sábado, 25 de junio de 2011

Los pequeños soñaban…

El pequeño cernícalo se asomaba desde su nido y oteaba en la distancia buscando a sus padres, a lo lejos se recortaba la silueta del halcón y el pollo cerraba los ojos soñando con ser tan grande y veloz como él. A pocos kilómetros, la cría de éste fantaseaba con ser grande y poderosa como el águila.


Micro publicado en las Ecoagendas de la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía 2011)

Tiempos Oscuros (Libro I, Capítulo X)


Libro I: Sanction
Capitulo 10
Gutter hearts


Aquella tarde las antorchas humeaban más que nunca en el húmedo atardecer de Sanction. Entre la soldadesca que frecuentaba las tabernas habitualmente, había ese día un centenar de nuevos individuos recién llegados de los más recónditos rincones de Ansalon, atraídos por las promesas de un nuevo y poderoso ejército que se preparaba para iniciar campaña y dispuestos a unirse a él. Todos ellos habían sido aceptados en las filas de Ariakas, posiblemente no todos llegarían a formar parte de un ejército que se pretendía imbatible pero eran imprescindibles muchos hombres para que al menos una parte de ellos llegara con vida a la guerra.

La lluvia era extraña en Sanction, a pesar de su eterno cielo gris las gotas de lluvia no llegaban a caer al suelo. El calor las evaporaba antes de que se precipitaran sobre las calles de la ciudad y refrescaran el sofocante ambiente. A Kráteros no le importaba. Disfrutaba con ese calor asfixiante tanto como habría disfrutado con las frías gotas de lluvia. Exactamente igual a como había disfrutado con la victoria obtenida sobre su enemigo.

Había sido una pelea extraña. Se habían encontrado en la puerta de la taberna, el Tuerto todavía estaba completamente sobrio, Kráteros acababa de tomar la primera copa y se estaba debatiendo entre marcharse a casa o seguir bebiendo toda la noche. ¿Quién había empezado? Kráteros no estaba seguro. Los gritos y el ambiente sofocante nublaban sus recuerdos. Sólo recordaba haber pisado el charco pegajoso de la sangre del Tuerto.

Después de la pelea el tiempo pareció aminorar su ritmo, Kráteros se dejó llevar a hombros por una pandilla de borrachos que lo aclamaban como a un héroe y levantó sus fornidos brazos hacia el cielo encapotado saludando a los habitantes de la ciudad con los que se cruzaban, inmerso en la euforia de una victoria que todavía no terminaba de digerir.

Kráteros se bañó en la euforia igual que un rato antes se había bañado en la sangre de su oponente. La pelea había sido dura, cruel, despiadada y terrible; una auténtica carnicería de la que Kráteros exhibía las muestras en forma de líneas de sangre que habían cruzado su piel y que, cuando se le hubieran aplicado los ungüentos necesarios y el paso del tiempo hubiera seguido su curso se convertirían en orgullosas cicatrices en las que se leería su victoria sobre sus enemigos. Había otra posibilidad, acudir a uno de los clérigos oscuros que caminaban como sombras negras por la ciudad, ellos podrían rezar a la Reina Oscura y el dolor desaparecía como por arte de magia, la sangre dejaría de manar, la piel se cerraría como si el corte nunca hubiera existido. Kráteros había visto a los clérigos curar heridas terribles con el poder que Takhisis les otorgaba pero nunca se acercaría a ellos para que le aliviaran las cicatrices que prefería mostrar orgulloso, como si las hubiera recibido en una batalla en vez de en una reyerta de taberna.

—Yo elegí estar aquí –pensó Kráteros—, elegí esta profesión peligrosa y sé que puedo jugarme la vida en cada batalla en la que participe. Una batalla es una lucha entre dos hombres que pueden pagar a un ejército para que luchen por ellos. Una batalla es cuando un hombre lucha contra otro porque no pueden pagar a nadie que luche por él. Yo he librado mi batalla esta tarde, una batalla por la que no me han pagado porque ha sido mi guerra. Y he ganado.

Algún día podía perder, algún día su contrincante sería más fuerte que él y lo vencería pero en realidad eso le daba igual. Ahora la batalla era su profesión y la muerte su señora. Kráteros sentía a veces que la muerte era una compañera y que ni siquiera esos clérigos que presumían de devolver la vida a los muertos podían entender su relación con ella. La muerte era su amiga, le susurraba al oído los amantes que quería tener y él tenía que luchar para proporcionárselos. Su amiga la muerte no tenía nada que ver con Chemosh, el señor de los muertos. Kráteros no podía identificar al cruel señor de los muertos vivientes con la amiga silenciosa que le aconsejaba por las noches, indicándole el camino a seguir. Nunca se le ocurrió a Kráteros que la compañera que tanto apreciaba no fuera la muerte sino la vida, que el instinto de supervivencia era el que le ayudaba a continuar, que en sus noches más depresivas era la vida la que se había agarrado a su alma con fuerza y no había querido soltarlo.

