lunes, 31 de marzo de 2008

El Árbol del Grajo

Era conocido también como el Árbol Maldito aunque nadie del lugar podría exactamente explicar con palabras esa maldición a la que aludía su apelativo. El hecho es que sus eternamente desnudas y retorcidas ramas iban adquiriendo formas de lo más asombrosas con el paso del tiempo. Rostros. Decenas de rostros anónimos pendían de sus extenuados apéndices resecos. Se retorcían a cada año un perpetuo milímetro cada una de esas ajadas ramas dando apariencia tangible en forma de mueca al sufrimiento vivido por cada uno de los inmolados, en un intento de expiar su culpa el árbol, cómplice como fue durante tanto tiempo de un sinfín de asesinatos sin sentido a golpe de soga y antorcha.
Pero ahora todo llegaba a su término. El círculo por fin se cerraría. El último rostro se estaba gestando y a pasos agigantados como queriendo invertir el sentido del tiempo, la imagen se estaba completando. El rostro de aquél que como grajo reencarnado tuvo que cumplir su condena noche tras noche sobre el árbol, así lloviera o nevara, hasta que todas y cada una de sus víctimas hubieran liberado sus dolientes almas del purgatorio impuesto. Aquél que como grajo había dejado de tener esperanza hacía eones de poder llevar una vida normal a pesar de todo, aquél que fuera... el verdugo.

© Mary Lovecraft 2008



Elegido por votación popular como uno de los mejores cuentos de Enero de 2008 del Blog Cuentos desde el Averno.

Marek Preisner

Marek Preisner


Vivía en el pintoresco pueblecito de Braniglice, cercano a la capital de Sildavia, en un caserón de dos plantas con balcones rebosantes de geranios. Su padre, Emil Preisner, había heredado el negocio y el apellido de un antepasado hamburgués que, establecido en la villa siglo y medio atrás, amasó una notable fortuna como mercader de vinos y embutidos de la comarca. El jamón ahumado de Braniglice y los caldos de su rica campiña habían llegado incluso a la corte Austrohúngara, siendo objeto de elogio por parte del mismísimo emperador. Las convulsiones de la Gran Guerra menguaron la prosperidad de los Preisner, convirtiéndolos en una familia burguesa venida a menos. A la decadencia, si bien patente en lo económico, atendiendo al menguante número de empleados del negocio familiar, parecía resistírsele el noble y refinado carácter de los Preisner, tan inclinados por entonces al arte y a la música como durante su más deslumbrante apogeo. Karol, el mayor de los hijos, era violonchelista en la filarmónica de Belgrado. Vassili, que ayudaba en el negocio familiar, colaboraba con la "Silvanskaya Gazeta" como redactor de actualidad económica, además de haber publicado dos novelas de ficción científica. Marek, el pequeño, era sin embargo una criatura enfermiza y frágil, que a sus siete años se limitaba a acompañar a su madre a donde quiera que ella fuese. Eso sí, casi siempre dentro de la casa, pues su delicada salud no le permitía salir más que esporádicamente. Bajo la atenta mirada de la señora Preisner y mientras ésta se entregaba a su afición -la pintura-, Marek conversaba de todo cuanto su joven pero despierto intelecto iba descubriendo del mundo. Lo que más le gustaba era modelar arcilla, afición recomendada por el buen doctor Kovacs, médico de cabecera de la familia. Sin embargo, si el nombre de Marek Preisner fue conservado para la posteridad sería sorprendentemente por su faceta de pintor, y no por su potencial -aunque nunca aprovechado- talento para la escultura.

Una tarde de Mayo de 1939, mientras la señora Preisner pintaba una acuarela en su estudio, el pequeño Marek se le acercó con su más reciente obra plástica.
-¡Qué bonito Marek! Dime, ¿qué es? ¿Un caballito?
-Es una vaca -corrigió.
-Oh, una vaca preciosa.
-¿Y tú qué estás pintando, mamá?
-Una playa. El mar.
-¿El mar? Yo nunca he estado en el mar.
-Cierto. Pero no te preocupes, algún día iremos para que puedas bañarte entre las olas y jugar con la arena. Seguro que te encanta.
-A ti te gusta mucho el mar, ¿verdad?
-Sí, hijo mío. El mar es tan hermoso... -suspiró melancólica-. Cuando lo pinto pienso en él, me imagino caminando por la playa, con el sol brillando en lo alto. Pintar es como traer de vuelta esos lugares y esos momentos, para que se queden contigo y nunca los olvides.

Cuando los días de verano comenzaban a hacerse más cortos, el ejército de Hitler se abalanzó sobre Polonia. Pronto le siguieron Dinamarca, Noruega, los Países Bajos y Bélgica. Francia se hundió en pocas semanas ante el asombro del mundo. La Alemania nazi, que ya extendía sus tentáculos sobre media Europa, se lanzó a la conquista de Sildavia. Con el mundo en jaque, pocos prestaron atención a la pequeña y tranquila nación que, como una pieza más de dominó, cayó en menos de una semana.

Vassili fue llamado a filas tres días antes de que la señora Preisner saliera apresuradamente hacia la oficina en la que su esposo se encontraba, advertida por radio del inminente ataque. Murió junto a él bajo las bombas que un escuadrón de Dorniers arrojó sobre la estación de ferrocarril y las naves industriales adyacentes, incluyendo el secadero de jamones ahumados de la familia. Marek se quedó solo, aterrado por el estruendo de los bombardeos, esperando a que su mamá volviera. Dos días después, cuando escuchó el siniestro rechinar de las cadenas de los panzers atravesando el pueblo, bajó al estudio y, a tientas, se hizo con un pincel, una paleta, y comenzó a pintar sobre los inmaculados lienzos que su madre había montado recientemente.

Pasaron aún unos días hasta que Herman Kunz, coronel de la Wehrmacht, encontrase a la criatura acurrucada en un rincón del estudio. Los nazis habían acuartelado tres compañías en Braniglice, y la Casa Preisner, la más lujosa del pueblo, se convirtió en residencia de oficiales. Quiso la fortuna que el coronel Kunz, refinado militar de academia y curiosamente inclinado a las artes, se convirtiera en su primer huésped. Sacó al extenuado Marek en brazos; el chiquillo había permanecido en el taller durante días, sin comida y sin nada más que beber que agua tintada de acuarela. Cuando la vecina señora Krotoschak -que tiempo atrás había servido a los Preisner- vio salir al coronel con el niño, se le acercó sollozando y rogándole en su idioma que no lastimara a la criatura.
-¿Es este niño suyo? -preguntó el oficial.
-Prashni, Marek Prashni. ¡On sin iz Prashna!
-Dice que es Mark, el hijo de los Preisner -tradujo un sargento que conocía la lengua sildava.
-¿Mark Preisner? Ése es un nombre alemán.
La señora Krotoschak, que como casi todos los habitantes del país entendía un poco la lengua germana, asintió nerviosa y se dirigió al sargento en sildavo.
-Dice que los Preisner son los dueños del caserío -explicó el sargento-. Tienen un negocio de embutidos en las afueras. Al parecer el abuelo era alemán, de Hamburgo.

-Fascinante. Sin duda extraordinario -exclamó el oficial SS.
-Obra de un niño de nueve años -dijo el coronel Kunz-. Mark Preisner, un oriundo alemán. Por lo visto toda la familia era muy.. artista. Los padres murieron en el bombardeo. Un hermano cayó en combate sirviendo al ejército sildavo, y el otro está desaparecido. Vivía en Belgrado antes de la guerra.
-Una lástima -apuntó indolente el hombre del uniforme negro-. ¿Ha podido interrogarle?
-Apenas habla desde que perdió a sus padres, y aunque chapurrea nuestro idioma se desenvuelve bastante mejor en sildavo.
-Ese crío es un mestizo -sentenció el SS.
-Vamos Karsten, déjate de pamplinas. El chico es un genio, un exponente perfecto del talento creativo germano. Es una prueba viviente de la superioridad racial de los arios... ya sabes, esas cosas que tanto os gustan a los del Partido.
-El nacionalsocialismo es muy claro a ese respecto. Hay unas leyes, hay vínculos de sangre...
-¡Venga ya Karsten! Se llama Preisner, es rubio y tiene los ojos azules. ¿Qué más quieres?
-Herman...
-¡Pero si es más ario que el Führer!
-¡Herman, te estás pasando!
-Llévalo a Berlín, muestra sus cuadros al público -Kunz se giró para rebuscar entre los lienzos apilados contra una pared-. Mira éste. Yo diría que es un ave, un águila dominando los cielos.
-El águila germana -susurró el SS mientras se frotaba el mentón-. El símbolo de la revolución nacionalsocialista, de la liberación de las cadenas del judaísmo y la decadencia occidental...

