miércoles, 30 de julio de 2008

Popurrí en el Belén

—María, ¡en el portal de Belén han entrado los ladrones y me han robado los calzones! —dijo José enseñando sus piernas desnudas.

—¡Por Díos José, tápate! —gritó María—. ¿No ves qué tres nobles de Oriente, reyes y además Magos, nos visitan? Anda —dijo señalando al fondo del portal—, tápate con mis cortinas donde mis peines de plata fina.

José, colorado, entró en la habitación que le había señalado María. Al rato salió con una cortina reliada en sus piernas.

—Siento lo de antes —se disculpó José haciendo una leve inclinación—, pero le tenía cariño a esos calzones porque yo los remendaba, yo los remendé, yo le eché un remiendo y yo se lo quité.

Los Tres de Oriente se miraron.

—Como le decíamos a su esposa, venimos de Oriente a adorar al niño Dios que ha nacido en Belén. Le traemos presentes. Oro, Mirra e Incienso.

—Es un honor que esta humilde familia no merece —dijo José.

— ¿Que no lo merece? ¡Pues claro que sí, hombre! ¡Eso y más! —replicó con euforia Gaspar—. Como prueba de ello, mis compañeros Melchor y Baltasar, y yo, Gaspar, nos comprometemos a encontrar tus calzones remendados.

¡Vamos compañeros!

***


—Gaspar, qué impulsivo eres —habló resignado Melchor—. ¿Y ahora dónde vamos a buscar los calzones?

—No te preocupes —contestó decidido—. Vamos al castillo y pidamos ayuda a Herodes.

—¡Qué gracioso eres! —dijo con ironía Baltasar—. ¿Acaso sabes dónde está?

—Desde luego sí que pareces hombre —replicó Gaspar—, ¿tanto te costaría preguntar?

Gaspar, se dirigió hacia un pastor que descansaba a la vera de un romero florecido.

—Amigo, ¿cómo puedo ir al castillo de Herodes? —preguntó.

—Siga el camino de luces amarillas… —contestó el pastor.

—Gracias.

***


Los tres montaron en sus camellos, de cuyas riendas tiraban los pajes. Tomando un camino de arena y serrín, iluminado por pequeñas luces que de vez en cuando parpadeaban, llegaron ante las puertas del castillo donde Herodes tomaba el fresco.

—Señor —saludó Gaspar—, somos tres nobles de Oriente en misión especial. Necesitamos toda la ayuda que nos pueda prestar.

—Díganme —replicó Herodes—, y veremos lo que podemos hacer.

—Pues tenemos que capturar a un ladrón que nos ha robado un preciado calzón —dijo Gaspar.

Herodes un poco perplejo, como pudo salió al paso.

—Lo siento, pero ahora no puede ser. Tengo todos los soldados a la búsqueda de una burra cargada de chocolate.

Gaspar, desilusionado, se dio media vuelta y se montó en su camello.

—Vayamos a la posada, a ver si allí saben algo.

***


La posada del pueblo estaba repleta de gente y el ambiente era cargado. Nada más entraron los tres, los parroquianos enmudecieron.

—Necesitamos ayuda —suplicó Gaspar—. Alguien se ha llevado sin permiso un calzón y necesitamos recuperarlo.

Los clientes le miraron. Se escuchó alguna risa por lo bajo y algún que otro comentario que mejor no recordar. Pero en un rincón un borracho habló.

—Buscad… hip… al “cagonet” —dijo—. Me parece… hip… que esta vez… hip… ¡no le dio tiempo a llegar a la letrina!

—Gracias buen hombre. —Y salieron de la posada.

Se dirigieron hasta donde estaban las letrinas. Esta vez no les hizo falta preguntar, ya que por el olor se encontraban fácilmente. Un mozo estaba limpiándolas a la par que resoplaba.

—Buen hombre —le interrumpió Gaspar—, estamos buscando al “Cagonet”, ¿no lo habrá visto usted?

—¡Pues no lo he visto, pero sí que lo huelo! Será… —respondió bastante enfadado—. Buscadlo en el río, suele ir allí cuando no le da tiempo ni a bajarse los calzones.

