martes, 15 de julio de 2008

Bendecido por la inocencia, maldecido por la razón (inicio de novela)

OBSESIÓN



Solo cuando hemos dejado de esperar aquello que anhelamos, somos capaces de sentir el verdadero valor de su llegada. (1)

(1)Extraído del libro de poemas “Al surcar en peregrinaje caminos de espinas”, del erudito y poeta Lanaiel.


Aquella mañana, tras dar fiel cumplimiento a las tareas impuestas por sus mayores y exenta ya de toda labor, la campesina corrió hacia la puerta que daba a la calle y, aferrándose con ambas manos al pomo, consiguió su anhelado propósito en el primer intento. Así fue como, libre de ataduras, este inquieto espíritu salió presuroso al exterior, y mientras realizaba la rutinaria revisión de un entorno que había permanecido prácticamente inmutable durante sus cuatro años de existencia, descubrió algo que la llenó de júbilo, quedando enaltecida su emoción al verse vivamente condicionada por el grato recuerdo que hará unos meses nació del encuentro con una visión similar.

Sin saber cómo ni por qué, allí estaba, esperándola, ofreciéndose íntegro a ella. De este modo, lo que hubo de ser acogido por las gentes de la aldea como una gran desgracia, se mostró, debido a la falta de sentido propia de los pocos años, como algo providencial.

Quiso el destino que la tarde anterior fuera el momento señalado para que convergieran los siguientes sucesos, estando cada uno de ellos llamado a ser un claro condicionante de su origen. Un origen que, dadas las circunstancias, era tan insólito como contraproducente.

A medida que, con visible demora, fueron llegando a la aldea las exiguas provisiones que habían de ser repartidas con ecuanimidad entre los habitantes, comenzaron a verse en el cielo los primeros indicios de que el día tocaba a su fin. La carencia de fulgor de aquel sol macilento así lo anunciaba. Y al tiempo que éste se precipitaba inexorable en el horizonte, la agorera luna ocupaba con discreción su lugar. Al tomar conciencia de ello, los campesinos, alentados por el temor, redoblaron esfuerzos para remontar la acusada pendiente antes de que les fuera negado el amparo del astro rey. Y, cuando aquella labor estaba próxima a finalizar, la rueda del último carro se rompió, haciendo caer la carga con tan mala fortuna de que uno de los barriles, que contenía tan preciado elemento, rodó por la cuesta y, tras precipitarse contra una roca, se hizo pedazos, quedando el contenido a merced de la tierra.

De esta desgracia pasada que despertó lamentos y lágrimas no hubo de quedar más huella que los exiguos restos de un perecedero charco, que durante un breve espacio de tiempo dejaría aquel terreno embarrado. Sólo ella, entre los aldeanos, supo mirarlo con otros ojos, y presa de una emoción que no podía ser contenida, corrió hacia lo que tras la noche hubo de quedar de él y, arrodillándose en su margen, comenzó, con una deslumbrante sonrisa en los labios, a introducir sus diminutas manos para extraerle porciones de barro, con las que trató de recrear cuanto su imaginación le demandaba.

Largo rato permaneció allí, ajena al pasar del tiempo y entregada por entero a tan placentero juego, hasta que un intangible elemento externo llamó poderosamente su atención.

Una a una, como si cadenciosamente se desgranaran las uvas de un prominente racimo, llegaron hasta unos oídos fáciles de impresionar las notas llamadas convertirse en el preludio de una alegre melodía. Pero fue cuando tomó conciencia de que más allá de esos sonidos iniciales empezaban a entreverse los primeros signos de una canción, que alzó la cabeza y se quedó muy quieta buscando su procedencia, la cual no podía ser otra que la mansión que sobre el risco regentaba el Señor de Bánum.

Pese a todo, esta situación duró un instante ya que, alentada por la sucesión de vivaces acordes, rauda se puso en pie; y dentro del charco comenzó a bailar mientras sin demasiado éxito trataba de tararear aquella alegre y compleja melodía que hubo de acompañarla esporádicamente durante su primera infancia; habiendo ésta de transcurrir con toda la felicidad permitida por sus privaciones, ajena a las vicisitudes que habría de traer consigo el paso de los años.

MATICES


Cuán desconcertante resulta comprobar el grado de dualidad
que puede mostrarnos un acontecimiento
que siendo producto del infortunio consigue, a su vez,
verse bendecido por la inocencia y maldecido por la razón.


N. del autor: Pensamiento llevado a las letras por el médico que atendía a la familia que regentaba la desaparecida Casa de Ódrun tras ser testigo de cómo la señora de dicha casa cruzaba con su hijo menor las últimas palabras que le serían permitidas antes de que le sobreviniera la muerte.

Hacía ya tres días que el niño comenzó a apagarse lentamente, creció su lasitud y le abandonó la visión. Fue entonces cuando, pese a la ausencia de dolor, tuvo miedo. Pero éste se vio prontamente atajado por aquella borrosa sombra que, recostada sobre él, le hablaba con una dulce voz que en nada difería de la de su madre, la cual le refirió, con parsimoniosa quietud, una historia que, por su proximidad, perduraba en el recuerdo del niño. En ella se hacía mención de su abuelo recientemente fallecido, y de cómo había tenido que apartarse de ellos. Le contó que este fue tan bueno durante el transcurso de su existencia, que los dioses tuvieron a bien llevárselo para convertirlo en una estrella.

Sólo cuando este hecho fue referido, la dama se dispuso a seguir. Y mientras retenía con estoicismo el mar de lágrimas que se agolpaba en sus ojos, hizo ver al infante que debía estar contento, porque ahora era a él a quien pretendían premiar; muy pronto sería una pequeña estrella que ocuparía un lugar a su diestra.

Dicha aseveración hizo que aquel muchacho esbozara una apagada y sincera sonrisa de complacencia, tras la que se limitó a preguntar haciendo acopio de sus exiguas fuerzas: “¿Yo, al igual que el abuelo, no podré regresar?” A lo que la madre respondió: “No será necesario, ángel mío, tu padre y yo iremos muy pronto a verte”. Y satisfecho con la respuesta cerró los ojos, entregándose dulcemente a la muerte.

Aún cuando la vida se apagó del todo, hubo de perdurar plenamente en su rostro la luz de una expresión fruto de la más cándida inocencia.


Autor: Ángel Vela, "palabras"
Correo Electrónico: lanaiel(arroba)hotmail.com

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