Marek se quedó con la señora Krotoschak en Braniglice -recientemente rebautizada como Brennglitz-. Durante semanas se mostró huraño y poco hablador, casi ausente. Las pocas veces que el coronel Kunz visitó su nuevo hogar apenas articuló palabra alguna, y aunque parecía entender al oficial -sinceramente interesado en el crío- no respondía a sus gestos de acercamiento. La somera revisión que un doctor de la Wehrmacht le dispensó, terminó por convencer a Kunz de que el muchacho debía permanecer en Brennglitz: -"Gran debilidad física, la mirada perdida... se encuentra en estado de shock"- concluyó el médico. Sus cuadros, sin embrago, viajaron a Berlín. Fueron expuestos en la Reichskunsthalle, en el marco de una exposición titulada "El genio incorruptible", en la que se exhibían obras de pintores de estirpe germana: obras de arte "puro" pese a ser creadas en el seno de naciones "inferiores". El catálogo de la exposición dedicaba estas líneas a uno de los cuadros de Marek: "La siguiente obra es producto del genio creativo de Mark Preisner, un jovencísimo artista de Brennglitz, Sildavia. La alegoría del ave que sobrevuela el horizonte es clara evocación de la misión liberadora que el nacionalsocialismo ha emprendido por el futuro de Europa. Una hermosa muestra de cómo el talento germano refulge sobre la inmunda decadencia de pueblos degenerados, como el sildavo".

Algún tiempo después los cuadros fueron llevados a la capital del ahora Protectorado de Sildavia, para ser expuestos en la pinacoteca local. Marek, que recuperó algo de salud gracias a las atenciones de la señora Krotoschak, dejó de recibir las visitas del coronel Kunz, devorado literalmente por el invierno ruso. Cuando las tropas del ejército rojo empujaron a los nazis más allá de sus fronteras, los soldados de Hitler abandonaron Sildavia. Los sildavos tomaron entonces los pueblos y ciudades de su país, destruyendo los símbolos del invasor en un arrebato nacionalista nunca antes vivido en aquella tierra.

Una fría mañana Alexei Nowotny, líder de los partisanos sildavos, llegó con sus hombres a la semiderruida pinacoteca. Su primer impulso fue el de quemar las obras que durante años habían sido exhibidas como muestras de la superioridad de sus opresores. De la voraz pira, sin embargo, Nowotny salvó media docena de cuadros: crípticos retazos de óleo en pinceladas aparentemente sin ton ni son, pero cuyo resultado era de una asombrosa belleza y un poder evocador sorprendente.

-¿De quién son estas pinturas? -preguntó el comandante Nowotny al conservador de la galería.
-De Marek Preisner, señor. Un joven de Braniglice.
-¿Preisner? ¿Es sildavo?
-Sí, señor. Es el huérfano de un comerciante de jamones. Hubo un coronel... Kunz se llamaba, que permitió traer los cuadros. Le gustaron y... bueno, fue una suerte poder exhibir obras de un artista local. Ya sabe que los nazis siempre despreciaron a nuestros intelectuales.
-Cierto. ¡Esos perros fascistas! -Nowotny se paseó por la sala con las manos a la espalda, contemplando los cuadros con manifiesta admiración- Observe qué belleza, Mareszky. La belleza de Sildavia ¿Se da cuenta? Hasta los más viles opresores de nuestra nación se plegaron ante la portentosa sensibilidad del arte sildavo. Fíjese en esta pintura -dijo el comandante señalando al "ave" de Marek-. ¿No ve usted un pájaro? Un ave remontando el vuelo, como las ansias de libertad de Sildavia. Este cuadro es un símbolo del talento de nuestra nación, brillante aun en los peores momentos. En estos tiempos azarosos nuestro pueblo necesita más que nunca de símbolos que refuercen su identidad. Señor Mareszky, quiero una ubicación especial y distinguida para estas obras en la nueva Galería Nacional de Sildavia.

Al llegar a Braniglice los hombres del comandante Nowotny, la Señora Krotoschak, temerosa de ser denunciada ella o el joven Marek de colaboracionismo, ocultó al muchacho y se desentendió huraña de las preguntas de los partisanos. Nowotny se sintió decepcionado al saber del infructuoso intento de encontrar al genial pintor. Se propuso ocuparse personalmente del asunto, si bien ahora, como miembro del nuevo gobierno, no dispondría de mucho tiempo. Sí tuvo ocasión, no obstante, de ordenar la impresión de una hermosa serie de sellos de la efímera República de Sildavia en los que aparecía el alegórico "ave" de Marek. Mas ahí quedó todo: antes de que pudiera dedicar ni un minuto al "caso Preisner", los soviéticos se presentaron en la capital del país.

Fue el avance del Ejército Rojo el que puso en desbandada a la Wehrmacht, de modo que, sin un ápice de duda, los rusos dieron por legítima su toma de posesión del territorio. Como venía siendo costumbre, los soviéticos pusieron en práctica en Sildavia su peculiar visión del concepto "libertad". El mariscal Javrovnin, comandante en jefe del XXXIV Ejército del Volga, fue el encargado de instaurar un gobierno militar transitorio, mientras los comisarios de Stalin purgaban oportunamente Sildavia de conspiradores, colaboracionistas, pequeño-burgueses, reaccionarios, nacionalistas, espías, religiosos, incómodos liberales, intelectuales disidentes y un largo etcétera El propio Nowotny acabó sus días en una turbera cercana a Kirensk, en la Siberia Central.

Entre tanto en Branigrado -la tranquila Braniglice, integrada ahora en la República Socialista Soviética de Sildavia-, Marek se había convertido, aun con su delicado estado de salud, en un hermoso y amable joven, verdadera alegría de la señora Krotoschak que halló en él el amor y el cariño con que llenar la ausencia de sus propios vástagos, fallecidos durante la contienda. La dulce Masha, su única hija, pronto encontró también en el muchacho su razón de vivir. Se casaron en la misma Branigrado, en el verano de 1951.

Marek no volvió a pintar, ni durante la guerra ni en los años posteriores. La señora Krotoschak, profundamente sorprendida por el incomprensible interés de nazis y patriotas por sus cuadros, ocultó en la medida de lo posible aquel extraño talento, quizás por las trágicas circunstancias en que afloró, quizás por la naturaleza perversa que -según comprendí muchos años después- otorgaba a tal habilidad. Tampoco Marek volvió a dedicar interés alguno a la pintura, defraudado -como también supe después- por el resultado de su arrebato artístico en los dramáticos días en que empuñó el pincel. La cautela innata de una humilde familia de aldeanos hizo el resto para que Marek no fuese nunca reconocido públicamente por autoridad alguna, cualquiera que fuese su signo. No al menos en lo que a su persona respecta, puesto que en lo relativo a su limitada pero fascinante obra, la historia no quedó en lo que hasta ahora se ha narrado.

Una mañana de 1963, el insigne pintor soviético Anton Petrovich Lychnikov arribó a la capital de Sildavia, haciendo escala en su viaje hasta Odessa, donde se celebraría la "Feria Nacional de Arte Proletario". De profundas convicciones marxistas y fervoroso militante del PCUS -no en vano era miembro de honor de la Academia Soviética de las Artes Pictóricas-, Lychnikov mostraba sin embargo una inconfesa inclinación por el lujo y la pompa, así como cierto indisimulado carácter aristocrático que, si era tolerado, se debía únicamente a su condición de excéntrico artista. Contrariado por la obligatoria parada en aquella insignificante ciudad, pensó a regañadientes en "desperdiciar" la sobremesa visitando la pinacoteca local. Sus expectativas no se vieron defraudadas: una tras otra, las insulsas obras expuestas le confirmaron el inmisericorde estado de mediocridad y estancamiento del neorrealismo soviético imperante.