El cadáver del Tuerto, ajado como un viejo muñeco de trapo, permaneció tendido sobre los sucios adoquines de la calle, delante de la vieja taberna cuyas paredes habían contemplado la pelea. Nadie se había ocupado de retirar el cadáver discretamente antes de que empezara a oler mal, nadie había limpiado las manchas de sangre que habían salpicado el pavimento. El tabernero, tal vez, si las moscas empezaban a ser excesivamente molestas, lo apartaría hacia un rincón de la callejuela, tan lejos como fuera necesario para que no le molestara. Al final terminaría devorado por los perros sarnosos o tal vez por goblins u ogros a los que no les molestara la carne un poco pasada. El espectáculo ha terminado y los hombres que entran en la taberna no saben nada de la pelea que ha tenido lugar, tal vez alguno de ellos haga un comentario casual y alguien note el suelo pegajoso a causa de la sangre coagulada que nadie ha limpiado pero no dirán nada al tabernero. La sangre terminará por resecarse y unirse al resto de manchas descoloridas que pueblan el establecimiento, todo es completamente normal.

Kráteros no volvió a entrar en la taberna, ni en ninguna otra. Cuando al fin los casuales espectadores de la improvisada pelea lo dejaron solo en medio de una plaza Kráteros no los siguió en su peregrinaje hacia otra taberna de mala fama. Esperó pacientemente a que todos se hubieran marchado y se sentó en el quicio de un portal, en las sombras de una oscura callejuela. Las cosas se veían distintas después de la euforia de la victoria y ante sus ojos se desplegaba un espectáculo que no tenía nada de digno. Las heridas de sus brazos le escocían y no eran muy diferentes de las marcas que conservaba de sus tiempos de esclavo. El Tuerto, su gran rival, estaría siendo pisoteado en medio de la calle, o tal vez recogido y arrojado a uno de los ríos de lava que cruzaban la ciudad como si fuera un saco de patatas. Nadie reclamaría su cadáver, nadie lo echaría de menos. Greben y su amigo ya habrían buscado a otro forzudo para sustituirle en su negocio de apuestas. Tal vez su comandante notara su hueco en la fila de su unidad pero no recordaría el nombre del soldado que faltaba ni le importaría si había muerto o desertado. ¿Cómo se llamaba el Tuerto? Kráteros no lo sabía, nadie se lo había dicho, él no lo había preguntado. Había matado a un hombre sin saber su nombre. Eso era la guerra. Pero no estaba en medio de una batalla. ¿O sí lo estaba?

La sangre era imposible de limpiar, se adhería a todas partes y se extendía como las manchas de óxido. En Sanction había sangre reseca por todas partes, en todos los locales de la ciudad, en todas las calles. En los barcos amarrados en el puerto y en las ropas de la mayoría de los ciudadanos. El olor a sangre coagulada lo impregnaba todo, se mezclaba con el olor a azufre que desprendían los Señores de la Muerte formando un perfume dulzón y amargo. Los ríos de lava eran como venas llenas de sangre derramada recorriendo la ciudad.

El hedor de la sangre derramada se volvía insoportable pasados unos días pero a pesar de eso nadie hacía nada para intentar limpiarla, era horrible ver cómo la sangre se volvía cada vez más oscura y fétida, la sangre debería estar siempre fresca y nueva, como vertida en el mismo instante en que se la contemplaba.

Allí, desde la distancia que lo separaba de la próxima taberna, los parduscos charcos de sangre se veían como pequeñas manchas de color marrón oscuro, como tierra mojada después de la lluvia. Desde aquella distancia, las personas que entraban y salían se veían como diminutos puntos oscuros que se movían rápidamente, las espadas que llevaban colgadas al cinto aparecían diminutas ante sus ojos. A veces alguien la desenvainaba. Un alfiler clavándose en el torso de un muñeco de tela.

—No puedo más —pensó Kráteros—. Simplemente no puedo más.

Dirigió su mirada al cielo encapotado, preguntándose si Takhisis contemplaba todo aquel desorden con ojos complacidos y disfrutaba con él o si realmente se revolvía furiosa ante aquel despilfarro de sangre.

—Señor ¿me dejáis pasar? —una anciana con un enorme fardo de leña al hombro intentaba atravesar el portal en el que Kráteros había intentado ocultarse de sus fantasmas. El soldado se levantó inmediatamente y dejo pasar a la anciana.

—Sí, por supuesto. Ya me iba.

Kráteros podría haber decidido quedarse allí contemplando las últimas luces del atardecer, la anciana no se habría atrevido a impedírselo pero se había quedado detrás de él, cargada con el fardo de leña, mirándolo con una mezcla de curiosidad y burla que Kráteros simplemente no soportaba así que se levantó y se alejó apresuradamente por la oscura calleja antes de que la anciana, sonriendo, murmurara para sí mientras cerraba la puerta: Otro borracho.

Resistió la tentación de acercarse a la concurrida taberna que veía a lo lejos, pero sus pasos apresurados no se dirigieron a su austera habitación, no quería encerrarse entre aquellas agobiantes paredes de adobe esa noche, tenía que seguir en las calles, recorrerlas, buscar la soledad en medio de la gente que lo rodearía como todas las noches, mirándole sin conocerle. Hablándole pero sin oírle. Riéndose a su lado sin notar que sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Podría marcharme, salir de aquí de una vez. Abandonar esta ciudad maldita y empezar una nueva vida en otro lugar. Podría hacerlo... ¿Y qué haría? No sé hacer nada, no sé vivir. Lo único que sé hacer bien es matar. Podría convertirme en asesino pero no es muy distinto de ser soldado, mi vida no cambiaría. Sería peor porque ahora al menos sé que las personas a las que me enfrentaré en el campo de batalla son conscientes de que pueden morir a mis manos y están dispuestas a aceptar el riesgo. No me odian cuando mi espada las atraviesa y yo no los odiaré si son sus espadas las que atraviesan mi cuerpo. No quiero volver a asesinar por la espalda. Ya no tengo amos caprichosos que me obliguen a hacerlo.

