miércoles, 22 de junio de 2011

Tiempos Oscuros (Libro I, Capítulo IX)

Libro I: Sanction
Capítulo 9
Come out


—Capitán Picard.

Una voz suave se abrió paso entre las ensoñaciones del capitán de la guardia del Templo de Duerghast y lo conminó a abrir los ojos. No era la voz entrecortada del soldado Guilht ni la chillona del teniente Kellye. La voz que lo llamaba suavemente tenía un timbre bajo y sonaba tímida y atemorizada. Unos dedos largos y finos rozaron su hombro con delicadeza sin atreverse a sacudirlo para que se despertara. Un segundo después el capitán de la guardia tenía los ojos abiertos y la espada desenvainada apuntando a la garganta de su inoportuno visitante, aunque si este hubiera querido atacarle habría tenido tiempo más que de sobra para hacerlo.

El elfo se encogió hacia atrás al ver la reacción del capitán, que se tranquilizó al instante al descubrir quién era el que interrumpía su siesta habitual.

—Mis disculpas, mi señor —dijo el capitán Picard con respeto envainando la espada—. Hay rumores de que unos intrusos han conseguido colarse en la prisión y, aunque estamos a punto de atraparlos, toda precaución es poca.

—Lo sé —Velien no pudo evitar mirar de reojo a su alrededor, asustado, como tampoco podía evitar temblar como una hoja en medio de un vendaval ni pasarse la mano por el esbelto cuello recordando la fría hoja de la espada que había tenido apoyada en su garganta.

—¿Qué puedo hacer por vos, mi señor? —preguntó el capitán Picard al ver el estado de nerviosismo en el que se encontraba el clérigo—. ¿Ya habéis terminado vuestra tarea?

—Creo… hay… alguien… abajo —la voz de Velien salía entrecortada y en un tono mucho más bajo del habitual.Respiró profundamente y se animó a continuar—. Un ruido rompió mi concentración y vi varias figuras de aspecto sospechoso… al final corrieron hacia el fondo del pasillo que lleva a la zona de máxima seguridad. Tal vez buscaban alguna salida secreta.

El capitán Picard se levantó de un salto.

—¿Eran magos?

Velien dudó un momento y su mano se volvió a acariciar involuntariamente el cuello.

—No estoy seguro. Podrían ser magos y guerreros. Oí las palabras de un hechizo pero también vi el fulgor de las espadas. He subido a avisar en cuanto he podido. Creo… creo que pueden ser peligrosos.

¿Qué habría visto el elfo que lo había asustado tanto? Se frotaba las manos sudorosas en las caderas y acto seguido se las llevaba al cuello en un gesto instintivo que el capitán Picard pensó que era de protección. El elfo sudaba copiosamente y su mirada parecía estar más atenta a lo que sucedía a su espalda que a la mirada inquisitiva de su interlocutor.

—Muy bien, señor. Tranquilizaos. Ahora todo queda en mis manos. Enviaré a una patrulla de reconocimiento inmediatamente y los atraparemos. ¿Hacia dónde habéis dicho que se dirigían los intrusos?

—Corrieron hacia el fondo del pasillo. Creo que buscaban una salida. Me escabullí en cuanto pude.

—¿Cuántos eran?

—No sabría decirle, capitán. Dos… o tres. Alguno de ellos no parecía ser… mortal. No sé si me entendéis.

—Os entiendo… —la mirada del capitán bajó al suelo y se centró en sus pies durante unos momentos. La idea de enfrentarse a espectros no le gustaba demasiado pero ahora entendía qué era lo que podía haber asustado tanto al elfo—. No os preocupéis, señor. Me ocuparé de todo.

Velien asintió con la cabeza, pero no parecía más tranquilo.

—Con vuestro permiso, capitán, me gustaría regresar al Templo de Luerkhisis. Toda esta agitación me ha afectado más de lo que me gustaría. Mis superiores lo comprenderán.

El capitán Picard esbozó una sonrisa de superioridad antes de hacerle una reverencia al clérigo oscuro.

—Esos débiles elfos —pensó—, se supone que los clérigos de la Reina Oscura tienen toda clase de contactos con los espectros y las criaturas del Abismo. Soy yo el que debería estar asustado y mira, el valiente capitán Picard va sin temor al encuentro del fantasma.

Sin embargo, a pesar de las bravuconerías con las que intentaba animarse a sí mismo, el capitán Picard no pudo evitar que sus manos temblaran cuando llamó a sus soldados. Inmediatamente, una nutrida patrulla se dirigió con rapidez hacia las celdas de máxima seguridad de la prisión.

Velien observó cómo los soldados, con el capitán Picard al frente, se alejaban hacia las profundidades del Templo de Duerghast y esperó en la puerta de la estancia hasta que el último de ellos hubo desaparecido de su vista. Se dio la vuelta y comenzó a avanzar por el pasillo lentamente, consciente de que las sombras se separaban de la pared y caminaban en pos de él.


Mira bien el hacha, elfo, un movimiento en falso, una palabra equivocada y la tendrás clavada en tu garganta.