-Y bien, camarada Lychnikov... ¿ha disfrutado de la visita? -preguntó nervioso un envejecido Mareszky, perpetuo conservador de la galería.
-¡Basura! Pura, auténtica y genuina basura. Una colección atroz, me ha revuelto las tripas. ¿Sería tan amable de indicarme dónde están los lavabos? Creo que voy a vomitar.
-Pero maestro...
-Bazofia Mareszky, créame. No he visto nada semejante desde la exposición infantil de Bashkiria en el cincuenta y cuatro. ¿Tiene idea de cuál es el grado de sensibilidad pictórica de un cabrero tártaro? ¡Por los padres de la Revolución que esto es peor! Y ahora, por favor, ¿el lavabo?
-Yo... lo siento, camarada, no pensé...
-No, no se disculpe -dijo Lychnikov, quitándole importancia con un ademán-, tal vez haya sido ese repugnante jamón ahumado que me sirvieron en el almuerzo.

La repentina referencia al jamón trajo algo a la memoria de Mareszky. A duras penas, entre disculpas y lisonjas, consiguió convencer al camarada Lychnikov de que no se fuera sin antes ver los cuadros de cierto artista perdido en el maelmstrom de la historia reciente de Sildavia, cuadros conservados en una oscura bodega, hogar de obras prohibidas. Palanca y candil en mano, Mareszky guió por la cámara al maestro de las artes soviéticas hasta una calle de estanterías en las que se apilaban centenares de cajones de madera. Tras consultar unas cuantas etiquetas amarillentas encontró lo que buscaba. Expectante, abrió una de las cajas, sacó cuidadosamente el lienzo y lo mostró a Lychnikov, que sostenía la linterna. Su rostro se contorsionó en una mueca de indescriptible admiración cercana al éxtasis místico.
-Sublime -pudo únicamente decir entre las lágrimas.

Los cuadros de Marek Preisner no sólo fueron llevados a Odessa. Al año siguiente se celebró en Moscú una grandiosa exhibición bautizada como "Exposición Internacional de Arte Revolucionario" en la que se presentaron obras de sesenta países de la órbita comunista. Lychnikov se apuntó un tanto como descubridor de la obra de Preisner, "un exponente magistral de la expresión pictórica del comunismo, muestra patente de la superioridad -no sólo ya material sino también moral y humana- de la sociedad soviética sobre el decadente capitalismo imperialista occidental", según rezaba la crónica del evento publicada en Pravda.
Tal era la popularidad de Lychnikov dentro y fuera de la URSS que en 1969 recibió la invitación del Círculo Romano de Bellas Artes para dirigir en la capital italiana una exposición retrospectiva del arte ruso de las últimas décadas. La muestra, sin embargo, nunca llegó a realizarse: Lychnikov huyó a Norteamérica con un pasaporte finlandés falso y media docena de cuadros de Marek Preisner, provocando un escándalo que aún hoy algunos recordarán.

En 1971 se organizó en el MOMA de Nueva York una exposición titulada "La pintura tras el telón de acero" en la que se exhibieron, entre otras, las obras de Preisner. Las autoridades estadounidenses, tan eficientes en el sutil arte del show, bordaron una excelente puesta en escena: un par de senadores, miembros destacados de la disidencia anticomunista internacional, celebridades como Jackie Kennedy, y ricos hombres de negocios entregados a un mecenazgo con evidentes intenciones autopromocionales. Los periodistas por su parte, se cuidaron bien de dar la lectura adecuada al acontecimiento. Jimmy Harrison, el popular informador televisivo, retransmitía para la NBC el acto de inauguración en compañía del senador William McMurphy.

-"El espíritu de libertad que palpita bajo la maquinaria opresora del comunismo se materializa de forma sobresaliente en esta exposición, ¿no es así, senador McMurphy?".
-"Así es Jimmy. En momentos como éste se hace patente hasta qué punto nuestro país se ha convertido en antorcha de la Libertad, en el faro que guía a los esclavos del comunismo, esos grandes artistas como el señor... como ese señor ruso, Preisler, o Preisner, ¿no? Como Preisner y... y tantos otros. Es un día grande para la libertad, Jimmy, un gran día para nuestra nación. ¡Dios bendiga a América!"
-"Gracias, senador McMurphy. Ya han oído, queridos telespectadores: hoy es un gran día para América. No se vayan, volveremos tras una breve pausa publicitaria..."

La última exposición en la que participaron las obras de Marek tuvo lugar en el otoño de 1998 en el Saint Joseph´s Hall de Londres. Fue la última porque en el verano siguiente la mansión de Santa Mónica de Roger Horowitz –célebre productor de cine que había pagado recientemente tres millones de dólares por los cuadros- fue pasto de las llamas de un desmandado incendio forestal que redujo a cenizas setenta mil hectáreas de bosque californiano. No fue hasta esta ocasión cuando, por fin, un honesto crítico de arte sentenció desde la página web de la English Modern Arts Society: "La obra de Marek Preisner es un claro exponente del sincretismo ecléctico-conceptualista multiinspirativo de la plástica contemporánea. En otras palabras: nadie sabe muy bien qué pretendía retratar el señor Preisner, pero lo cierto es que es bonito."

¿Qué pretendía retratar Marek Preisner? Ésa fue la pregunta que me llevó a investigar y descubrir la sorprendente odisea de los cuadros de aquel desvalido huérfano de Sildavia. Cuando, después de mil pesquisas, logré tirar del hilo hasta llegar a la pequeña Braniglice -de nuevo en la República de Sildavia, refundada en 1991 a la caída del comunismo-, sentí un hondo pesar al averiguar que Preisner había fallecido hacía sólo unos meses, a la edad de setenta y seis años. Pude no obstante conocer al menor de sus hijos -Stepan- y a Masha -la hija de la señora Krotoschak, que se convirtió en esposa de Marek-, una entrañable anciana cuya belleza era aún reconocible en la profunda dulzura de sus ojos. La orientación de sus arrugas me dijo que había vivido feliz en compañía de Marek Preisner, a pesar de la triste y azarosa existencia de su pequeño país. Pronto, incluso antes de que Masha terminara de contarme su historia, entendí que lo que el solitario y asustado niño Marek había intentado retratar en los lienzos era el recuerdo de su madre, de su padre y de sus hermanos; su casa, los días felices de verano, sus sesiones de modelaje en compañía de mamá... aquella mujer que le contó que "pintar es como traer de vuelta esos lugares y esos momentos, para que se queden contigo y nunca los olvides". Pero Marek nunca volvió a pintar, y esto me intrigaba aún más que el propósito inspirador de sus cuadros.

-No pudo traer de vuelta a su mamá. Debió sentirse muy defraudado -me confió Masha-. Naturalmente, al hacerse mayor jamás se interesó por la pintura. Mi madre -la señora Krotoschak de la historia- ni se lo planteó. Era una mujer sencilla y devota. Cuando aquel alemán dijo que se llevaría los lienzos a Berlín, se extrañó muchísimo. Al llegar los partisanos preguntando por "el gran artista Marek Preisner", su incredulidad llegó al límite: encontraba morbosamente perverso aquel interés por las pinturas de Marek.
-¿Pero cómo es posible? -pregunté-. Kunz, Mareszky, Nowotny, Lychnikov... incluso aquel senador americano. Y los críticos de Londres. A todos les encantaron sus cuadros.
-Así es -me respondió sonriente Masha-. Pero es que Marek Preisner era ciego.


FIN


Relato ganador del Premio Ciudad de Dos Hermanas 2006
Autor: Ernesto Fernández
Correo Electronico: ernst1976(arroba)hotmail.com

domingo, 30 de marzo de 2008

Despedida

Una despedida siempre es así, como un latigazo en el alma. Uno se va, otro se queda; y luego las lágrimas caen de los ojos a la nada, y se va haciendo más grande la distancia, la distancia que los separa. Las despedidas son frías; más cuando lo que se deja ir, o simplemente atrás, nos produce un profundo afecto; las despedidas duelen y escuecen como la peor de las heridas, y nos laceran y nos castigan con sus dientes irracionales, con el saber que algo pudo ser y, por el momento, debe ser por nosotros y por ellos olvidado. Son duras, sí, y amargas, y normalmente los que se abrazan para luego ver tan sólo la distancia, lloran, lloran larga y eternamente.