Kráteros buscó calles solitarias en las que adentrarse sin tropezarse con nadie pero conforme avanzaba la tarde las calles se iban llenando de más y más gente, evitó las tabernas más concurridas pero la gente se agolpaba en las calles como si estuviera dentro de ellas. Paseó durante horas hasta que llegó al sitio que había estado presente en sus pensamientos desde el principio.

—Si hubiera aceptado la oferta de Thera hubiera conseguido suficiente dinero para comprar una pequeña granja o una taberna, o tal vez una herrería. Tengo fuerza suficiente para ser herrero. ¡Qué estupidez! Soñando con fabricar argollas para los esclavos... ¿Y qué se yo de cuentas, de tratar con clientes, de labrar la tierra? Y de todas formas estaría solo, seguiría estando solo. Vaya donde vaya, haga lo que haga no puedo huir de mí mismo.

Se detuvo cuando llegó hasta las enormes puertas de hierro. El Templo de Duerghast tenía dos puertas, nunca estaban abiertas al mismo tiempo. En una de ellas un clérigo de oscura túnica hablaba con los soldados que la custodiaban y les señalaba vehementemente el interior del templo. La otra permanecía cerrada, dos soldados hacían guardia frente a ella, más interesados en la conversación que el clérigo mantenía con sus compañeros que en custodiar las pesadas puertas.

—Buenas tardes.

El soldado saludó a Kráteros reconociéndole inmediatamente, había sido uno de los jóvenes que Greben le había presentado la tarde anterior y el prestigio del antiguo esclavo era tan grande entre los soldados como lo había sido en la mansión de su antiguo amo. Kráteros no conocía a nadie y Greben, a pesar de que llevaba menos tiempo en el ejército que él, conocía a todo el mundo. Kráteros no hablaba con nadie y Greben hablaba con todo el mundo.

—Buenas tardes —Kráteros saludó al soldado amigablemente. Si hubiera aceptado la oferta de Thera ahora no estaría allí, la noche anterior habría atravesado aquellos muros y habría entrado en el sombrío edificio que ahora se cernía sobre él, habría dejado su vida atrás y la pelea de esa tarde jamás se habría producido. La mirada del soldado se desviaba hacia la otra puerta y Kráteros sintió curiosidad.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—Uf, Anoche entraron intrusos en el templo —contestó el soldado—, magos perversos y poderosos. Aún no han conseguido atraparlos.

—Menos mal que a nosotros nos ha tocado aquí fuera —añadió el otro soldado.

—Vaya —se lamentó Kráteros—, entonces no podréis dejar vuestra guardia un rato y acercaros conmigo a ver la última apuesta de Greben.

Los soldados se miraron. El capitán Picard estaba muy entretenido con los intrusos...

—Lo siento chico, no debemos, estamos de guardia —dijo el soldado de más edad.

—Claro que podríamos ir a ver si alguien puede cubrirnos un rato, después de todo los magos no van a intentar salir por la puerta —comentó el otro—. ¿Por qué no vas a preguntar a Brima si nos cubre?

El soldado veterano dudó un momento, miró de nuevo a la otra puerta donde el clérigo oscuro aún discutía con los guardias y tiró del mecanismo que abría la puerta.

—Ahora vuelvo.

—Os esperamos aquí —contestó Kráteros.



—¡Será capullo! ¡Pues no está de cháchara con los soldados en vez de intentar ayudarnos!

—¿Quién es?

—Es Kráteros, un viejo amigo. Bueno. ERA un viejo amigo.

—El soldado ha dejado la puerta abierta. Tal vez sería un buen momento para salir de aquí.

—Y darle una buena paliza a ese imbécil.

Thera y Ulric estaban escondidos detrás de un enorme saco de harina que alguien había dejado cerca de la puerta, esperando una oportunidad para salir del templo. Dejaron pasar al soldado que se dirigía con pasos apresurados al interior del edificio central y corrieron hacia la puerta entreabierta.

Kráteros estaba de espaldas a ellos y la raída capa que llevaba sobre los hombros estaba abierta en toda su longitud, como si supiera que había algo detrás de él que era preferible ocultar. Al llegar a su altura, Thera desenfundó el hacha con la intención de darle un buen susto pero Kráteros estaba preparado e instintivamente se apartó a un lado para esquivar el golpe, arrastrando consigo al soldado que cayó al suelo.

—¡Thera, qué sorpresa! ¿No habíamos quedado en vernos en la taberna? —exclamó Kráteros poniéndose en pie de un salto—. ¿Quién es tu amigo?

—Sir Ulric uth Winfrend, excaballero de Solamnia y mi nuevo socio. Kráteros es exesclavo —presentó la enana mientras se guardaba el hacha y escondía el medallón de la hechicera debajo de su camisa para que el guardia, que ya se había levantado, no lo viera. Se encontraban en la calle y, aunque Ulric parecía deseoso de echar a correr antes de que el soldado cayera en la cuenta de que no venían de la calle sino del interior del templo, Thera no parecía tener ninguna prisa.

—Encantando de conoceros, Sir Ulric —saludó Kráteros—. Thera me ha hablado mucho de usted.

