cabeza pero no contestó, la llave giraba entre sus esbeltos dedos.

—No soy la persona adecuada para esto —volvió a repetirse, como lo había estado haciendo desde que Marus le comunicó su nueva tarea—. ¿Por qué yo?

Sus dedos acariciaron la figura del dragón de cinco cabezas que colgaba de su cuello, la tersa superficie le reconfortó y sintió la fuerza de su diosa invadiendo su cuerpo como siempre que solicitaba su ayuda. Era una prueba de fe. La prueba de la muerte para un elfo amante de la vida.

Sin pensárselo más entró en la celda. Era relativamente amplia. Los cadáveres estaban por todas partes, pertenecían a todas las razas imaginables pero algunos estaban tan descompuestos que era imposible saber quiénes o qué habían sido, el olor era insoportable, las ratas escarbaban entre los huesos como carroñeros y corrieron asustadas al notar los suaves pasos del elfo entrando en la habitación.

—¿Por qué los alimentan? —se preguntó—. Si ahora debo destruirlos.

Porque son peligrosos hasta en la muerte —dijo una voz en su interior—, matarlos supondría la muerte para cualquiera que estuviera cerca de ellos y, posiblemente, la destrucción de los cimientos del templo. Son criaturas nacidas de la muerte y consagradas a ella. Deben ser destruidos pero no puedes dejarlos morir.

Era la primera vez que Velien los veía, aunque había oído hablar mucho de ellos. Eran como lagartos grandes y deformes, con enormes colmillos y alas coriáceas que en algunos casos colgaban atrofiadas de sus costados. Las criaturas se agitaban nerviosamente en medio de sus ataduras mágicas, sorprendidos al ver al elfo acercarse a ellas. Los habían atado con cuerdas invisibles de las que no podían liberarse a pesar de sus esfuerzos. Eran las primeras crías, los primeros fracasos que había que destruir porque no servían para nada.

¿Sentirían algo aquellas criaturas? Velien se acercó a ellos con precaución. Eran crías, sólo eran crías deformes que no podían defenderse. Habían sido creadas a la fuerza, saliendo de la nada. Se decía que las últimas eran perfectas. Sería la raza perfecta que adoraría a Su Oscura Majestad. Pero aquellas que se encontraban encerradas en la más segura de las celdas no lo eran. Algunas criaturas no tenían brazos y blandos apéndices deformados colgaban de sus espaldas retorcidas, otras eran ciegas y se retorcían sobre sí mismas, la mayoría de ellas tenían extrañas pústulas en su piel escamosa como si una especie nueva de hongos hubiera hecho de ellos su hogar.

Velien las contempló estupefacto. ¿Cómo habrían conseguido crear aquellas criaturas? ¿De dónde habrían salido? ¿Podrían pensar? ¿Sabrían qué era lo que iba a hacer con ellos?

Decidió no pensarlo más. Resignado y dispuesto a cumplir con su deber, Velien se acercó a una de las crías y puso las manos sobre su cabeza. El animal se revolvió al sentir su contacto pero Velien clavó los dedos en el cráneo y apretó con toda la fuerza de que era capaz. El animal no podría liberarse por mucho que forcejeara pero lo intentó, lo atacó con los hombros, con las piernas, desgarró la negra túnica del elfo con las garras de sus pies pero Velien no soltó su presa.

—Es una misión importante, deberías estar orgulloso de haber sido elegido —le había dicho Marus cuando Velien le expuso sus dudas.

—Reconozco que me siento halagado, mi señor, pero a la vez tengo un poco de miedo.

—Las criaturas no te harán ningún daño. No pueden. Takhisis está contigo. Ni todo el poder que se haya desplegado sobre esas criaturas ni todos los dones que se les haya otorgado pueden superar el poder de la Reina Oscura, porque las bestias proceden de ella.

—No tengo dudas, Marus, mi fe es firme. Simplemente me pregunto por qué me han encargado a mí esta tarea cuando hay otros clérigos con mucha más experiencia que yo. Temo no ser capaz de hacerlo.