Autor: Julian Sancha (Darthz)

Correo electronico: obliviamare(arroba)gmail.com

miércoles, 26 de marzo de 2008

Ácrono

Entonces se vuelve hacia mí. Sus ojos brillan, aunque no sabría decir con qué emoción. Mis dedos se posan sobre el cierre de la cajita.
Ya queda menos.

−Dime, qué quieres que haya dentro de la caja −digo mi entrada.
−Esto va en serio, ¿verdad? −llega la réplica.
−Me has pedido una demostración.
−No puedo creerme que aún sigas con esta estupidez.
−Por favor.
−De acuerdo. Quiero que ahí dentro haya… un duro de plata, de aquellos de Franco. ¿Sabes a qué me refiero? −me reta con la mirada.
−Sí.

Durante unos instantes no sabe qué decir. Mira la moneda, la toca y la saca de la caja. Cuánto cuesta creer aquello que no se quiere creer.
−Es un truco −dice por fin. Yo no le contesto−. ¿Pero cómo?

Ahora sí reconozco la emoción tras su mirada. Sabe que no es un truco.
−¿Me escucharás ahora?

***

−Llegas a mi casa a las tantas, después de un mes sin dar señales de vida, contando estupideces sobre premoniciones y…
−Eso no importa ahora −la interrumpo.
−¡Héctor!
−Tienes que hacerme caso, por favor. No subas a ese avión.
−Pensaba que eras un cabrón por lo que me habías hecho, ¿sabes? Ahora lo que creo es que eres un… puto loco.
−No. Debes creerme, debes confiar en mí.
−¿Ah sí? Demuéstramelo −se burla.
−¿Aún conservas el sobre que te di antes de marcharme? −Sí.
−… Sí.
−¿Lo abriste? −No.
−… No.
−Ábrelo. Dentro hay una pequeña cajita, acércamela… Es lo único que se me ocurrió −contesto a su nuevo gesto de perplejidad.

***

−Sólo prométeme que no subirás a ese avión.
−Te prometo que no lo haré. Pero no te marches. No me dejes otra vez. Por favor. Te pase lo que te pase, lo superaremos juntos.
−Lo siento. No es por ti, te lo aseguro. No puedo.

−¿Y cómo sabes que no subiré a ese avión si te vas? −me grita, entre lágrimas, cuando ya estoy a la altura de la puerta.
−Lo sé.

***

El detective y el celador la guían por los pasillos del tanatorio, hacia las cámaras refrigeradas. El olor a antiséptico, el frío de las estancias, la hiriente luz, todo se suma a la sensación de irrealidad que la embarga desde que la policía la llamó para darle la noticia.

Se detienen en algún lugar indeterminado. El celador consulta el registro de entradas, comprueba el número y abre una de las cámaras.

−Señora Riboll, por favor, ¿puede confirmarnos la identidad del fallecido? −inquiere el policía, con delicadeza. Ella permanece con los ojos cerrados−. Señora Riboll, por favor, ¿puede confirmarnos la identidad del fallecido? −susurra a su oído de nuevo la frase. Y ella en ese momento abre los ojos. Lo mira todo con extrañeza durante unos segundos, y cuando lo ve, grita.

***

Aquí, sumergido en la tibieza del agua, me dejo llevar por el sopor. Suavemente, lentamente. Mi vista se va oscureciendo, se acerca el final. Sé que debí haberlo intentado por ella, pero nunca me sentí con fuerzas.
De todas formas la decisión ya fue tomada en algún momento, y ejecutada en otro. Sólo restaba ver cómo era el final.
Plácido. Los remordimientos quedan atrás.

Sé que sufrirá, pero al menos la he salvado. Eso ha sido lo único bueno de toda esta locura. Lo único a lo que realmente he deseado anticiparme.
El avión se estrellará, pero tú no estarás dentro.

***

Sé que mi historia les parecerá cuanto menos extraña, así que comenzaré por el principio, por un increíble e incomprensible principio: hace más de un mes que doy saltos periódicos en el tiempo, de manera aleatoria y totalmente incontrolada, hacia delante o hacia atrás. Es como si mi vida, el resto de mi vida, se hubiera dividido en partes, en momentos que consumir desordenadamente hasta llegar al final. Y lo peor es que son las partes de un guión ya escrito, un destino fijo. Me he convertido en un mero testigo de mi propia existencia, privado del libre albedrío.

El porqué, el cómo, son preguntas para las que jamás encontraré respuesta. Ahora mismo me dirijo a casa de alguien. La persona a la que más quiero. La persona a la que haré más daño. Y sé que ya he estado allí, y que la he salvado, y que le he roto el corazón una vez más. Y ahora sé por qué guardé aquella moneda en la caja, y la caja en el sobre, el sobre cerrado que dejé en su casa cuando la abandoné porque no quería mezclarla con mi sufrimiento.

Porque también sé que ya estoy muerto, que no fui capaz de soportarlo y huí como un cobarde. Porque sé que la he hecho sufrir, y no puedo soportarlo.

Ahora mismo me dirijo a casa de alguien. La persona a la que más quiero. La persona a la que haré más daño. Y sólo me falta consumir hasta el último de los momentos que aún no he vivido.

Hasta el último.

Autor: Manuel Mije

Correo Electronico: perring255(arroba)hotmail.com

sábado, 22 de marzo de 2008

La Biblioteca Fosca Nº0 (Círculo de Escritores Errantes)

Aquí vengo a hablaros de una nueva iniciativa literaria: La biblioteca fosca, a cargo del Círculo de Escritores Errantes, una revista virtual que arranca con bastante fuerza en éste, su primer número. Y en la que se aprecia el trabajo esmerado de aquellos que la componen. A mí personalmente, me parece todo un acierto el que se plantee cada entrega en función de una temática determinada, y que se mantenga esta premisa, tratando cada tema desde todos los puntos posibles, sin dejarse nada en el tintero. Aunque bien es verdad que se echa de menos una buena portada, y alguna que otra ilustración que acompañe a artículos y relatos, aportando cierto colorido y atractivo visual. Supongo que como ya le pasó a alguna otra revista del género, no es sencillo encontrar ilustradores. Aunque esta falta queda bien suplida por una muy buena maquetación, y los cómic que la integran.

Tras una grata presentación a cargo de Juan Ángel Laguna Edroso, de lo que es y será esta revista, nos encontramos con: “De vendas y fotogramas”, articulo de Ángel Luis Sucasas Fernández, donde se hace un recorrido de la figura de la momia en el cine. Un artículo fluido, ameno, bien documentado, y en el que no pude más que sonreír por algún que otro comentario personal al respecto. Tras de estos nos encontramos con: “Otra vuelta de venda” el primero de los microrrelatos que componen la revista de Juan Ángel Laguna Edroso escrito en clave de humor negro, que al igual que el resto y los poemas, amenizan y aportan otros matices al conjunto.

Llegado a este punto nos encontramos con “Chacal” de José Ignacio Becerril Polo, el primero de los relatos que componen la revista, el cual nos cuenta una historia claustrofóbica, llena de matices y de detalles. Un relato que pese a su extensión se lee con fluidez, y que atrapa al lector desde sus primeros compases. Le sigue otro microrrelato “Te puede pasar a ti” de Santiago Eximeno, al igual que el anterior humor negro, que a más de uno arrancará una sonrisa.

Al proseguir con la lectura encontramos “La maldición de Tutankamon”, comentario a cargo de Juan Ángel Laguna Edroso en el que se hace referencia a lo sucesos acaecidos que se relacionan con la profanación de la tumba de este faraón, y el que se especula sobre lo que pudo dar pie a que se mitificara especialmente, convirtiendo a Tutankamon en el máximo exponente en lo que se refiere a leyendas de maldiciones, y momias que vuelven de entre los muertos. Y junto este artículo encontramos el primero de los poemas: “La tierra fría” de Julián Sancha Vázquez, metáfora paisajística en la que confluyen elementos relacionado con la muerte, y con la fría aridez que a esta se le atribuye.