—Sí, esto... ¿No sería mejor que nos fuéramos?

—Mi compañero ha ido a ver si alguien puede sustituirnos para ir a ver a Greben —dijo el soldado.

—Creo que Ulric se refiere a que a lo mejor no deberíamos estar hablando con alguien que está de servicio —comentó Thera.

—Oh, no os preocupéis, los superiores de estos chicos están hoy muy ocupados buscando a unos magos que se introdujeron anoche en el templo, ni se darán cuenta de nuestra presencia, incluso creo que si os venís con nosotros tampoco se darán cuenta —replicó Kráteros mirando al joven soldado.

—La verdad, creo que prefiero no arriesgarme —contesto éste.

—Sí, claro, y hace bien —Thera miró de reojo al clérigo oscuro que seguía señalando el interior del templo—. Pero creo que Ulric tiene razón, sería mejor que nos fuéramos. ¡Vamos, Kráteros, ya os veréis cuando el niño termine su turno!

Kráteros se dejó arrastrar por Thera sin oponer resistencia. Se introdujeron en una de las calles que llevaban hacia el puerto y se perdieron entre el laberinto de chabolas que formaban el centro de Sanction.

—¿Sabéis algo de esos magos que están buscando? —preguntó Kráteros cuando el paso de sus compañeros se hizo más lento.

Thera miró de reojo el fardo que Ulric llevaba consigo.

—Sí, bueno. Es una larga historia.

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Empezaba a oscurecer cuando Velien enjugó su llanto. La habitación se había llenado de sombras y él se agazapaba bajo la más oscura de ellas; encogido sobre sí mismo en posición fetal, rodeándose el cuerpo con los brazos y ocultando el húmedo rostro de la curiosidad ajena. Después de abandonar el maldito Templo de Duerghast sin haber conseguido que los soldados de la puerta le hicieran caso había echado a correr y no había parado hasta llegar a su habitación y ocultarse en el rincón para llorar amargamente lágrimas de frustración y miedo.

No buscó el consuelo de la diosa a la que servía en esos momentos duros, no quiso recriminarle la dura prueba que había tenido que soportar ni escuchar la burla cruel que le inspiraría su comportamiento. Velien sólo quería desahogarse, expulsar el nerviosismo que lo hacía temblar como una hoja envuelto en llanto.

No tenía nada que recriminarse, se decía a sí mismo, había intentado hablar con los guardianes de la puerta del templo, había intentado obligarles a que corrieran en pos de los intrusos y acabaran con ellos. No era culpa suya que no lo hubieran escuchado, que sus amenazas no hubieran sido tomadas en serio. Podría haber hecho algo más, haber luchado contra ellos, haber llamado al poder de la Reina Oscura para vengarse de su desprecio y dejarlos sucumbir ante su magnificencia.

Pero enfrentarse a alguien no era tan sencillo.

Velien nunca había tenido que enfrentarse a nada en su vida, su infancia y primera juventud habían sido años tranquilos en el interior del hogar paterno, cuando cada rayo de sol y cada hoja de los árboles le recordaban la infinita belleza de la naturaleza y la vida. Su vida entonces no estaba dirigida por ningún dios, los dioses habían abandonado el mundo y estaban solos, tenían que arreglárselas solos.

Velien nunca lo había creído del todo, el joven elfo había buscado vestigios de los dioses en aquellos bosques de su infancia. Las historias sobre E’li y Astra le parecían falsas y llenas de mentiras y a pesar de su búsqueda nunca sintió el aliento de los dioses en su oído. Sin embargo, un día oyó una voz melodiosa que le prometió respuestas, un dulce canto en su oído que supo al instante que provenía de la voz de un dios. No habló con nadie de ello, era su descubrimiento y quería que fuera solo para él. Eso complació a la diosa que lo conminó a viajar a Sanction. Velien no lo dudó un instante y se marchó de sus amados bosques sin despedirse de nadie. Lo dejó todo por cumplir los deseos de su diosa y nunca se había arrepentido de ello.

Sus primeros meses en la ciudad habían sido agradables. El contacto con seres de otras razas que tanto le había repugnado al principio no había sido tan terrible como imaginaba en sus peores pesadillas y precisamente en un ser de otra raza, en un humano, Marus, había encontrado la amistad y la confianza que le habían faltado entre sus compatriotas elfos. La vida de Velien había sido una sucesión de plegarias y tranquilidad, de deseos hechos realidad al momento, sus ojos almendrados destilaban una paz que tranquilizaba los corazones de los que lo miraban y translucían el poder de una diosa verdadera detrás de ellos. Pero esa paz que tanto lo consolaba en los momentos tristes había desaparecido en el mismo momento en que puso sus manos sobre aquellas criaturas malditas.

Con aquellos seres se terminó su paz, su serenidad, su compostura. La túnica negra que lucía orgulloso se había llenado de vergüenza y oprobio. Todos sus actos habían resultado ser nefastos y equivocados. Acumulaba error tras error hasta que la montaña de errores se había desmoronado sobre su cabeza.

¿Qué otro mal podría ocurrirle ahora? Se lo merecía, se merecía cualquier castigo que ella quisiera imponerle, su diosa tenía que estar furiosa por sus errores, por su incapacidad de reaccionar como hubiera debido pero Velien no se atrevía a intentar la comunión con ella, no quería escuchar sus reproches y, aunque lo deseaba, sus manos no acariciaron la negra superficie del medallón que llevaba colgado al cuello, sus plegarias no se volvieron hacia su diosa.