—No sé mentir. Lo siento. Aunque quisiera no podría hacerlo. Me tiemblan las manos y me sudan. El capitán lo notará enseguida —había protestado el elfo.

—No te pido que mientas, estúpido. Simplemente selecciona la verdad que vas a contar. Y recuerda que oiré cada palabra que digas.


Los pequeños ojos grises de la enana no estaban bromeando y Velien esperaba que el capitán Picard no hubiera notado que se acariciaba su desprotegido cuello demasiado a menudo.

El clérigo caminaba despacio por los oscuros pasillos, deseando que alguien saliera de alguna de las innumerables puertas que llenaban el Templo de Duerghast y descubriera a los peligrosos bandidos que lo amenazaban, pero los pasillos estaban extrañamente vacíos. Parecía que los reflejos anaranjados que desprendían las piedras que los intrusos llevaban al cuello alejaban a los habitantes del Templo de las dos figuras que acechaban en las sombras.

«Si hubiera sido más valiente» —pensaba Velien con remordimientos—, si hubiera hablado con el capitán Picard y le hubiera dicho que los intrusos estaban detrás de él, amenazándolo de muerte si no les obedecía, ahora los bandidos estarían presos y él estaría probablemente muerto pero habría cumplido con su deber. Aquellos ladrones habían robado una de las peligrosas criaturas de Takhisis con cualquiera sabía qué espantoso fin. La habían robado para una hechicera desconocida que posiblemente la utilizaría para destrozar todos los planes que la Reina de la Oscuridad estaba forjando para su regreso glorioso a Krynn. El destino de los deseos de Takhisis estaba en peligro y él no hacía nada por evitarlo, sólo se había echado a temblar ante la posibilidad de perder su miserable vida y había rechazado con ello la posibilidad de salvar ¿Qué? ¿Cuál era la amenaza que realmente representaba esa criatura transformada en huevo? ¿Podría impedir el retorno de la Reina Oscura al mundo? ¿Destruiría los ejércitos aún no formados? ¿Sería la clave que llevaría a una nueva derrota de su diosa?

El camino a través del Templo los llevó hasta la sala de entrenamientos, dentro no podía haber más de una docena de soldados, a juzgar por los sonidos que salían de ella. La puerta estaba cerrada y Velien dudó entre dar un grito que alertara a los soldados o continuar el camino hasta el patio. Thera no lo dejó decidirse. Salió de las sombras que la ocultaban y se acercó a Velien armada con el hacha de mano.

—Lo estás haciendo muy bien, elfo. Estamos muy contentos contigo. Ahora va a llegar la parte más complicada así que esfuérzate en hacerlo bien y recuerda que te estoy apuntando directamente a la garganta.

Velien asintió tragando saliva y avanzó por el solitario pasillo en silencio. A pocos metros se encontraba ya la puerta que llevaba hasta el patio. A esa hora del atardecer, se encontraban normalmente abiertas para permitir el paso de los soldados que entraban o salían de su cambio de guardia, pero una pareja de soldados las custodiaban exigiendo los papeles identificativos a todos los que entraban o salían por ellas.

Los guardias de la puerta no habían salido corriendo junto a su capitán en busca de los intrusos sino que permanecían en su puesto, atentos para detener a cualquier sospechoso. Dos soldados intentaron entrar y a pesar de su uniforme y de que los guardianes de la puerta los conocían tuvieron que enseñar su pase.

Velien cogió aire. Los soldados no le harían nada, eran sus aliados, la fuerza de Su Oscura Majestad. El peligro le acechaba en las sombras, a su espalda.

Avanzó unos pasos. Era el momento de ser valiente. Tenía que sobreponerse  a su miedo y saca de dentro de sí todo el coraje que un clérigo de la Reina Oscura debía demostrar. Era el momento de hacerlo. Velien cerró los ojos, rezó una breve plegaria a su diosa aun sabiendo que no sería contestada y, sin detenerse un segundo a pensar en lo que estaba haciendo, salió corriendo hacia la puerta.

—¡Ayudadme! —su grito alertó a los que hacían guardia en la puerta—. ¡Están ahí! ¡Los intrusos! ¡Ayudadme!

Los hombres, al ver la asustada figura negra que se les venía encima desenvainaron las espadas y le detuvieron el paso. Velien miró hacia atrás sin ocultar el miedo que sentía y señaló repetidamente las sombras.

—¡Están allí! ¡Los intrusos! ¡Son dos y están armados!

—Vosotros, id a investigar a ver qué pasa —ordenó uno de ellos mientras sostenía al desencajado elfo—. Yo me quedaré con el clérigo.

Los soldados, sobre todo los que no estaban de servicio, obedecieron rezongando por lo bajo, y desparecieron entre las sombras del pasillo con las espadas en la mano dispuestas a atacar. Apenas unos segundos después se oyeron ruidos de lucha, el batir de espadas y jadeos entrecortados. Poco después se hizo el silencio.

—Ya está, señor. Dos intrusos escurridizos no son nada para nosotros. Podéis estar tranquilo y volver a...