Le sigue un texto orientativo “Cómo escribir un relato sobre momias y no momificarse en el intento”, consejos prácticos a cargo de Miguel Puente para orientar a aquellos neófitos que quieran arrancarse a escribir sobre esta temática en particular y cuanto ella engloba. Tras esto, Manuel Mije nos deleita con una entrevista: “Antonio López Tirado, una momia moderna”, que muy al contrario de lo que pensé al ver el título, no tiene nada que ver con el humor.

Mediante preguntas y respuestas se nos muestra el problema de un hombre de mundo, integro y de firmes ideales, Antonio; un excéntrico jubilado de Sevilla que lucha con cuantos medios tiene a su alcance para hacer que se cumpla su última voluntad. Más allá de lo bien escrito, y de lo real que se expone el personaje, pese a sus ya citadas excentricidades, no pude evitar sorprenderme al ver como basándose en un caco tan peculiar, se podía llegar al corazón del lector. De lo mejorcito de la revista.

Llegado a este punto “Eternidad de la nada”, un texto breve, críptico e introspectivo, en el que se ha de profundizar. Un laberinto en el que Miguel Cisneros Perales nos sumerge, donde confluyen sentimientos, situaciones, y dioses. Un texto, para mí, atractivo, con mucha fuerza, y lleno de identidad.

“Aviso a navegantes: Le roman de la momie” de Juan Ángel Laguna Edroso, además de eso, un aviso, viene a ser una breve reseña de ese libro que se cita en el título, de Theophile Gautier, que al menos yo no conocía, pero siendo del autor de: “El caballero doble”, seguro que es al menos de mi agrado. A continuación nos llega una historia visual a modo de comic: “¿Has soñado alguna vez con ella?”, un proyecto conjunto de tres paginas, en él comparten la autoría Juan Ángel Laguna Edroso, que se ocupó del argumento, Ángel Luis Sucasas Fernández que hizo el guión, y Juan Pucheta el creador de las imágenes de esta inquietante historia, que sin necesidad de palabras se deja entender.

Pasado el ecuador de la revista se halla “Digresión sobre... la momia: vendajes, esparadrapo y apósitos de todo tipo” por Ejc. Llegado a este punto nos encontramos con: Una ligera incursión en el arte contemporáneo, como indica el encabezado que precede al título. Decir que me resultó curioso y ameno, y bueno no podría decir mucho más, poco sé de arte moderno. Tras esto encontramos de la mano de Daniel Pérez Navarro un nuevo relato, “Tres cuervos”, decir que el relato está bien escrito, contado de una forma interesante, y la historia no carece de interés, pero aún así no me lleno del todo. Tal vez el hecho de que esté contado de una forma más llana haga que resalte un poco menos que el resto, o que mi criterio se vea un poco ensombrecido por la magnifica impresión que me causó alguno de los anteriores. En cualquier caso no deja de ser un buen relato.

Al proseguir con la lectura encontramos “Tumba de celos”, el segundo poema de la revista a cargo de Gerard P. Cortés, poema de amores truncados en que aún tras la muerte se niega el perdón. Decir que pese a no estar mal escrito, no es del tipo de poesía que suelo leer, y por tanto mi critica al respecto no resulta del todo favorable de acuerdo con mis gustos. Que cada cual lea y juzgue por sí mismo.

“La momia, pero de Karloff”, articulo en el que Juan Ángel Laguna Edroso, hace referencia a la mejor película que se hizo de la momia, y en que modo influyó en ello la presencia de ese gigante del cine de terror. Pese a estar bien documentado prima más la opinión del autor, quiero pensar que lo más adecuado tratándose en cierta forma de un emotivo homenaje a la figura de Boris Karloff, algo que no podía faltar en una revista consagrada por entero a la figura de la momia.

“La maldición”, tercero y último de los microrrelatos de humor negro, de Santiago Eximeno, como ya dije, y al igual que el resto, están bien para amenizar y dar otros matices al contendido general. Aunque siendo sincero, eché de menos microrrelatos que trataran el tema de otro modo.

Y para terminar dos nuevas aportaciones al humor, la primera “Aurelio Fandiño, momia gallega” de Gerard P. Cortés, divertida entrevista a una momia gallega que vive con sus ovejas zombis a mitad de camino de Vega de Espinareda, y única momia española inscrita en el Registro Civil. Le sigue y cierra este primer número, una historia en clave de cómic en la que se crea un paralelismo entre la polémica de Juan Carlos I, y Hugo Chávez. Sus autores Gerard P. Cortés y Saúl en el guión, Ismael Peiró al dibujo y Vanesa Hernández tinta. Poco más puedo decir al respecto. No me gustó, ni el tema me pareció recurrente. A mi gusto lo único de la revista que no me convenció.

En resumidas cuentas, y en lo que al trabajo en conjunto se refiere, me dejó un excelente sabor de boca. Una revista que ya en su primer número apunta alto y no deja indiferente. Y que de seguir por este camino promete hacerse con un nombre dentro de las que componen el género. Se nota la esmerada labor y buen hacer de los integrantes que la componen.


Autor: Ángel Vela, "palabras"
Correo Electronico: lanaiel(arroba)hotmail.com

miércoles, 19 de marzo de 2008

Desgracia (J. M. Coetzee)

Echemos un vistazo a la que muchos señalan como mejor obra de J. M. Coetzee, autor sudafricano que en 2003 paseó por Estocolmo la medalla de oro con la efigie de Alfred Nobel brotando del anverso.

“Cada persona es un mundo”, reza una máxima por todos conocida; “cada autor es un mundo”, se podría extrapolar -se habrá hecho en multitud de ocasiones-. Pero como siempre suele pasar -al menos nos pasa a algunos- ha de ser la experiencia de lo extremo la que nos enseñe la verdad que se esconde tras aforismos como el arriba reseñado. Eso ha sido la lectura de esta novela, un paseo por el mundo de Coetzee, un mundo nuevo para el que suscribe; realmente nuevo.Y en espera de futuras visitas a ese lugar, de nuevas visiones reveladoras, asomos a través de una perspectiva sin duda especial, quedo con la sincera impresión de haber descubierto un rincón singular donde dar cobijo a mis ansias de maravilla. Ha sido una intensa experiencia para mí el presenciar cómo la realidad brota de estas líneas; pura, sin la más leve mácula de artificio, auténtica, inexorable en sus azares, exacta. Después de leer la novela, creo que no mentiría quien dijera que ha vivido unos meses dentro del profesor David Lurie; ni más ni menos.

Autor: John Maxwell Coetzee (1940) nació en Ciudad del Cabo y se crió en Sudáfrica y Estados Unidos. Es profesor de literatura en la Universidad de Ciudad del Cabo, traductor, lingüista, crítico literario y, sin duda, uno de los escritores más importantes y galardonados que ha dado Sudáfrica en estos últimos años. Premio Nobel de Literatura en 2003, en 1974 publicó su primera novela, Dusklands. Le siguieron En medio de ninguna parte (1977), con la que ganó el CNA, el primer premio literario de las letras sudafricanas; Esperando a los bárbaros (1980), también premiada con el CNA; Vida y época de Michael K. (1983), que le reportó su primer Broker Prize y el Prix Étanger Femina; Foe (1986); La edad del hierro (1990); El maestro de Petersburgo (1994); Desgracia (1999), que le valió un segundo Broker Prize, el premio más prestigioso de la literatura en inglés; Infancia (2000); Juventud (2002). También le han sido concedidos el Jerusalem Prize y The Irish Times International Fiction Prize. En España ha sido galardonado con el Premi Libreter 2003.

