miércoles, 17 de febrero de 2010

Camarero caramelo


Ahora es curioso recordar como surgió este relato. Para acudir a una convocatoria de Dolmen para una antología de zombies escribí este texto de Neorrealismo Zombie, donde el humor negro es el principal protagonista. Luego ha derivado con el paso de los meses, y escorado más hacia el género de Terror, en la actual "La Guerra de la Doble Muerte", GDM, que ya ha sido anunciada en Sevilla Escribe. Espero que a alguno le guste el tono cínico, que en nada tiene ya que ver con la GDM.


Aquí empieza, "Camarero caramelo"...
Como la constatación de lo inevitable, todo empieza a ir mal desde primeras horas de la mañana. El hijoputa del perro se caga en la alfombra y, estando sólo, me toca recoger la mierda con una bolsa de plástico del super. Está escondido un buen rato, asustado. Pero al final su imprudencia me concede una oportunidad para la venganza. En cuanto lo tengo al alcance le lanzo un escobazo de órdago. Sacudo todas las moscas de dentro de su estómago. Salen revoloteando por entre sus costillas. He estado a punto de esparcir todos sus huesos por el suelo. Ya le dije a Elena que no quería ningún jodido perro zombi de la fosa común.

Antes de preparar el almuerzo, ocioso, me siento a ver una película del Oeste, nada menos que El bueno, el feo y el malo. Combatir el calor con una cerveza bien fría es todo un lujo para un currito como yo. Por una parte me encanta sentir la lata congelada directamente contra los huesos mondos, pero por otra parte odio medir los sorbos al milímetro para evitar perder la cerveza por el desgarrón del abdomen y que me manche la camisa y el pantalón. No quiero que nadie piense que me orino encima.

La película desemboca en el final, el personaje de Tuco recorre el cementerio de un lado a otro, pienso Ahora vendrá lo bueno, cuando llaman al telefonillo. Le doy al Stop, detengo a Tuco entre cientos de lápidas pensando que ese escenario es un bonito sitio para pasar un domingo de campo.
-¿Sí?- digo con la voz más cansada posible.
-Los vivos.
Preparo los nueve euros de rigor para pagar el Ocaso en cuanto llegue. Abro. El cobrador tiene casi tan mal aspecto como yo, bueno, con algo de suerte tengo hasta peor aspecto que él. Ladro un Buenos días, alargo el dinero y recojo el cambio procurando no rozar los huesos del otro.

De regreso al salón ya no merece la pena continuar con la película. Una vez perdido el clímax es mejor dejarlo para otra ocasión. En el cuarto de baño lleno el lavamanos de agua caliente. Me miro al espejo, la cuchilla de afeitar en ristre. No sé por dónde coño empezar, toda la carne putrefacta, hecha jirones. Esparzo la espuma y con mimo de cirujano me afeito procurando dejarlo todo tal como está, que no me pase como ayer, que se me cayó un pedazo putrefacto de barbilla al lavamanos y se lo tuve que echar de almuerzo al perro.

Todavía me falta apurar el carrillo izquierdo cuando alguien me llama al móvil.
-¿Sí?- digo procurando no manchar de espuma el teléfono.
-¿Don Alberto Ribagorda?
Como me temo lo peor, respondo con mi peor voz gutural:
-Soy yo.
-Mire, le llamaba para ofrecerle una nueva promoción de telefonía …
Cuelgo antes de oír el nombre de la empresa. Malditos bastardos. Estoy limpiando el lavamanos cuando vuelven a llamarme al móvil.
-No estoy- respondo nada más descolgar.
-Alberto, soy yo- es mi mujer-. Te llamaba para recordarte lo de esta tarde.
-Veré si me puedo escapar, cariño- las palabras se me mueren en los dientes-. La cosa no está fácil, ya sabes.
-Bueno, ya lo sabes, a las siete empezamos.
Le digo que lo tendré en cuenta y termino la llamada con un podrido Te quiero. Encima de la cama de matrimonio me espera el uniforme, Camarero Caramelo, esa absurda frase con que hay que servir a los clientes. La sonrisa de zombi contento de trabajar diez horas seguidas por un sueldo que despreciaría un vivo.
Como homenaje me pongo por última vez los pantalones color caramelo, la camisa caramelo y la gorra caramelo. Vaya por Dios, prefiero no mirarme al espejo. Con lo demacrado que estoy pareceré un payaso. Me desvisto con cuidado de no perder algún trozo de carne en el intento y me pongo una ropa informal. He de acercarme al bar a dejar el uniforme, aparentar la tranquilidad de quien puede tener cualquier otro trabajo. Y luego buscar un sitio donde pasar todo el día antes de regresar a casa para el cumpleaños del niño.

Mañana será otro día, mañana habrá tiempo de poner la mejor sonrisa de muerto para decirle a Elena que me he quedado en el paro.

3 comentarios:

Sharly dijo...

La verdad es que me ha gustado bastante. Sobre todo esa broma de humor negro, del cobrador al decir los vivos.
Cada vez parece más evidente que tanto los muertos como los vivos solo somos números en las estadísticas oficiales. La única diferencia es que el número de referencia del vivo puede cambiar y el del muerto ya es eterno.

Ángel Vela (palabras) dijo...

Está simpatico,aunque no termina de cerrarme bien. En cualquier caso muy curioso leer el gemen de los que viene siendo tu novela nueva.

Alejandro Castroguer dijo...

Gracias a los dos por comentar. Un saludo. Más que nada ya es la curiosidad de ser el germen de la GDM.

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