—Gracias por su ayuda —dijo Gaspar—. ¡Baltasar! dale un poquito de incienso para hacerle su trabajo más llevadero.

***


Los tres Reyes Magos se fueron camino del río siguiendo el rastro de olor. En la orilla, cinco lavanderas gritaban.

—Queridas mujeres, ¿por qué gritan? —preguntó Gaspar.

— ¿Pues no lo ve usted? —respondió preguntando—. El “cagonet” vino al río a lavarse los calzones, pero como los peces se han bebido toda el agua se los quitó y los tiró en el balde encima de nuestras ropas —dijo señalando un barreño—. Como lo cojamos… Parece que se fue hacia el monte en busca de los pastores.

Gaspar, azorado por la situación, se dio media vuelta. Y los tres se fueron caminito del monte.

***


Los tres Reyes de Oriente sentían que estaban cerca del ladrón —la verdad era que no le quedaban muchos más sitios en los que buscar— y pensaban que seguramente los pastores sabrían dónde estaría.

El camino resultó más escarpado de lo esperado, pero ayudándose de unas lianas verdes que unían unas extrañas luces rojas parpadeantes lograron superar el escalón que había entre la caja de zapatos y el tambor de detergente.

Cuando llegaron, el revuelo entre los pastores era evidente. Todos gritaban increpando a un pequeño hombre encogido a la luz de las llamas.

—¿Qué pasa aquí? —gritó Gaspar—. ¿Qué ha hecho ese hombre para asustarlo así?

—¡¿Que qué ha hecho?! —dijo un pastor ¿con alas?—. Pues que en un descuido ha robado el puchero donde estos pastores estaban calentando agua. Y como si tal cosa fuera poco, ha cogido el algodón del árbol donde me he aparecido a esta buena gente, lo ha empapado en el puchero y lo ha usado de esponja. ¡Vamos, ni usando lejía Paloma lo vuelvo a ver blanco!

—¡Entonces este hombre debe de ser el “cagonet”! —se alegró Gaspar—. Llevamos toda la noche buscándolo ¿por casualidad no le habréis encontrado un calzón? Es del bueno de San José al que se lo ha quitado.

El ángel —pues eso era el pastor con alas— contestó:

—Sí, en el zurrón llevaba éste todo remendado —dijo mientras se lo tendía—. ¿Pero no está un poco viejo?

—Yo pienso que así es, pero San José lo tiene en mucha estima —contestó Gaspar encogiéndose de hombros—. Gracias por encontrarlo. Ahora mismo vamos a devolvérselo.

El ángel se volvió hacia los pastores.

—Seguid a estos buenos hombres que van hacía el portal donde ha nacido el niño Dios.

Todos los presentes, salvo el ángel que desapareció, se dirigieron en fila hacía el portal.

***


La noticia de que el niño Dios había nacido en un portal, se había corrido ya por todo el pueblo. Cuando los tres Reyes Magos llegaron acompañado por los pastores y el “cagonet” sin calzones, se encontraron a las lavanderas, panaderos y campesinos llevando presentes, y a lo lejos vieron a las muñecas de famosas dirigiéndose al portal.

—San José —habló Gaspar—. Como le prometimos, le traemos sus calzones. Fue el “cagonet” quien los cogió por causa de una necesidad.

—Gracias nobles de Oriente. Nunca pensé que me los volvería a poner —dijo San José sonriente y el niño, desde la cuna, dio un gritito de alegría.

Entre tanta felicidad, un rugido de tripas se escuchó.

—¡Oh no, otro retortijón! —gritó el cagonet.

La mula relinchó, el buey bufó. Los pastores corrieron. Las lavanderas gritaron. Los niños lloraron. Pero la virgen María, serena y tranquila, primero en mirra y luego en incienso, un pañal empapó.

—Anda corre detrás del romero y ponte esto —dijo tendiéndole a la par el pañal—. A partir de hoy ya no sólo abonarás las flores, sino que olerás a esencias orientales.

El “cagonet” con lágrimas en los ojos no fue capaz ni de dar las gracias. Y entre panderetas y zambombas la noche se volvió de paz y amor.


Autor: Francisco Jesus Franco Díaz (francoix)


Correo electrónico: francoix10(arroba)hotmail.com

viernes, 25 de julio de 2008

La vejez

La naturaleza muerta,

que reposa después del atardecer,

no cesa de mirarme,

sólo quiere verme envejecer.

