martes, 25 de octubre de 2011

Delicatessen para zombis

Ale miraba con ojos críticos al resto de sus compañeros, se estaban cayendo a trozos y seguramente él mismo también. Nadie dijo que ser un zombi era fácil, pero hoy se sentía particularmente triste, ya hacía siete meses que no conseguía saborear un cadáver y su estomago rugía con rabia. Paso a paso seguían avanzando mientras formaban una larga hilera, los humanos creían que eran incapaces de pensar, que sólo se regían por impulsos animales, pero estaban equivocados, como si fueran una manada de lobos avanzaban cubriendo mucho terreno y registrando todo en busca de presas vivas.

A su derecha, uno de sus compañeros alzó la cabeza y olfateó el aire como si fuera un sabueso, cuantos le rodeaban empezaron a imitarle y por su excitación todos comprendieron que había “carne fresca” en las cercanías. Sabiendo hacia dónde dirigirse, los extremos de la línea convergieron para crear una trampa mortal. Los rugidos de rabia que escuchó minutos después, le indicaron hacia dónde mirar, un tipo bastante gordito y calvete corría entre los coches abandonados como si le fuera la vida en ello, la verdad es que vida le quedaba bastante poca, puesto que corría sin darse cuenta de que estaba encerrado y fuera en la dirección fuera le estaría esperando la muerte.

Apenas un minuto después, se oyó un grito desgarrador, cuando llegaron hasta lo que quedaba de la presa, éste no era más que un montón de tripas a medio comer en el centro de un informe charco de sangre. Eran demasiados a comer y lo habían desmembrado a tirones, sus brazos o piernas estaban siendo devorados y el cuerpo ofrecía una imagen lamentable con los intestinos a medio arrancar como si fueran un plato de spaguetti. Alejandro dejó que sus compañeros se sirvieran, era gracioso que ninguno tuviera los mismos gustos que él y por eso tuvo paciencia.

El gordito había revivido, pero tan sólo para comprobar que no tenía brazos ni piernas así que no podía defenderse, gruñía y gritaba con fuerza pero nadie parecía dispuesto a renunciar a “su” trozo de carne. Cuando todos terminaron, se acercó Ale y lo puso mirando hacia el suelo, sin prestar atención a los gritos de su víctima introdujo sus dedos por el ano y de un seco tirón le arrancó las almorranas... Grandes, jugosas, repletas de sangre, no podía entender por qué a los demás les desagradaban pero para él eran una “delicatessen”.

Podeis leer más relatos sobre zombis en la antología "Para mí tu carne" que edita 23 Escalones.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

A ver:

Al principio del relato: Si Ale mira a los ojos de los otros zombis pero resulta que van en fila, ¿les está mirando a los ojos del culo?
No hay coherencia en la historia. Se usan frases hechas que se supone que quedan bien, pero como se aprecia en este ejemplo, no tienen lógica.
Hay que repasar esas frases hechas sin sentido.

Repasa el uso de comas, elimina comillas, cuidado con las repeticiones de palabras, aprende a puntuar (no solo las comas).

¡Coño! ¡Lo mal que podéis llegar a escribir!

(Alguien tenía que decirlo)

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