El hacha surgió de la nada y se precipitó hacia ellos sin que tuvieran tiempo de reaccionar. El pesado mango golpeó con tanta fuerza la cabeza del soldado que este cayó al suelo ante la mirada atónita de Velien. Surgiendo de la oscuridad que la había ocultado, la ruidosa figura de Thera salió corriendo hacia él y, sin dedicarle una mirada, recuperó su arma.

—Bueno —comentó la enana con sorna—, no ha sido como lo habíamos planeado pero ha funcionado. La puerta abierta y el camino libre.

—¿Os encontráis bien? —preguntó Ulric al elfo cuando llegó junto a ellos.

—Sí, gracias —contestó Velien sorprendido por la amabilidad del caballero y acariciándose inconscientemente el cuello.

—¡Vamos chicos! Ya sólo nos queda atravesar el patio y la puerta de hierro de la muralla.

—¿Quedarán muchos soldados en el patio? —preguntó Ulric a Velien.

—No… No sé. Nunca me he fijado. A mí me dejan pasar sin problemas —balbuceó el elfo—. Claro que nunca me he encontrado con la alarma de que hay intrusos en Duerghast.

—¿No suelen entrar mercenarios a liberar prisioneros? —preguntó Ulric mirando a Thera como si quisiera partirla en dos.

—No, normalmente no —contestó Velien—. Son pocos los que se atreven a entrar y son capturados rápidamente por la guardia de la prisión. No sé de nadie que haya entrado y salido del Duerghast con éxito.

—Nosotros –les interrumpió Thera con satisfacción.

—Nosotros aún no hemos salido —respondió Ulric.

—Un detalle sin importancia —comentó Thera, impaciente—. Vamos, dejaros de cháchara y salgamos de aquí. Este lugar me pone los pelos de punta. Este es el nuevo plan: si nos encontramos con alguien en el patio, somos mercenarios nuevos que acabamos de terminar turno y nos vamos a la taberna más cercana. Venga elfo, tú delante, que yo vea con quien hablas y ya has visto cómo manejo el hacha.

—¿El hacha no iba dirigida a la garganta del elfo? —susurró Ulric por lo bajo—. La verdad es que pensándolo bien has mejorado bastante tu puntería.

—¡Calla Ulric! Que lo tenemos acojonado y lo vas a estropear. Deja que el pobre elfo crea lo que nos conviene. ¿Llevas el huevo?

Ulric asintió con la cabeza señalando el zurrón.

—¿Y al mago? —Ulric volvió a asentir—. Bien. Entonces vamos, que el elfo ya habrá recorrido la mitad del camino.

Pero Velien se había quedado bajo el dintel de la puerta, mirando los pocos metros que lo separaban de la puerta de salida del Templo.

—Bueno, hemos llegado al final —comentó Thera poniéndose a su lado—. Nuestros caminos se separan si te portas bien, elfo. Tú sal por la puerta, atraviesa el patio con seguridad y te marchas por la puerta principal, todo eso sin mirar atrás una sola vez. Ah, y antes de marcharte da un poco de conversación a los guardias.

—¿Por qué lo hacéis? ¿Qué ganáis con todo esto? —Velien se volvió hacia la enana con los ojos brillantes e inquisitivos.
Thera lo miró, sorprendida por la intensidad de su mirada.

—Dinero, por supuesto. ¿Qué otra cosa podría ganar?

—También ganarías dinero sirviendo a Takhisis —sugirió el clérigo.

—Es posible, pero no me he comprometido con ella —replicó Thera—. Mira, lo único que estoy haciendo es cumplir mi contrato. Si te das cuenta no hemos hecho daño a nadie, algún guardia se ha llevado un chichón en la cabeza y algunos rasguños en cumplimiento de su deber y tú un buen susto pero nada que no se cure en un par de días. Tu Reina Oscura no puede recriminarnos nada y, si hemos destrozado ese bicho que nos llevamos, creo que precisamente tú estabas haciendo lo mismo así que, en cualquier caso, lo único que hemos hecho es ahorrarte trabajo.

—¿Y las consecuencias? ¿No habéis pensado en eso? ¿Y todo el daño que va a desatar cuando entregues esa criatura a quien sea que te haya contratado?

Thera frunció el ceño. Las consecuencias no eran de su incumbencia.

—Es una bruja negra así que tampoco creo que esté demasiado lejos de vuestros intereses, clérigo negro. Te aseguro que no me gusta trabajar para los magos y que hubiera preferido no hacerlo pero la bruja paga bastante bien y yo necesito el dinero.

Thera hizo una pausa, como si estuviera considerando algo.

—De todas formas —continuó—, si quieres recuperar el bicho y me haces una buena oferta estoy dispuesta a escucharla. Piénsalo. Pregunta por mí a Reko, el posadero de Las Cerezas, ¡Vamos, Ulric!

La enana y el caballero salieron corriendo hacia las callejuelas cercanas ante la atónita mirada de Velien. ¿Había dicho eso en serio? ¿Iba a incumplir su contrato con la hechicera si él le ofrecía más dinero? ¿Realmente estaba dispuesta a hacer eso? Se preguntó si aquella chica era increíblemente valiente o totalmente inconsciente. Y también supo que no quería saber la respuesta.

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