Las tristes hojas

en el suelo quedan ya para el olvido.

Mi maltrecho cuerpo

reposa tranquilo disfrutando lo que ha vivido.


El poeta no nace, se deshace.

Autor: Rafael De Alba Rodríguez (Morti)

Correo electrónico: john_difool(arroba)hotmail.com

sábado, 19 de julio de 2008

¿Por qué leer -o escribir- fantasía?

Este vídeo de George R.R. Martin ( autor de la larga saga "Juego de tronos") pretende dar una respuesta a tan existencial cuestión.




Yo me apropio de su última frase para grabarla, con letras de oro, sobre el escudo de armas que coronará la chimenea del salón principal de mi torre , en el centro de mi propia ínsula, aún por conquistar:

"Pueden quedarse con su Cielo.
Cuando muera, prefiero ir a la Tierra Media"

martes, 15 de julio de 2008

Entelequia



ILUSTRACIÓN: Nogales


TEXTO: Ángel Vela

Bendecido por la inocencia, maldecido por la razón (inicio de novela)

OBSESIÓN



Solo cuando hemos dejado de esperar aquello que anhelamos, somos capaces de sentir el verdadero valor de su llegada. (1)

(1)Extraído del libro de poemas “Al surcar en peregrinaje caminos de espinas”, del erudito y poeta Lanaiel.


Aquella mañana, tras dar fiel cumplimiento a las tareas impuestas por sus mayores y exenta ya de toda labor, la campesina corrió hacia la puerta que daba a la calle y, aferrándose con ambas manos al pomo, consiguió su anhelado propósito en el primer intento. Así fue como, libre de ataduras, este inquieto espíritu salió presuroso al exterior, y mientras realizaba la rutinaria revisión de un entorno que había permanecido prácticamente inmutable durante sus cuatro años de existencia, descubrió algo que la llenó de júbilo, quedando enaltecida su emoción al verse vivamente condicionada por el grato recuerdo que hará unos meses nació del encuentro con una visión similar.

Sin saber cómo ni por qué, allí estaba, esperándola, ofreciéndose íntegro a ella. De este modo, lo que hubo de ser acogido por las gentes de la aldea como una gran desgracia, se mostró, debido a la falta de sentido propia de los pocos años, como algo providencial.

Quiso el destino que la tarde anterior fuera el momento señalado para que convergieran los siguientes sucesos, estando cada uno de ellos llamado a ser un claro condicionante de su origen. Un origen que, dadas las circunstancias, era tan insólito como contraproducente.

A medida que, con visible demora, fueron llegando a la aldea las exiguas provisiones que habían de ser repartidas con ecuanimidad entre los habitantes, comenzaron a verse en el cielo los primeros indicios de que el día tocaba a su fin. La carencia de fulgor de aquel sol macilento así lo anunciaba. Y al tiempo que éste se precipitaba inexorable en el horizonte, la agorera luna ocupaba con discreción su lugar. Al tomar conciencia de ello, los campesinos, alentados por el temor, redoblaron esfuerzos para remontar la acusada pendiente antes de que les fuera negado el amparo del astro rey. Y, cuando aquella labor estaba próxima a finalizar, la rueda del último carro se rompió, haciendo caer la carga con tan mala fortuna de que uno de los barriles, que contenía tan preciado elemento, rodó por la cuesta y, tras precipitarse contra una roca, se hizo pedazos, quedando el contenido a merced de la tierra.

De esta desgracia pasada que despertó lamentos y lágrimas no hubo de quedar más huella que los exiguos restos de un perecedero charco, que durante un breve espacio de tiempo dejaría aquel terreno embarrado. Sólo ella, entre los aldeanos, supo mirarlo con otros ojos, y presa de una emoción que no podía ser contenida, corrió hacia lo que tras la noche hubo de quedar de él y, arrodillándose en su margen, comenzó, con una deslumbrante sonrisa en los labios, a introducir sus diminutas manos para extraerle porciones de barro, con las que trató de recrear cuanto su imaginación le demandaba.