Tenía que tomar una decisión y actuar, tenía que tomarla él solo y demostrarle a Su Oscura Majestad que merecía toda la confianza que había puesto en él. La enana estaba esperando una respuesta y en sus manos estaba cambiar el destino del mundo. Pero no podía hacerlo, no podía tomar una decisión, no era capaz de aceptar la responsabilidad que eso significaba. Sólo podía derramar lágrimas de pesar que resbalaban por sus mejillas ardientes como los ríos de lava que corrían por la ciudad.

Era noche cerrada cuando consiguió serenarse, cuando sus lágrimas se secaron y su cuerpo entumecido se relajó. Se levantó de su incómoda postura y encendió una vela, sus manos sostuvieron con delicadeza el medallón que tanto significaba para él, el dragón de cinco cabezas parecía mirarlo con simpatía, como si le estuviera diciendo que estaba dispuesta a darle otra oportunidad. Estaba bien, estaba a salvo. Estaba en el hogar de su diosa, allí nada malo podía sucederle mientras ella sonriera para él. El peligro que esa hechicera desconocida representaba era una sombra nefasta que se cernía sobre ellos pero en sus manos estaba el poder para detenerla, tal vez no la sabiduría, ni la presencia de ánimo, ni siquiera el valor pero sí el poder, la posibilidad. No podía quedarse tumbado en su habitación lamentándose por su suerte, tenía que actuar y, si no era capaz de tomar decisiones él solo pediría ayuda a sus mayores. Marus le aconsejaría, lo ayudaría a buscar en su interior la respuesta que él no conseguía encontrar. Iría a verle inmediatamente.

Velien no se detuvo a pensar en la hora que era, necesitaba que el consejo fuera inmediato, antes de que tuviera tiempo de pensarlo mejor y arrepentirse de su decisión. Caminó deprisa por los amplios pasillos del Templo de Luerkhisis y no se sorprendió por la cantidad de gente que se cruzaba en su camino a horas tan altas de la noche, casi todos iban en su misma dirección y caminaban cabizbajos, sin hablar, mirando a su alrededor con suspicacia. La puerta de la habitación de Marus estaba llena de gente y el joven acólito que ahora lo servía les pedía amablemente que se marcharan, cuando vio acercarse a Velien la cara del joven humano se puso roja. En sus ojos se leía que hubiera deseado impedirle pasar pero que no tenía coraje para hacerlo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Velien con un hilo de voz, entrando en la habitación sin pedir permiso.

El joven le siguió y cerró la puerta tras él. Había muchos sacerdotes en la estancia, Marus estaba en su cama, tumbado boca arriba, con los ojos piadosamente cerrados y una expresión de paz en el rostro.

—Marus ha muerto.

miércoles, 22 de junio de 2011

El vidente

–Dígame la buena fortuna.
El vidente agarró la mano de su cliente. Le temblaba el pulso.
–¿Qué ve? –preguntó la muchacha.
El viejo adivino contuvo la respiración. Tendría que Enlacementir. Otra vez.
–En breve conocerás el amor.
La jovencita, emocionada, dio un respingo.
El vidente también.
No entendía porque la línea de la vida de todos sus visitantes terminaba al anochecer.
Tampoco que un día más tarde se reanudara.

Muy pronto, publicado por 23escalones, Para mí tu carne.

Antonio


El pulso de Antonio estaba desbocado, no conseguía calmarse ni aún sabiendo a ciencia cierta que el tío Paco estaba cargado de cadenas. Apretó con fuerzas el atizador del fuego que llevaba en la mano izquierda mientras giraba lentamente el oxidado y chirriante pomo de la puerta. Allí estaba el engendro redivivo, todavía recordaba el alivio que sintió cuando la vida abandonó al viejo facha y el día que lo enterró con sus propias manos. Pero parecía no haber muerto realmente. En sus ojos acuosos, carentes de vida, creyó adivinar el destello del reconocimiento, del odio. Su atávica enemistad seguía latente. Blandió, con tanta determinación como su pulso de anciano nervioso le permitía, el arma improvisada. El ser, cuyo proceso de descomposición no se había frenado, enseñó los dientes y la pestilencia de su aliento casi le hizo retroceder. Sacando fuerzas de flaqueza avanzó, levantando el hierro sobre su cabeza para conseguir más fuerza al primer impacto, hacia el encuentro definitivo con su antagonista.


Próximamente, en la editorial 23 escalones, PARA MI TU CARNE, primera antología de relatos zombis de Sevilla Escribe

Carmela


Carmela estaba profundamente preocupada. Todo cuanto le había contado Patricia Vázquez sobre cadáveres saliendo de sus tumbas, venciendo a la muerte y atacando con furia a los vivos, daba explicación a la aparición postsepultum del tío Paco. Fuese lo que fuese lo que había causado ese horror, también había llegado a Valdezampoñas. La pequeña aldea perdida, olvidada de Dios y de los hombres, tampoco escapó de lo que llamaban el Fin del Mundo. Pero Carmela se negaba a aceptar que las cosas que le habían contado se ajustasen a la realidad.