Sinopsis: A los cincuenta y dos años, David Lurie tiene poco de lo que enorgullecerse. Con dos divorcios a sus espaldas, apaciguar el deseo es su única aspiración; sus clases en la universidad son un mero trámite para él y para los estudiantes. Cuando se destapa su relación con una alumna, David, en un acto de soberbia, preferirá renunciar a su puesto antes que disculparse en público. Rechazado por todos, abandona Ciudad del Cabo y va a visitar la granja de su hija Lucy.Allí, en una sociedad donde los códigos de comportamiento, sean de blancos o de negros, han cambiado; donde el idioma es una herramienta viciada que no sirve en este mundo naciente, David verá hacerse añicos todas sus creencias en una tarde de violencia implacable.

Edición: Desgracia, ediciones Debolsillo, colección Coetzee.Traducción de Miguel Martínez-Lage, edición de bolsillo, 271 páginas.ISBN: 84-9759-944-6

Conclusión: Desgracia es un frío baño de realidad al que el lector es invitado a entrar con suavidad para luego verse atrapado sin remedio. Elegante, precisa, despojada de todo añadido que pueda enturbiar nuestra visión, la prosa de Coetzee nos introduce dentro de David Lurie y nos hace acompañarle a su particular viaje a los infiernos, sin miramientos, sin pudor, sin escondernos nada.
Desde la comodidad de una vida rutinariamente placentera, parapetado tras su erudición y su solvencia económica, creyéndose centro de un universo que gira en torno a él, acompañamos al protagonista hasta ese punto sin retorno donde sólo la resignación queda como respuesta posible ante una realidad, la de la Sudáfrica actual, que ha cambiado y que exige el acatamiento de sus nuevas normas a los seres que la pueblan. Se desnudan los personajes, se destapa el entorno, se eviscera la realidad para mostrarnos con total crudeza algunos de los tumores que se esconden en su interior y después, sobre unos seres obligados a despojarse de todo lo que no sea acatar la vida tal y como es, se sutura la herida en espera de que el tiempo la convierta en una cicatriz oculta entre los pliegues de la piel. Novela de personajes profundos, reales, que dan una primera impresión familiar y reconocible para más tarde revelarse complejos enigmas, extraños cúmulos de sensaciones, experiencias e ilusiones; como las personas de carne y hueso.En resumen, una novela “de obligada lectura”, en especial para aquellos que aún no hayan leído a este autor sudafricano y que deseen probar una nueva y maravillosa experiencia literaria. Eso sí, al que sólo le guste la literatura de evasión… mejor que no se acerque a Coetzee.


Autor: Manuel Mije (Canijo)

Correo electronico: perring255(arroba)hotmail.com

lunes, 17 de marzo de 2008

Un demonio

- No empieces otra vez, abuelo - reprochaba en discreta voz baja Simón al viejo rabino, con una sonrisa de compromiso ante el venerable público que le rodeaba, mientras tiraba de la raída manga de su chaqueta.

- No lo olviden, mis queridos amigos -seguía el anciano, sermoneando - y ¡que Dios les bendiga!

- Adiós, buenas tardes a todos. Tenemos que irnos - añadió Simón, con tono de disculpa, poniendo fin a la tertulia de sus mayores.

Desde que tuvo el ataque de apoplejía, el rabino Shavit Horowitz, si bien restablecido físicamente hasta extremos notables, sufría cada vez con más frecuencia de severos ataques nerviosos, así como de un estado de excitación casi continua, poco recomendable para una salud de ochenta años. Su nieto Simón había tenido que ir en numerosas ocasiones a buscarle a la biblioteca de la sinagoga de Marienburger Strasse, en la que, ensimismado en insondables cavilaciones, estudiaba los textos sagrados hasta bien entrada la noche, sin permitir ser en ello interrumpido bajo circunstancia alguna. A los profanadores de su concentración en tan ascéticas ocasiones, obsequiaba con una sobrecogedora retahíla de maldiciones y terribles presagios, trance por el cual la señora Breslauer - encargada de la biblioteca - había decidido hacía tiempo no volver a pasar. Era entonces cuando optaba por acudir a la casa de los Horowitz, con la esperanza de que algún miembro de la honorable familia - en la mayoría de los casos, el siempre complaciente Simón - persuadiera al rabino de lo inadecuado y embarazoso de su conducta. Esta vez Simón - que no sin fastidio, estoicamente disimulado eso sí - agradeció al Todopoderoso no haber tenido que lidiar con su abuelo en la biblioteca, de donde incluso a él, su más caro nieto, le costaba ímprobos esfuerzos sacarle.

Aquella tarde sólo había llegado, caminando con su paso trastabillado, hasta el cercano parquecillo de Sperl, a lo largo de la ribera del canal, donde los ancianos de la comunidad judía de Viena solían pasar el rato jugando al ajedrez, o enfrascados en profundas discusiones.

- Simón, hijo mío, ¿por qué me interrumpes de esta manera? - preguntaba enojado, pero no sin un eco de dulzura en la voz - ¿Es que no ves que estaba conversando apaciblemente con mis amigos?

- Ya lo sé abuelo, y disculpa. Pero mamá está preocupada, nadie sabía dónde estabas.

- Estaba en el parque, Simón, ¿dónde iba a estar si no? Sabes que me gusta ver a los chicos jugar al ajedrez, voy todos los jueves...

- Sí abuelo, ya lo sé, pero hoy tenías una cita, ¿no lo recuerdas?

- ¿Una cita...? -se preguntaba entre dientes el anciano mientras sacudía la cabeza, confuso.

- Mamá me pedido que te lleve sin dilación a casa del señor Pressburger, el sastre.

- ¿Al sastre? ¿Por qué tengo que ir al sastre?

- Porque el sábado es el Bar-Mitzvah de Isaac, abuelo, y te tienen que arreglar las mangas de la chaqueta nueva; no querrás ir hecho un pordiosero.

- Ah, sí, no me acordaba - concedió el rabino - Sabes hijo, últimamente tengo la cabeza en otra parte...

- En eso te doy la razón.

- Es por aquello de lo que te hablé, Simón, lo que te dije el otro día, cuando viniste a verme a la biblioteca. Precisamente ahora se lo estaba comentando a Yehuda y a Ariel...

- No empieces otra vez, abuelo, haz el favor.

- Pero es que es importante: lo he visto claramente, todo está escrito. La cábala es una ciencia sutil y muy compleja, ¡pero nunca miente!

- Ya - dijo Simón, distraído y un punto jocoso.

- Sí, sí, tú ríete ¡Qué futuro nos espera, cuando los jóvenes no escuchan a sus mayores!

- No me río abuelo, es que me lo has contado ya docenas de veces. ¿Por qué no te olvidas de esa historia? Asustas a mamá, y también a tus amigos. Yehuda Weissmann por ejemplo: me ha dicho su hija Sarah que se despierta por las noches dando gritos, apenas descansa. Cada vez tiene la úlcera peor; dice ella que es por los nervios que le provocas.

- Yo sólo digo lo que las Escrituras me muestran. Es mi trabajo, Simón, sólo soy un humilde mensajero. Lo que el destino nos reserva no puedo cambiarlo.

- Pues si no puedes cambiarlo no le des más vueltas. ¿Y qué si viene el Golem? ¿O si se acaba el mundo? No vas a arreglar nada disgustando a nuestros vecinos.

- ¿Quién dice que el mundo se vaya a acabar? ¿Y eso del Golem? ¿Lo ves? Tratas de ridiculizarme, no haces caso de mis consejos, ¡ninguno lo hacéis!

- Nadie pretende ridiculizarte, abuelo. Lo que pasa es que todos estamos estos días demasiado ocupados como para pensar en el Apocalipsis. Mamá con la fiesta de Isaac, yo con mis exámenes. Y lo mismo te digo del señor Pressburger: sólo tiene esta tarde para atendernos.

- ¡Pues escúchame y no me hagas repetírtelo mil veces! Y no te mofes de lo que trato de advertiros, es un asunto muy serio - Simón soltó un desesperanzado suspiro - Yo no he dicho que el mundo se termine, lo que digo es que se aproxima una época oscura... una época de destrucción y muerte sin igual. Un Diablo ha sido liberado de las profundidades...

Simón resoplaba mientras miraba los tranvías, tomando a su abuelo de la mano para cruzar la avenida. Trataba de distraerse, de encontrar una excusa para cambiar de tema, para evadirse mientras caminaba por las concurridas calles de la populosa Viena, resignado a la evidente demencia del anciano rabino.