Largo rato permaneció allí, ajena al pasar del tiempo y entregada por entero a tan placentero juego, hasta que un intangible elemento externo llamó poderosamente su atención.

Una a una, como si cadenciosamente se desgranaran las uvas de un prominente racimo, llegaron hasta unos oídos fáciles de impresionar las notas llamadas convertirse en el preludio de una alegre melodía. Pero fue cuando tomó conciencia de que más allá de esos sonidos iniciales empezaban a entreverse los primeros signos de una canción, que alzó la cabeza y se quedó muy quieta buscando su procedencia, la cual no podía ser otra que la mansión que sobre el risco regentaba el Señor de Bánum.

Pese a todo, esta situación duró un instante ya que, alentada por la sucesión de vivaces acordes, rauda se puso en pie; y dentro del charco comenzó a bailar mientras sin demasiado éxito trataba de tararear aquella alegre y compleja melodía que hubo de acompañarla esporádicamente durante su primera infancia; habiendo ésta de transcurrir con toda la felicidad permitida por sus privaciones, ajena a las vicisitudes que habría de traer consigo el paso de los años.

MATICES


Cuán desconcertante resulta comprobar el grado de dualidad
que puede mostrarnos un acontecimiento
que siendo producto del infortunio consigue, a su vez,
verse bendecido por la inocencia y maldecido por la razón.


N. del autor: Pensamiento llevado a las letras por el médico que atendía a la familia que regentaba la desaparecida Casa de Ódrun tras ser testigo de cómo la señora de dicha casa cruzaba con su hijo menor las últimas palabras que le serían permitidas antes de que le sobreviniera la muerte.

Hacía ya tres días que el niño comenzó a apagarse lentamente, creció su lasitud y le abandonó la visión. Fue entonces cuando, pese a la ausencia de dolor, tuvo miedo. Pero éste se vio prontamente atajado por aquella borrosa sombra que, recostada sobre él, le hablaba con una dulce voz que en nada difería de la de su madre, la cual le refirió, con parsimoniosa quietud, una historia que, por su proximidad, perduraba en el recuerdo del niño. En ella se hacía mención de su abuelo recientemente fallecido, y de cómo había tenido que apartarse de ellos. Le contó que este fue tan bueno durante el transcurso de su existencia, que los dioses tuvieron a bien llevárselo para convertirlo en una estrella.

Sólo cuando este hecho fue referido, la dama se dispuso a seguir. Y mientras retenía con estoicismo el mar de lágrimas que se agolpaba en sus ojos, hizo ver al infante que debía estar contento, porque ahora era a él a quien pretendían premiar; muy pronto sería una pequeña estrella que ocuparía un lugar a su diestra.

Dicha aseveración hizo que aquel muchacho esbozara una apagada y sincera sonrisa de complacencia, tras la que se limitó a preguntar haciendo acopio de sus exiguas fuerzas: “¿Yo, al igual que el abuelo, no podré regresar?” A lo que la madre respondió: “No será necesario, ángel mío, tu padre y yo iremos muy pronto a verte”. Y satisfecho con la respuesta cerró los ojos, entregándose dulcemente a la muerte.

Aún cuando la vida se apagó del todo, hubo de perdurar plenamente en su rostro la luz de una expresión fruto de la más cándida inocencia.


Autor: Ángel Vela, "palabras"
Correo Electrónico: lanaiel(arroba)hotmail.com

viernes, 11 de julio de 2008

1984 (George Orwell)

Hace más de cincuenta años que apareció el título más conocido de este sorprendente e interesantísimo escritor, británico nacido en la India en 1903 y fallecido en Londres en 1950, y las décadas no han hecho más que corroborar su calidad de gran obra atemporal. Novela leída por ya varias generaciones, nada difícil de encontrar gracias a su treintena de ediciones en nuestro idioma, '1984' es por muchos considerada la más lograda e influyente distopía jamás escrita.