El tío Paco la había reconocido, estaba segura. Aún quedaba algo en él dentro de aquella pútrida carcasa y ella se encargaría de recuperarlo tan pronto como supiese como. Lo que no podía permitir, bajo ningún concepto, era que Patricia Vázquez y sus amigos supiesen que estaba allí. Si de algo no le quedaba la menor duda es que no les temblaría el pulso para mantener lo que pensaban que sería su seguridad.


Próximamente, en la editorial 23 escalones, PARA MI TU CARNE, primera antología de relatos zombis de Sevilla Escribe.

La sombra de la higuera.


Los pescadores evitaban ese lugar, allí donde el riachuelo hacía un meandro rodeando una frondosa higuera, allí nunca nadie pescó nada. Era un sitio perfecto, pero cuantos lo intentaron volvieron con las manos vacías. Ni carpas, ni barbos, ni percas. ¿Que agitaba las aguas?… Quizás era el refugio, del último esturión salvaje de Andalucía.


Micro originariamente pensado para las Ecoagendas de la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía 2011)

Tiempos Oscuros (Libro I, Capítulo IX)

Libro I: Sanction
Capítulo 9
Come out


—Capitán Picard.

Una voz suave se abrió paso entre las ensoñaciones del capitán de la guardia del Templo de Duerghast y lo conminó a abrir los ojos. No era la voz entrecortada del soldado Guilht ni la chillona del teniente Kellye. La voz que lo llamaba suavemente tenía un timbre bajo y sonaba tímida y atemorizada. Unos dedos largos y finos rozaron su hombro con delicadeza sin atreverse a sacudirlo para que se despertara. Un segundo después el capitán de la guardia tenía los ojos abiertos y la espada desenvainada apuntando a la garganta de su inoportuno visitante, aunque si este hubiera querido atacarle habría tenido tiempo más que de sobra para hacerlo.

El elfo se encogió hacia atrás al ver la reacción del capitán, que se tranquilizó al instante al descubrir quién era el que interrumpía su siesta habitual.

—Mis disculpas, mi señor —dijo el capitán Picard con respeto envainando la espada—. Hay rumores de que unos intrusos han conseguido colarse en la prisión y, aunque estamos a punto de atraparlos, toda precaución es poca.

—Lo sé —Velien no pudo evitar mirar de reojo a su alrededor, asustado, como tampoco podía evitar temblar como una hoja en medio de un vendaval ni pasarse la mano por el esbelto cuello recordando la fría hoja de la espada que había tenido apoyada en su garganta.

—¿Qué puedo hacer por vos, mi señor? —preguntó el capitán Picard al ver el estado de nerviosismo en el que se encontraba el clérigo—. ¿Ya habéis terminado vuestra tarea?

—Creo… hay… alguien… abajo —la voz de Velien salía entrecortada y en un tono mucho más bajo del habitual.Respiró profundamente y se animó a continuar—. Un ruido rompió mi concentración y vi varias figuras de aspecto sospechoso… al final corrieron hacia el fondo del pasillo que lleva a la zona de máxima seguridad. Tal vez buscaban alguna salida secreta.

El capitán Picard se levantó de un salto.

—¿Eran magos?

Velien dudó un momento y su mano se volvió a acariciar involuntariamente el cuello.

—No estoy seguro. Podrían ser magos y guerreros. Oí las palabras de un hechizo pero también vi el fulgor de las espadas. He subido a avisar en cuanto he podido. Creo… creo que pueden ser peligrosos.

¿Qué habría visto el elfo que lo había asustado tanto? Se frotaba las manos sudorosas en las caderas y acto seguido se las llevaba al cuello en un gesto instintivo que el capitán Picard pensó que era de protección. El elfo sudaba copiosamente y su mirada parecía estar más atenta a lo que sucedía a su espalda que a la mirada inquisitiva de su interlocutor.

—Muy bien, señor. Tranquilizaos. Ahora todo queda en mis manos. Enviaré a una patrulla de reconocimiento inmediatamente y los atraparemos. ¿Hacia dónde habéis dicho que se dirigían los intrusos?

—Corrieron hacia el fondo del pasillo. Creo que buscaban una salida. Me escabullí en cuanto pude.

—¿Cuántos eran?

—No sabría decirle, capitán. Dos… o tres. Alguno de ellos no parecía ser… mortal. No sé si me entendéis.

—Os entiendo… —la mirada del capitán bajó al suelo y se centró en sus pies durante unos momentos. La idea de enfrentarse a espectros no le gustaba demasiado pero ahora entendía qué era lo que podía haber asustado tanto al elfo—. No os preocupéis, señor. Me ocuparé de todo.

Velien asintió con la cabeza, pero no parecía más tranquilo.

—Con vuestro permiso, capitán, me gustaría regresar al Templo de Luerkhisis. Toda esta agitación me ha afectado más de lo que me gustaría. Mis superiores lo comprenderán.

El capitán Picard esbozó una sonrisa de superioridad antes de hacerle una reverencia al clérigo oscuro.

—Esos débiles elfos —pensó—, se supone que los clérigos de la Reina Oscura tienen toda clase de contactos con los espectros y las criaturas del Abismo. Soy yo el que debería estar asustado y mira, el valiente capitán Picard va sin temor al encuentro del fantasma.

Sin embargo, a pesar de las bravuconerías con las que intentaba animarse a sí mismo, el capitán Picard no pudo evitar que sus manos temblaran cuando llamó a sus soldados. Inmediatamente, una nutrida patrulla se dirigió con rapidez hacia las celdas de máxima seguridad de la prisión.