—Yo tengo mucha más experiencia que tú, aunque en años es posible que seas mayor que yo, joven elfo. Mis días ya están desapareciendo mientras que los tuyos están comenzando y yo llevo más años que tú al servicio de Takhisis, estoy seguro. Podríamos contarlos.

—A eso me refiero, Marus —Velien había ignorado la incongruencia en las palabras del anciano, cada vez era más frecuente que su mente cambiara de tema sin darse cuenta, el elfo recondujo a su maestro de nuevo al tema de la conversación sin contradecirle, como hacía siempre—. Esas criaturas son peligrosas, no las habrían mandado a las celdas de máxima seguridad si no lo fueran. Es nuestra misión destruirlas y temo no tener fuerzas suficientes para lograrlo, creo que no soy digno de una misión tan importante. Ese es mi miedo.

Marus se quedó en silencio durante unos instantes.

—Yo no podría hacerlo —dijo al cabo de un momento mirando los brillantes ojos verdes del elfo—. Destruir algo así, sin conocerlo, sin ver las posibilidades… Sería como destruir un libro sin haber leído antes su contenido, como tirar una espada mellada sin comprobar antes si es capaz de cortar. No, para mí sería imposible.

—¿Qué quieres decir?

—Esas criaturas son los primeros ensayos de una raza nueva, perfecta, una raza creada por Su Oscura Majestad para conquistar el mundo. Esos seres, aunque fracasos, han salido de ella. Yo no podría tener una de esas criaturas bajo mis manos y no indagar en su naturaleza, en sus posibilidades, en la grandeza de su creación. Son imperfectos sí, ¿pero hasta qué punto? ¿Se podría crear un ejército con ellos a pesar de sus defectos? ¿Podrían servirme a mí aunque no tengan cabida en los planes de Takhisis? No, yo no podría destruirlas hasta conocerlo todo sobre ellas. Hasta descartar que no pueda utilizarlas para nada.

—Pero… son fracasos. Nos lo han dicho… Son deformes y… —Velien estaba escandalizado. Era la primera vez que oía a alguien decir que quería contrariar los deseos de Takhisis.

La mirada de Marus seguía prendida en la de Velien, era extraño como habían entablado amistad el anciano humano y el joven elfo, porque Marus estaba diciendo algo muy grave, algo que si llegaba a los oídos adecuados podría traerle graves problemas, pero por alguna extraña razón confiaba en aquel muchacho de orejas puntiagudas y cabellos dorados.

—Lo sé, mi querido Velien, lo sé. No hagas caso de las tonterías de un pobre anciano. Mi curiosidad y mi imaginación han sido siempre un obstáculo en mis relaciones con la Reina de la Oscuridad —dijo, pero sin pesar—. Siempre he pensado que no es malo indagar por nuestra cuenta y ver las posibilidades que surgen en nuestro camino, lo peligroso no es lo que tenemos entre las manos, sino el uso que vamos a darle.

Velien no había entendido sus palabras, sus glaucos ojos se volvieron hacia las ventanas. Solinari estaba saliendo pero ni su luz de plata matizaba el fuego que desprendían los Señores de la Muerte. Pronto los rayos de la luna entrarían por la ventana y tendría que cerrar los postigos para que no despertara el inquieto sueño de Marus. A Velien le encantaba sentarse en el alféizar de la ventana, aspirar con fuerza el aire de la noche y mirar las lunas. Solinari levantándose hacia el cielo como un botón de nácar en medio de la oscuridad.

En su pequeña habitación, que compartía con otros jóvenes acólitos, no tenía ventanas, pocos clérigos conservaban buenas habitaciones desde que el Señor de la Guerra había llegado al Templo de Luerkhisis y lo había elegido para instalar su cuartel general. Pero un gran templo había surgido de las profundidades del Abismo en Neraka, un templo que era solo para ellos, los clérigos oscuros se habían encargado de eso.

—Eres demasiado joven, Velien —dijo Marus.

—Ojalá pudieras venir conmigo, Marus. Me sentiría más tranquilo si estuvieras conmigo.