1984 es el año en que arranca el relato de Winston Smith, anónimo funcionario de un Estado totalitario dirigido por el 'Gran Hermano', figura semi-divina que encarna el poder absoluto al que sus manipulados súbditos deben lealtad hasta los más íntimos rincones de sus reducidas conciencias. La vida anodina de Smith -trabajador en uno de los ministerios que se encarga de rediseñar la Historia para hacerla coherente con la doctrina del omnipotente Partido- da un giro cuando conoce a Julia, una joven que aparenta seguir la línea oficial de pensamiento, pero que en realidad, y como él mismo, percibe y detesta lo aberrante del sistema político que los aprisiona. Juntos, y mientras comparten su amor, tratarán de sumarse a la Resistencia que sutil y discretamente urde una conspiración para devolver la libertad a sus conciudadanos.

Orwell es uno de esos personajes cuya misma vida bien merecería una novela. Militante marxista y voluntario republicano durante la Guerra Civil Española, pudo conocer desde muy cerca los entresijos y las verdaderas motivaciones de políticos y movimientos que, escudados en ideologías 'liberadoras', sólo pretendían suprimir unos poderes para sustituirlos por el propio. Saltan así a la vista las numerosas similitudes de forma y de fondo entre la dictadura descrita en su novela y las ejercidas por Hitler y, especialmente, Stalin (la apariencia del propio 'Gran Hermano' recuerda poderosamente a la del sanguinario dictador soviético). Conceptos hoy convertidos en tópicos de la abyección política son ingredientes fundamentales de esta obra: el control mental, la fanatización de las masas, la manipulación de la información, el estado policial represivo... elementos fácilmente reconocibles en la literatura y el cine fantásticos posteriores. La novela, erróneamente clasificada en ocasiones como de Ciencia Ficción, no gasta excesivas florituras formales. Posee por contra una prosa concisa y directa, deliberadamente fría a lo largo de casi todo el libro, lo que ayuda a evocar ese clima general de opresión claustrofóbica. Sobre tal marco, las pinceladas de humanidad y ternura destacan sobremanera en la oscuridad envolvente, recreando así una desesperanzada historia de amor de gran intensidad dramática.


Más allá de la historia de Winston Smith y de sus oprimidos congéneres, la obra posee un importante significado que el lector, sobre todo si la entiende como novela de CiFi, puede pasar por alto. El mismo título y su naturaleza de hipótesis anticipatoria nos hacen otorgarle ese mismo aire de ingenuidad que hoy encontramos leyendo la ciencia ficción contemporánea a su redacción. Es un error, sin embargo, considerarla como una profecía incumplida: ‘1984’ no es tanto un intento de predecir el futuro como una advertencia, dirigida a la sociedad de ayer, de hoy y del mañana, sobre los peligros del poder.

En definitiva '1984' es uno de esos títulos clásicos de permanente actualidad, harto recomendable para todos los interesados en profundizar en la condición política del ser humano.