- Ten cuidado con el escalón, no vayas a tropezarte.

- Simón, hijo mío, hijo querido. ¿Por qué no me escuchas?

- Te escucho abuelo. Vamos, date prisa, el señor Pressburger aprecia mucho la puntualidad; no querrás enojarle, ¿verdad?

- ¡¡Simón!! - exclamó el anciano, esta vez sin un ápice de dulzura en su voz; su nieto se detuvo atento, sorprendido por la vehemente gravedad en el rostro y el timbre del rabino - ¡Escúchame! Sé que todos pensáis que son cosas de viejo chiflado, pero llegará el día en que os acordaréis de lo que yo os dije: este mundo, esta era decadente y pecaminosa que nos ha tocado vivir, ha alumbrado a un Demonio que traerá penurias sin parangón en la historia, tanto a los hijos de la Torá como a los gentiles. A nosotros no obstante nos está reservado sufrir más que a ningún otro pueblo. El motivo me es oculto, pero esta predicción que ahora te hago sí me ha sido revelada. La Sagradas Escrituras no mienten, por ocultos y desentrañables que parezcan estar sus mensajes. El Demonio está aquí, entre nosotros, más cerca de lo que crees.

- Está bien, abuelo; te he escuchado, créeme. Y no me tomo a broma tus advertencias.

- ¿Me prometes que pensarás en ello, Simón, que no lo olvidarás?

- Te lo prometo, abuelo. Pensaré en lo que me dices.

- ¿Y que rezarás? ¿Rezarás por ti, por tu hermanito Isaac, por tu madre y por toda tu familia?

- Lo haré, te lo juro. Pero ahora vamos, hazme el favor, mamá está preocupada esperándonos.

La pareja prosiguió su lento caminar hasta la casa de los Pressburger. La Señora Horowitz esperaba en el portal junto al sastre, visiblemente enfadada con su suegro Shavit, al que dedicó una ejemplar reprimenda que, de forma no poco insólita, éste acepto mansamente. Simón regresó entonces solo a su casa, pocas manzanas más allá, en dirección al Ring.

En una de las plazas del gran anillo imperial, donde una fuente refrescaba el aire perfumado por las flores de los jardines de las grandes mansiones, se paró a contemplar a un joven pintor de acuarelas que recogía sus bártulos. Tan débil era ya la luz del atardecer, que no permitía al joven -un humilde muchacho de veinte y pocos años, cabellos negros, breve y mal recortado bigote, y remendada casaca bávara- seguir pintando sus postales. "Un Demonio está entre nosotros", reverberaban las palabras de su abuelo, el rabino, en su cabeza. -"Es posible"- pensó Simón. Contempló las bellas estampas que el artista aún tenía dispuestas sobre un paño en el suelo, mientras las guardaba en su enorme carpeta de cartón. Buganvillas, geranios multicolores, luminosas avenidas flanqueadas por tilos, límpidos estanques... - "Hay tantísima belleza en el mundo después de todo" -pensó - "¿Para qué recrearse en pensamientos oscuros y tenebrosos?" Y prosiguió su camino.

No reparó en la gélida mirada azul que el pintor de acuarelas clavó en su nuca, tras pasar de largo, indiferente, junto a él.


Autor: Ernesto Fernandez "Weis"
Correo Electronico: ernst1976(arroba)hotmail.com

Una tarde de domingo


−Sin duda a Dios nunca le dejó su mujer −me decía el bueno de Piet mientras manoseaba el vaso de papel de su café sintético. Exhalaba vaho por encima de la espesa barba rojiza que se había dejado crecer en las últimas semanas−. Si no, ¿cómo se explica que inventara el domingo?

Piet tenía uno de sus días reflexivos y algo tristones, de ésos que todos tenemos alguna vez y en los que nos ponemos un tanto melancólicos. Le sucedía periódicamente, sobre todo los domingos de finales de mes. Aquella tarde, sentados en la cantina de la factoría pesquera de Waskatochee, sesenta kilómetros al noroeste de Aklavik, Canadá, era la tarde de un domingo de Noviembre en el Territorio del Noroeste, lugar y momento de por sí bastante propicios para la nostalgia: por el ojo de buey junto a nuestra mesa se distinguía un monótono paisaje de nieve y roca musgosa recortado contra el cielo de una noche de seis meses.

−Tiene su lógica −apunté−, pero, ¿cómo sabes que Dios es varón?−Bueno, parece lo más razonable. No hay más que ver el mundo −y al decir esto sonreía burlonamente, mostrando sus dientes metálicos y resoplando aire tibio por la nariz, blanquecino al contacto con la fría atmósfera, lo que le daba un aspecto de personaje demoníaco perteneciente a alguna mitología céltica.

Piet era un sudafricano natural de Bloemfontein, de espíritu apacible pero un tanto atormentado, pelirrojo y al borde de la cuarentena. Al igual que yo llegó a Waskatochee en Junio para limpiar arenques y bacalao por seis mil dólares al mes. Y, en sus circunstancias, era digno de elogio que hubiese proferido semejante comentario. Piet había arribado a tan inhóspito lugar movido por el desarraigo, tras haber sido arruinado -según se rumoreaba- por su hermana en un turbio reparto de la herencia familiar, y abandonado por su esposa infiel años atrás. No obstante y a pesar de aquello, había sabido eludir la misoginia que muchos otros hombres en su situación habrían experimentado, desarrollando en su lugar una sincera y estoica resignación.

−¡Eh viejo Ralph! −gritó Piet hacia la barra, donde el encargado de la cantina, un sexagenario de sangre inuit, de nombre impronunciable y al que todos llamaban Ralph para facilitar las cosas, supervisaba la reparación del cuadro eléctrico de la calefacción− ¡Se me están formando carámbanos en la barba! −a esto el viejo esquimal, brazos en jarra, lanzaba chasquidos con la boca y movía la cabeza de un lado a otro en señal de disgusto, mientras que un técnico golpeaba con una llave sabe Dios qué, en un gesto verdaderamente poco profesional−. Soy africano, ¿es que nadie aquí tiene consideración? −continuaba exclamando, mirándome con la expresión del que revela un insospechado secreto pero a viva voz, para que su queja llegara al viejo encargado. Éste, no conociendo la naturaleza intrínsecamente amable de mi buen amigo Piet, parecía no captar la falta de malicia en su reproche, y pedía calma agitando las manos, profundamente abochornado−. En fin, como te contaba, el domingo es un día terrible para un soltero sin vocación.

−Sí, sé a lo que te refieres.−Oh, casi lo olvidaba.

Nuestro joven amigo español sufre "mal de amores". −Asentí con un gesto sobreactuadamente dramático, un poco bromista.

Efectivamente, había llegado aquí como él, o al menos entonces así lo creía, para dejar atrás los amargos recuerdos de un amor poco afortunado.

−Y dime, ¿va mejorando lo tuyo?

−Sí −aseguré, no muy convencido en realidad−, estoy bien, no me quejo.

−¿Seguro? −inquiría Piet malicioso.

−¡Que sí! No me ha pasado nada trágico. Dudo mucho que mi historia esté a la altura de la tuya en cuanto a dramatismo se refiere. Oye, ¿no has pensado en escribir un libro sobre tu vida?−Ufff, no, no valdría para eso. Prefiero seguir limpiando y empaquetando pescado congelado en la alegre Waskatochee, se me da mejor. ¿Sabes que voy a renovar para otros seis meses? −Eres un verdadero martir, Piet. Deberías haberte ido a una isla del caribe, ganarte allí la vida limpiando pescado, ya que se te da tan bien... y los domingos por la tarde tendrías algo más interesante que hacer que ver cómo se te congela el bigote. −Bueno, esto no está tan mal. Lo peor es el café de esa máquina infernal −dijo, y ambos miramos suspicaces el contenido humeante de nuestros vasos.

−En definitiva, que has decidido ir ganando puntos para el cielo.−¿El cielo? Que va, no me acaba de convencer, debe ser muy aburrido. Parece un sitio demasiado perfecto, y eso me hace desconfiar. Cuando las cosas marchan a la perfección comienza a preocuparte: de ahí en adelante todo irá a peor. Además, yo no estoy hecho para un lugar así, eternamente dichoso y feliz... no me veo, no.