Velien observó cómo los soldados, con el capitán Picard al frente, se alejaban hacia las profundidades del Templo de Duerghast y esperó en la puerta de la estancia hasta que el último de ellos hubo desaparecido de su vista. Se dio la vuelta y comenzó a avanzar por el pasillo lentamente, consciente de que las sombras se separaban de la pared y caminaban en pos de él.


Mira bien el hacha, elfo, un movimiento en falso, una palabra equivocada y la tendrás clavada en tu garganta.

—No sé mentir. Lo siento. Aunque quisiera no podría hacerlo. Me tiemblan las manos y me sudan. El capitán lo notará enseguida —había protestado el elfo.

—No te pido que mientas, estúpido. Simplemente selecciona la verdad que vas a contar. Y recuerda que oiré cada palabra que digas.


Los pequeños ojos grises de la enana no estaban bromeando y Velien esperaba que el capitán Picard no hubiera notado que se acariciaba su desprotegido cuello demasiado a menudo.

El clérigo caminaba despacio por los oscuros pasillos, deseando que alguien saliera de alguna de las innumerables puertas que llenaban el Templo de Duerghast y descubriera a los peligrosos bandidos que lo amenazaban, pero los pasillos estaban extrañamente vacíos. Parecía que los reflejos anaranjados que desprendían las piedras que los intrusos llevaban al cuello alejaban a los habitantes del Templo de las dos figuras que acechaban en las sombras.

«Si hubiera sido más valiente» —pensaba Velien con remordimientos—, si hubiera hablado con el capitán Picard y le hubiera dicho que los intrusos estaban detrás de él, amenazándolo de muerte si no les obedecía, ahora los bandidos estarían presos y él estaría probablemente muerto pero habría cumplido con su deber. Aquellos ladrones habían robado una de las peligrosas criaturas de Takhisis con cualquiera sabía qué espantoso fin. La habían robado para una hechicera desconocida que posiblemente la utilizaría para destrozar todos los planes que la Reina de la Oscuridad estaba forjando para su regreso glorioso a Krynn. El destino de los deseos de Takhisis estaba en peligro y él no hacía nada por evitarlo, sólo se había echado a temblar ante la posibilidad de perder su miserable vida y había rechazado con ello la posibilidad de salvar ¿Qué? ¿Cuál era la amenaza que realmente representaba esa criatura transformada en huevo? ¿Podría impedir el retorno de la Reina Oscura al mundo? ¿Destruiría los ejércitos aún no formados? ¿Sería la clave que llevaría a una nueva derrota de su diosa?

El camino a través del Templo los llevó hasta la sala de entrenamientos, dentro no podía haber más de una docena de soldados, a juzgar por los sonidos que salían de ella. La puerta estaba cerrada y Velien dudó entre dar un grito que alertara a los soldados o continuar el camino hasta el patio. Thera no lo dejó decidirse. Salió de las sombras que la ocultaban y se acercó a Velien armada con el hacha de mano.

—Lo estás haciendo muy bien, elfo. Estamos muy contentos contigo. Ahora va a llegar la parte más complicada así que esfuérzate en hacerlo bien y recuerda que te estoy apuntando directamente a la garganta.

Velien asintió tragando saliva y avanzó por el solitario pasillo en silencio. A pocos metros se encontraba ya la puerta que llevaba hasta el patio. A esa hora del atardecer, se encontraban normalmente abiertas para permitir el paso de los soldados que entraban o salían de su cambio de guardia, pero una pareja de soldados las custodiaban exigiendo los papeles identificativos a todos los que entraban o salían por ellas.

Los guardias de la puerta no habían salido corriendo junto a su capitán en busca de los intrusos sino que permanecían en su puesto, atentos para detener a cualquier sospechoso. Dos soldados intentaron entrar y a pesar de su uniforme y de que los guardianes de la puerta los conocían tuvieron que enseñar su pase.

Velien cogió aire. Los soldados no le harían nada, eran sus aliados, la fuerza de Su Oscura Majestad. El peligro le acechaba en las sombras, a su espalda.

Avanzó unos pasos. Era el momento de ser valiente. Tenía que sobreponerse  a su miedo y saca de dentro de sí todo el coraje que un clérigo de la Reina Oscura debía demostrar. Era el momento de hacerlo. Velien cerró los ojos, rezó una breve plegaria a su diosa aun sabiendo que no sería contestada y, sin detenerse un segundo a pensar en lo que estaba haciendo, salió corriendo hacia la puerta.

—¡Ayudadme! —su grito alertó a los que hacían guardia en la puerta—. ¡Están ahí! ¡Los intrusos! ¡Ayudadme!

Los hombres, al ver la asustada figura negra que se les venía encima desenvainaron las espadas y le detuvieron el paso. Velien miró hacia atrás sin ocultar el miedo que sentía y señaló repetidamente las sombras.

—¡Están allí! ¡Los intrusos! ¡Son dos y están armados!

—Vosotros, id a investigar a ver qué pasa —ordenó uno de ellos mientras sostenía al desencajado elfo—. Yo me quedaré con el clérigo.

Los soldados, sobre todo los que no estaban de servicio, obedecieron rezongando por lo bajo, y desparecieron entre las sombras del pasillo con las espadas en la mano dispuestas a atacar. Apenas unos segundos después se oyeron ruidos de lucha, el batir de espadas y jadeos entrecortados. Poco después se hizo el silencio.