sábado, 5 de julio de 2008

La Dama del Otoño

Yo tenía 14 años cuando sucedió. Me encontraba sola en aquella sencilla cabaña, donde pasaba las noches con mis padres desde que nos mudamos. Me hallaba sentada en una silla de madera, contemplando cómo las gotas de lluvia golpeaban con ímpetu el cristal de la ventana, donde tenía apoyada la cabeza. A unos 30 metros de la cabaña podía comprobar cómo las hojas de los árboles del bosque, parecían danzar bajo la lluvia al caer. Cerré los ojos y suspiré, y fue entonces cuando comencé a oír algo, una dulce melodía, cada vez más audible... Podría ser el sonido de un violín, pensé, y decidí abrir los ojos. De repente la música cesó. “Pero... ¿De donde provenía aquel sonido?” Sacudí la cabeza pensando que quizás no eran más que imaginaciones mías, e hice ademán de levantarme, mas algo me lo impidió, no podía moverme. ¿Qué me ocurría? Asustada, hice todo lo posible por moverme, pero ni siquiera pude gritar... Entonces, mis manos, haciendo caso omiso a mis deseos, se apoyaron en el cristal. Yo no tenía más opción que mirar a través de la ventana... Y fue entonces cuando la vi. Una joven de unos 24 años aprox. De cabello largo y rizado, de un color castaño rojizo, y tez clara, se hallaba tocando un violín, entre los árboles del bosque. De repente sentí el deseo de salir de la cabaña y verla de cerca... Para mi sorpresa, podía moverme, así que fui corriendo a la puerta y la abrí. Ella dejó de tocar el violín y pude distinguir cómo una sonrisa se dibujaba en sus carnosos labios. Y abrió los ojos, sentí que se me cortaba la respiración, me miró... Y luego me dio la espalda, adentrándose en el bosque. Yo no debía seguirla, lo sabía, pero la curiosidad era tal que no pude oponerme al deseo de seguirla... Y a pesar de la fuerte lluvia, salí. Ella caminaba con elegancia y lentitud, y yo la seguía a pocos metros. Creo que pasaron 20 minutos caminando tras ella cuando se detuvo ante un montículo de hojas secas. Se volvió hacia mí, tenía unos ojos verdes preciosos, y señaló el montículo con una de sus delicadas manos... Y de nuevo no pude moverme, los miembros de mi cuerpo actuaban solos. Caminé, en contra de mi voluntad, hacia donde ella señalaba, y comencé a echar las hojas a un lado y a otro, con las manos. Ya había amainado, pero las nubes teñían el cielo de un color gris, aún. Continué quitando hojas mientras ella me observaba, hasta que di con algo duro y frío... De repente, algo me empujó hacia atrás, haciéndome caer al suelo. Confusa, alcé la mirada y la vi quitando las hojas restantes, yo ya podía moverme, y al parecer, pensar de manera más razonable: ¿Qué hago aquí? ¿Quién es ella? ¿Qué es esto?... Ella se volvió hacia mí, llevándose el dedo índice a sus labios, y se apartó, dejando ver una piedra, algo parecido a una lápida... Entre las hojas secas. Confundida, me acerqué gateando, y pude leer... ¡Mi nombre!

Oscuridad. Desperté, en mitad de una noche de lluvia y tormenta. Me hallaba en mi habitación, en mi cama. Debido a la reciente mudanza, aún estaban mis “posesiones” en cajas, en una de las esquinas del dormitorio; en el centro, se ubicaba mi cama, un colchón sobre una tabla de madera en el suelo, en el cual me encontraba yo, sentada. Sacudí mi cabeza: “Vaya, solo fue un sueño”, me puse en pie, el camisón se me pegaba al cuerpo a medida que avanzaba hacia la cocina a por un vaso de leche. Tras bebérmelo, me dirigí al cuarto de baño, y antes de lavarme la cara contemplé mi rostro cansado, con el pelo castaño y largo alborotado, cayéndome por los hombros. Tenía los ojos hinchados. Abrí el grifo, y me lavé la cara con agua fría, y tras secármela, volví la mirada al espejo, mas no vi mi reflejo. Me eché hacia atrás, asustada. ¡No era yo, sino la dama del bosque la que imitaba mis movimientos en el espejo! Se fue la luz, y el reflejo se desvaneció. Quise gritar y no pude, y de nuevo comencé a oír el sonido del violín. A medida que se hacía más audible la melodía, la intranquilidad y miedo que sentía fue sustituida por un sentimiento de calma. Comencé a caminar, descalza, hacia la puerta que daba al exterior, no por voluntad propia, mas no puse resistencia, algo me lo impedía. Abrí la puerta, la dama no se hallaba entre los árboles como la otra vez, pero continué caminando, adentrándome en la espesura del bosque. La lluvia golpeaba con fuerza mi rostro al caer. No sé durante cuánto tiempo estuve andando. Tenía frío y tiritaba, estaba cansada... Entonces la vi, sentada sobre un banco de piedra, tocando el violín. A pesar de mi estado y el ambiente, ella estaba impecable, vestía con un largo vestido morado, en cuya parte superior llevaba una especie de coraza o corsé negro, muy ceñido al cuerpo; el cabello castaño rojizo le caía a ambos lados del rostro. Cuando me hallaba tan sólo a unos centímetros de ella, se detuvo la melodía, abrió los ojos y me sonrió, invitándome a sentarme junto a ella. Lo hice sin dejar de mirarla, me ofreció el violín, el cual acepté y comencé a tocar. Mientras ella me observaba, mi mente era presa de un torbellino de pensamientos “¿Desde cuando se tocar el violín? ¿Qué hago aquí? ¿Es esto real? Y ella... ¿Quién es ella?”. La miré sin dejar de tocar con el instrumento la melodía que anteriormente había oído de aquella dama, quien sonriendo, habló. Su voz era dulce y cautivadora, al igual que su estampa: “Ha llegado la hora de que ocupes por fin mi lugar, tuve que esperar 247 años... Mas ya podré descansar en paz.”