Es algo de mi carácter. Verás, ¿nunca te he hablado de la empanda de buey de mi Eileen?

−Pues... no recuerdo.−Oh, mi dulce Eileen...

−y nombrándola suspiraba con la mirada ausente, con la expresión de un ingenuo quinceañero enamorado que no llegaba a sorprenderme, pues si bien algo extraña en un tipo con tanta vida a sus espaldas, era ya una expresión familiar en el bueno de Piet cada vez que recordaba a su exesposa. Verdaderamente había amado a aquella mujer con una intensidad propia de otro siglo−. Eileen... no se le puede achacar una torpeza especial como cocinera pero, para ser sinceros, hay que reconocer que tenía una importante laguna en torno a la empanada de buey. Su empanada era la peor de todo el África Austral, creo que por el horneado: o estaba quemada o medio cruda, no calculaba bien los tiempos; aunque tampoco sabría decirte, yo sí que soy un cocinero infame. En fin, la cosa es que todo se fue a la mierda un día que había preparado empanada de buey. La encontré ahí en el microondas al llegar a casa, y sobre el frigorífico una nota: "Tienes empanada para cenar, yo he ido a casa de mi hermana; me quedaré a dormir. Paul -nuestro sobrinito- lleva dos días tosiendo y mi hermana tiene turno de noche. Besos." A las dos de la mañana llamó la policía: Eileen estaba detenida en una comisaría de la ciudad junto con un tal Herbert. Los arrestaron en el motel en el que habían alquilado una habitación. Por lo visto pretendieron bañarse completamente desnudos y borrachos en la piscina en mitad de la noche, y cuando el encargado les llamó la atención, recibió un par de puñetazos por parte del contrariado amante de mi esposa. Entonces llamó a la policía, y la policía me llamó a mí y, bueno, lo que siguió fue bastante lamentable. El muy cabrón de Herbert todavía me rompió tres dientes cuando intentaba llevarme a Eileen a casa...

−Terrible Piet, no tengo palabras.

−De esto hace ya más de seis años −añadió, haciendo un ademán para quitarle dramatismo a la cosa−, y lo llevo bastante bien. Pero lo cierto es que todavía, y es algo que me temo no podré superar jamás, cuando como empanada de buey me acuerdo de esa noche dolorosa, de mi Eileen. Especialmente si sabe a rayos.−Sí, sé a qué te refieres −intervine−. A mí me sucede algo parecido con el teléfono. El teléfono móvil. Mi... bueno, aquella chica de la que te he hablado...

−Sí, sí, por la que decidiste... cambiar de aires.

−Exacto. Me rompió el corazón por teléfono. Durante días no supe nada de ella, no descolgaba mis llamadas y sólo me quedó dejar pasar las horas, esperando angustiado a que sonara el dichoso aparato. Bueno, pues al final ella no llamó, sino que me envió uno de esos mensajitos cortos... sabes a qué me refiero, ¿verdad? Bien, pues el mensaje decía algo así como: "Creo que ya no estoy enamorada de ti, es mejor dejarlo; pero no te preocupes, quedamos como amigos..." En fin, ese tipo de cosas. Después de aquello me deshice del maldito teléfono; le cogí una especie de fobia: desde entonces, cada vez que sonaba el "bip-bip", me ponía de los nervios.

−Ajá, no debe ser extraño pero fíjate, ahí está lo curioso de mi historia.

−Ah, sí, perdona, te he interrumpido −me disculpé−; dime, ¿qué tiene que ver la empanada con eso del cielo y la felicidad?

−Pues mucho, porque como ya te he dicho, comer empanada de buey me causa una gran tristeza, y sin embargo...

En mitad de la intervención de Piet, un ruidoso entrechocar de tuberías inundó la cantina. El viejo Ralph carraspeó y anunció a los escasos clientes:

−Rogamos a nuestra distinguida clientela que disculpe las molestias. Ya está todo arreglado. Fue cosa del horno, a veces se sobrecalienta y hace saltar toda la instalación. Para compensar, la casa invita a la cena.

−¿Sin embargo qué, Piet? −le pregunté. Él callaba, atento en ese instante a la explicación del viejo esquimal.

−¿Qué hay esta noche, Ralph? −preguntó una voz desde un extremo de la barra.−Empanada de buey. Pero me temo que está un poco quemada, espero que no les importe.

El sudafricano se levantó entonces de un salto y corrió hacia la barra para volver inmediatamente con dos bandejas que portaban sendas porciones de empanada.

−Sin embargo no puedo dejar de comerla si me veo en la ocasión −me dijo antes de engullir un gran trozo. Y masticando con forzado deleite su primer bocado, me confió enigmático−: Es lo único que me queda de ella. −La empanada, por cierto, sabía a rayos.

Aquella tarde de domingo fue la última vez que vi a Piet. Por la noche enfermó repentinamente y hubo de ser trasladado en helicóptero al hospital de Aklavik. Yo permanecí aún por un mes en la factoría, hasta las navidades, cuando regresé a España. Pero a pesar de su ausencia sería durante aquellas últimas semanas cuando llegué a conocer más íntimamente al que sin duda fue un gran amigo y una noble persona. Piet era un hombre profundamente enamorado de su esposa, tan intensa, perdida y dramáticamente enamorado que, cuando descubrió que apenas le quedaba nada más de ella, quiso conservar el dolor mismo que su pérdida le causaba. Temeroso de olvidarla, sospechando que con el tiempo acabaría borrándola por completo de su vida, prefirió no dejar de comer nunca empanada para así, aun llegado el día en que se viese curado definitivamente de sus heridas, tener la ocasión de recordarla; poder sentarse en una plácida y melancólica tarde de domingo y recrearse con la memoria aquel amor que una vez fue lo más grande para él y sin el cual, pensaba, jamás sería feliz. Desde luego que Piet no era feliz, la verdad, pero ni falta que le hacía.

No ha pasado más de un mes desde que supe que murió en el hospital de Aklavik aquella misma noche: complicaciones durante la operación de apendicitis (quiero pensar que la cena no tuvo nada que ver en esto); resulta que era alérgico a la anestesia o algo así. La noticia de su muerte me hizo recordar aquellas veladas en la cantina, aquellas sencillas y a la vez profundas reflexiones sobre lo insondable del espíritu humano. De ellas extraje esta curiosa conclusión, que acaso se les antoje sorprendente, y que es a la vez un consejo: cuando sospechen que están inevitablemente destinados a no ser felices jamás, asúmanlo y traten de buscar una digna razón para no serlo, como por ejemplo -y al igual que en el caso de Piet- el honorable dolor por la pérdida de la persona amada. Créanme, por paradójico que les resulte, se sentirán mucho mejor aceptando el fracaso en su intento de ser felices. Tal vez descubran que no lo necesitaban.

Lo cierto es, en cualquier caso, que hace unos días decidí comprarme un nuevo teléfono, uno mucho más moderno, con multitud de funciones. Tiene además docenas de melodías programables, pero para la recepción de mensajes le he dejado el mismo terrible "bip-bip" con el que, tiempo atrás, aquella joven tan querida por mí me rompió el corazón. Lo llevo cuando salgo, en casa y en la oficina, nunca me separo de él; han de reconocerme que son increíblemente útiles estos aparatos. El mío, por ejemplo, me pone de los nervios cada vez que suena.

(Dedicado a Maite)

Autor: Ernesto Fernandez, "Weis"
Correo Electronico: ernst1976(arroba)hotmail.com

sábado, 15 de marzo de 2008

Haikus

I
Yermo serás invierno,
con llanto fértil
miro frutos ajenos.

II

Se agolpan silencios
como montañas,
y tras ellas, mi padre.

III

Al silbar la espada
llega la muerte,
lealtad siega vidas.

IV

¡Qué sola se sentirá
la última flor
al pie de mi almendro!

V

Es tiempo de lágrimas,
alejándome,
muero a cada paso.


Autor: Ángel Vela,"palabras"
Correo Electrónico: lanaiel(arroba)hotmail.com

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