—Ya está, señor. Dos intrusos escurridizos no son nada para nosotros. Podéis estar tranquilo y volver a...

El hacha surgió de la nada y se precipitó hacia ellos sin que tuvieran tiempo de reaccionar. El pesado mango golpeó con tanta fuerza la cabeza del soldado que este cayó al suelo ante la mirada atónita de Velien. Surgiendo de la oscuridad que la había ocultado, la ruidosa figura de Thera salió corriendo hacia él y, sin dedicarle una mirada, recuperó su arma.

—Bueno —comentó la enana con sorna—, no ha sido como lo habíamos planeado pero ha funcionado. La puerta abierta y el camino libre.

—¿Os encontráis bien? —preguntó Ulric al elfo cuando llegó junto a ellos.

—Sí, gracias —contestó Velien sorprendido por la amabilidad del caballero y acariciándose inconscientemente el cuello.

—¡Vamos chicos! Ya sólo nos queda atravesar el patio y la puerta de hierro de la muralla.

—¿Quedarán muchos soldados en el patio? —preguntó Ulric a Velien.

—No… No sé. Nunca me he fijado. A mí me dejan pasar sin problemas —balbuceó el elfo—. Claro que nunca me he encontrado con la alarma de que hay intrusos en Duerghast.

—¿No suelen entrar mercenarios a liberar prisioneros? —preguntó Ulric mirando a Thera como si quisiera partirla en dos.

—No, normalmente no —contestó Velien—. Son pocos los que se atreven a entrar y son capturados rápidamente por la guardia de la prisión. No sé de nadie que haya entrado y salido del Duerghast con éxito.

—Nosotros –les interrumpió Thera con satisfacción.

—Nosotros aún no hemos salido —respondió Ulric.

—Un detalle sin importancia —comentó Thera, impaciente—. Vamos, dejaros de cháchara y salgamos de aquí. Este lugar me pone los pelos de punta. Este es el nuevo plan: si nos encontramos con alguien en el patio, somos mercenarios nuevos que acabamos de terminar turno y nos vamos a la taberna más cercana. Venga elfo, tú delante, que yo vea con quien hablas y ya has visto cómo manejo el hacha.

—¿El hacha no iba dirigida a la garganta del elfo? —susurró Ulric por lo bajo—. La verdad es que pensándolo bien has mejorado bastante tu puntería.

—¡Calla Ulric! Que lo tenemos acojonado y lo vas a estropear. Deja que el pobre elfo crea lo que nos conviene. ¿Llevas el huevo?

Ulric asintió con la cabeza señalando el zurrón.

—¿Y al mago? —Ulric volvió a asentir—. Bien. Entonces vamos, que el elfo ya habrá recorrido la mitad del camino.

Pero Velien se había quedado bajo el dintel de la puerta, mirando los pocos metros que lo separaban de la puerta de salida del Templo.

—Bueno, hemos llegado al final —comentó Thera poniéndose a su lado—. Nuestros caminos se separan si te portas bien, elfo. Tú sal por la puerta, atraviesa el patio con seguridad y te marchas por la puerta principal, todo eso sin mirar atrás una sola vez. Ah, y antes de marcharte da un poco de conversación a los guardias.

—¿Por qué lo hacéis? ¿Qué ganáis con todo esto? —Velien se volvió hacia la enana con los ojos brillantes e inquisitivos.
Thera lo miró, sorprendida por la intensidad de su mirada.

—Dinero, por supuesto. ¿Qué otra cosa podría ganar?

—También ganarías dinero sirviendo a Takhisis —sugirió el clérigo.

—Es posible, pero no me he comprometido con ella —replicó Thera—. Mira, lo único que estoy haciendo es cumplir mi contrato. Si te das cuenta no hemos hecho daño a nadie, algún guardia se ha llevado un chichón en la cabeza y algunos rasguños en cumplimiento de su deber y tú un buen susto pero nada que no se cure en un par de días. Tu Reina Oscura no puede recriminarnos nada y, si hemos destrozado ese bicho que nos llevamos, creo que precisamente tú estabas haciendo lo mismo así que, en cualquier caso, lo único que hemos hecho es ahorrarte trabajo.

—¿Y las consecuencias? ¿No habéis pensado en eso? ¿Y todo el daño que va a desatar cuando entregues esa criatura a quien sea que te haya contratado?

Thera frunció el ceño. Las consecuencias no eran de su incumbencia.

—Es una bruja negra así que tampoco creo que esté demasiado lejos de vuestros intereses, clérigo negro. Te aseguro que no me gusta trabajar para los magos y que hubiera preferido no hacerlo pero la bruja paga bastante bien y yo necesito el dinero.

Thera hizo una pausa, como si estuviera considerando algo.

—De todas formas —continuó—, si quieres recuperar el bicho y me haces una buena oferta estoy dispuesta a escucharla. Piénsalo. Pregunta por mí a Reko, el posadero de Las Cerezas, ¡Vamos, Ulric!

La enana y el caballero salieron corriendo hacia las callejuelas cercanas ante la atónita mirada de Velien. ¿Había dicho eso en serio? ¿Iba a incumplir su contrato con la hechicera si él le ofrecía más dinero? ¿Realmente estaba dispuesta a hacer eso? Se preguntó si aquella chica era increíblemente valiente o totalmente inconsciente. Y también supo que no quería saber la respuesta.

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