Esto es lo único que logro recordar de aquella dama, han pasado ya 98 años y sigo aparentando mis 14. Duermo, ausente del mundo que me rodea, junto a la lápida que ella me mostró, y despierto durante un periodo del año, para dirigirme al banco donde oí su voz por primera vez y tocar la melodía que me enseñó... Los pocos que han conseguido verme, cuentan historias y leyendas en las cuales me hacen llamar “La Dama del Otoño”.


* Ganador del primer premio de prosa del Certamen Luis Cernuda convocado en el Centro Calasancio Hispalense de Montequinto

Autora: María Beltrán Catalán (LadyLuna)

Blog personal: http://sf-silence.blogspot.com/

jueves, 3 de julio de 2008

Visiones 2008

Paso a copiar la nota difundida por el comité seleccionador del Visiones 2008:


Una vez concluido el proceso, el Comité Seleccionador del Visiones 2008 ha decidido que los relatos integrantes del volumen sean (listados por orden alfabético de autor):


Igual que refulgen las almas, de Elena Alonso Frayle
La imposible mujer menguante, de Claudio Amodeo
Hadas negras, de Fracisco Jesús Franco Díaz
Oddvillage, de Ángel Guardiola Gómez
Patricia y la caja IOOP, de Enric Herce Escarrà
357, de Jesús Jiménez Cáñada
Topacio, de Graciela Lorenzo Tillard y Fabio Ferreras
Hija de la gran musa, de Sergio Macías García
El rastro perdido, de José María Pérez Hernández
Sacrum Cosmica, de Daniel Pérez Navarro
El último pozo, de Laura Quijano Vincenzi
La Fundación, de Inmaculada Rumbau Talens
En honor a Saram, de Andrés Torralba Ureña
Ramas, de José Ramón Vázquez Peñas
Tafiofobia, de José Ramón Vila Martínez


La portada será obra de Ricardo Adriansen


Todos los autores deben haber recibido un mensaje anunciándoles el destino de su cuento. Si no es así es que algo ha fallado con la dirección de contacto proporcionada. Quisiéramos reiterar nuestro agradecimiento a todos loa autores participantes en la convocatoria. De los 242 relatos iniciales hemos tenido que escoger sólo 15, poco más del 6%, lo que da idea de la complejidad del proceso y de lo difícil de acceder a la selección final. Esperamos que, en cuanto la tengáis en vuestras manos, disfrutéis de esta antología que consideramos de magnífico nivel, amén de un gran exponente de lo que puede dar de sí el cuento fantástico escrito en castellano.



El Comité Seleccionador del Visiones 2008

miércoles, 2 de julio de 2008

Ante el espejo


Ante el espejo, El Ser Perfecto Nº. 33.72.1 -apodado Lucía-, contempla su inmaculado cuerpo desnudo.

El hastío escapa de sus pulmones en forma de un largo suspiro. La decisión es irreversible.

Ha cruzado el imaginario muro de hormigón que separa lo que es legal de lo que no. Acude al desorden de la ropa sobre la cama, coge su bolso, busca en él con manos nerviosas. Extrae la ampolla autoinyectable. Le tiembla el pulso. Antes de poder arrepentirse, se obliga a clavársela en el brazo. El corazón a punto de escapar de su busto esculpido por la genética.

Ya está hecho. La dosis haría su efecto pronto. Eran nanoides de origen africano, programados en algún laboratorio clandestino de Ciudad Nadie para actuar como radicales libres.

Ante el espejo, El Ser Perfecto Nº 33.72.1 -apodado Lucía- vuelve a verse pasados unos minutos. Los ojos amenazaban lágrimas de emoción. La piel comienza a verse surcada de leves arrugas, líneas de expresión, ideogramas olvidados del alfabeto del Tiempo. Sonríe. Lo ha conseguido. Por fin es diferente.

A partir de ese momento, todos caerían rendidos ante el exotismo imperfecto de su belleza de otra época.

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