—A mí también me encantaría ir, joven elfo. Sería estupendo poder echarle un vistazo a esos bichos —terminó en voz muy baja, sin embargo Velien lo oyó. No quiso comentar estas palabras con nadie, llevaba en el Templo de Luerkhisis el tiempo suficiente para saber qué podría traerle problemas a Marus. Sin decir nada cerró las ventanas y ayudó al anciano a acostarse.

Velien bajó los ojos hacia el animal que tenía debajo, había dejado de debatirse y ahora se contemplaban el uno al otro, estudiándose mutuamente.

—Podrían haberle encomendado la tarea a otro —rezongó el elfo mientras apretaba sus manos contra la cabeza del animal, intentando concentrarse. ¿Y si le llevaba uno a Marus? Se pondría tan contento… Pero sería una falta grave, gravísima. Esos animales tenían que ser destruidos. Eras eran las órdenes de Su Oscura Majestad.

—A Marus le haría feliz si le llevara uno —pensó—, pero no estaría de acuerdo con todo en lo que creo. Es posible que esta pequeña criatura sea peligrosa no para su vida sino para su alma a pesar de las palabras que me dijo. Marus podría perder el favor de Takhisis si la desobedezco aunque le gustaría que lo hiciera. ¿En qué estoy pensando? Es el alma de Marus lo que debe preocuparme, no sus divagaciones de anciano. No tardará mucho en reunirse con Takhisis en el Abismo y ocupará un lugar preeminente en su corte cuando ella vuelva al mundo y si por culpa mía esto no sucede… Mientras tanto, mi deber es hacerle agradable la estancia en este plano, sí, debo hacer todo lo posible por servirle pero sin poner en peligro su alma.

Velien respiró hondo y presionó aún más la palma de sus manos sobre las escamas que recubrían el cráneo del animal. Cerró los ojos, ignorando el hormigueo que recorría su piel.

—Takhisis, mi señora. Escucha a tu humilde siervo. Ayúdame a librar al mundo de este animal que tan peligroso puede ser para tus gloriosos planes. Te suplico que pongas en mis manos el poder para destruirlo.

El clérigo oscuro se sintió muy cansado de pronto. Era evidente que el animal presentía lo que estaba haciendo y volvía de nuevo a luchar, no sólo con toda la fuerza física que tenía en su deforme cuerpo sino con el espíritu que la Reina Oscura le había otorgado durante su creación. Velien sentía como las manos le ardían. Sacó fuerzas de flaqueza y sus dedos presionaron con mayor intensidad la base del cráneo. Un segundo después notó como el animal cedía, sus dedos se hundían cada vez más profundamente en la ahora blanda cabeza del animal. El draconiano empezó a deshacerse entre sus dedos, lentamente, muy lentamente, sus escamas se ablandaban y se deshacían como si fueran de mantequilla.

Velien dejó que la sustancia pegajosa que cubría sus manos resbalara hasta el suelo y continuó rezando y suplicando, ignorando el dolor que sentía en las palmas abiertas. Esa noche, cuando volviera al habitual silencio de su habitación en las profundidades del templo y se atreviera a mirárselas, descubriría que las tenía llenas de llagas.

4 comentarios:

Elisa dijo...

Excelente entrada
Saludos cordiales
Elisa en Serendipity
y en Rosario, Argentina

Barón Sottoflato de Buillón dijo...

Elegante entrada, cruzó como rayo por mi cabeza la triste historia de m i país, una bruma que hasta el día de hoy no se disipa, la estafa como signo de prosperidad, las persecuciones y el precio a pagar por osarse a atravesar una calle tan angosta que seguramente habría de hacerte desaparecer, ángeles y bestias confundiéndose de estilos tan a menudo que el todo pareciera normal.

Un fuerte abrazo!

FLORESTEBANEZ dijo...

Gracias por tu indicación sobre la música en los dibujos, y lamento haber tardado en contestar pero las vacaciones..... y ahora la acumulación pfff! Muy buena tu entrada. Un saludo

Raelana dijo...

Gracias Elisa, encantada de verte de nuevo por aquí.

Barón, gracias por tu comentario, supongo que hay temas que pueden ser comunes en la historia de muchos países.

Florestebanez, gracias por pasarte, todos vamos retrasados con las vacaciones y el trabajo atrasado, pero poco a poco nos ponemos al día ;)

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